19. TE FALTA FE #2
No se lo había comentado a ninguno de los suyos.
Ni siquiera a Dagmar, con quien tenía más confianza.
Se convenció de que tal vez siguiera conmocionada tras lo sucedido con Helmet y aquella muchacha.
O la única razón fuese que echaba de menos a Qiloçker.
De un modo u otro, decidió que era mejor tener a buen recaudo esa información antes de que alguno de sus guerreros dudara de su capacidad de mando.
Necesitaba centrados a sus vampiros, no buscando la manera de explicar por qué los humanos estaban, de alguna forma, conscientes detrás de sus órdenes.
Con la mirada fija en el horizonte, atravesaron los campos y bosques como si la misma muerte los acompañara. En cierto modo, era verdad, puesto que ellos formaban parte de esta desde hacía demasiado.
Bien pasado el mediodía, llegaron al puerto de St. Ives. Allí los recibieron hombres toscos, marineros que olían a sal y a sudor rancio. Iban vestidos con túnicas de lana reforzadas con cuero, y algunos llevaban amuletos de madera tallada colgando del cuello para protegerse de los «males» del mar.
El barco en el que zarparía era un knórr vikingo, con un casco robusto y velas de lino adornadas con franjas rojas y negras.
El capitán, un hombre enorme de barba rojiza y mirada desconfiada, había llegado a un ventajoso acuerdo con Dagmar; sin embargo, era incapaz de dejar de mirar a la imponente Bêwestan de manera pecaminosa.
―No suelo llevar a pasajeras de belleza tan… arrebatadora ―dijo el nórdico, cruzando los brazos y lamiéndose los labios de tal forma que molestó de inmediato al capitán Drăgoi.
Bêwestan levantó una mano hacia su vampiro y sonrió abiertamente antes de responder.
―¿En serio? Pues estamos de suerte. Yo tampoco suelo viajar con marineros tan prescindibles.
Se acercó a él en un suspiro, lo agarró de la túnica y le mostró los colmillos. Después, lo obligó a olvidar aquella conversación, además de su repugnante atracción hacia ella.
En cuanto salieron a mar abierto, se sintió más tensa.
Dependiendo del tiempo que encontraran, podrían tardar hasta cuatro días en llegar a Wexford, por lo que la travesía no sería un paseo.
Ella sabía de sobra que el tiempo en el mar se dilataba hasta hacerse insoportable; aunque, en esa ocasión, quizás no le importaba tanto que se retrasasen un poco.
Thyra, derrochando risas y desbordando a la vampira con su palabrería, acabó por convencer a Nîga para que la acompañara a visitar su propia tienda mientras esperaban a que Alana terminara.
La Drăgoi miró alrededor en silencio, impresionada por la sencillez del mobiliario.
Como pudo, alabó lo poco con lo que contaban aquel fastidioso errante y la princesa, quien, para su asombro, se sentía muy afortunada por tener aquellas escasas pertenencias.
―Es una bella estancia ―sonrió sin mirarla.
―Te lo agradezco. Sé que, tanto para los humanos como para vosotros, nuestro pequeño hogar es muy humilde.
―No, Thyra…
―La riqueza la llevamos aquí dentro ―dijo, colocando un dedo en su corazón―. Los enseres no tienen valor y son sustituibles, a no ser que te lo haya obsequiado alguien que te ama.
―Nunca he poseído nada más que mis ropas, y te aseguro que, si pudiera, las quemaría.
―Hazlo. Las tienes guardadas en tu tienda, ¿verdad?
―Sí.
―Bien, ¿quién te impide que las eches a las llamas? ―La miró, asintiendo con determinación.
La «No Muerta» se quedó pensativa. Por mucho que trató de sentir el vínculo con Helmet, no lo logró. Si acaso era una leve vibración, pero tan débil que incluso llegó a sopesar si no era ella misma quien se la estaba imaginando.
―Ahora voy vestida como una errante ―dijo, mirándose la suave túnica de lino y las cómodas botas de cuero.
―Exacto. Y puedes estar segura de que jamás te impondremos que lleves nuestro emblema.
―No os parecéis en nada a como nos habían inculcado que erais ―susurró Nîga, profundamente agradecida.
―No te culpo. Fuimos creados para destruiros. Tampoco se nos dio la oportunidad de conoceros.
―Ambas razas fuimos engañadas.
―No lo creo. Siento que ha sido la aparición de la Elegida lo que ha provocado este cambio.
―Piensa cómo eras hace cuatro o cinco lunas. Si alguno de los tuyos te hubiera dicho que hoy estarías en el hogar de una errante sin querer lanzarte a su cuello, ¿qué le hubieses respondido?
―Lo habría mandado azotar.
―Comprensible. ¿Y ahora?
―Ahora… ―se detuvo para tragar― no volvería a esa existencia, aunque poseyera cien castillos.
Thyra sonrió desde el corazón y la sujetó de ambas manos, realmente emocionada.
―¿Ves? Yo tampoco cambiaría ni un instante a tu lado por riquezas efímeras que jamás podrían devolverme la mirada de amor que me estás dedicando ahora mismo.
―¿Amor…? ―musitó con un hilo de voz.
―Vamos, Nîga. No es tan difícil decirlo en voz alta ―la animó, frunciendo ligeramente el ceño. Aquel gesto hizo sonreír a la vampira―. Bueno, tal vez sí. Pero lo sientes, al igual que yo.
―Eres una lianta, errante.
―Y tú acabas de admitirlo.