19. TE FALTA FE
A l mediodía, Fairfax y Wade regresaron a su hogar.
El pobre hombre casi se cae de espaldas al ver aparecer de la nada a un grupo de errantes enormes que le aseguraron que estaban esperando su llegada.
En cuanto Alana oyó las voces de su padre y hermano, salió corriendo para abrazarlos.
Se recriminó no haber ido a por ellos, pero no podía exponerlos a que Alistair, de algún modo, averiguara la existencia de sus abuelos.
Por suerte, nadie en el pueblo sabía con exactitud dónde vivían, solo su tío, y él no iba a regresar.
Fairfax trató de entender qué estaba sucediendo, así que ella los instó a entrar en la casa para poder contárselo. Yngvar se dedicó a distraer al pequeño mientras Alana, acompañada de Vidar y Borgervern, lo ponía al día.
―Entonces, ¿tu madre ya está en el campamento? ―preguntó algo contrariado por tanta información.
―Sí, desde hace casi una semana ―le confirmó su hija.
―Pero ¿y nuestras cosas? ¿Qué ocurrirá con la casa y el campo? Es nuestro sustento, Alana.
Ella lo miró, abatida. No podía ceder, tampoco encontraba la forma de explicarle las verdaderas razones de abandonar todo cuanto conocía.
O tal vez sí fuera buena idea decirlo sin más; pero, entonces, ¿querría dejar toda su vida atrás por algo que le había sido revelado por quien era ahora?
Su padre no creía en ÉL, y, desde luego, ella no iba a obligarle a aceptarlo en su corazón cuando todo por lo que había luchado iba a desaparecer, no por una corazonada, sino por una verdad que pronto se haría realidad si no seguían los pasos que le habían sido trazados para ponerlos a salvo.
Vidar miró a la Elegida y captó el dolor en sus ojos.
Debían irse cuanto antes, pero percibió que ella no era capaz de encontrar las palabras necesarias para convencerlo.
Era comprensible, así que pensó que quizás el que lo oyese de un errante, un ser creado con el único fin de proteger a su hija, le ayudara a entenderlo.
―Fairfax ―comenzó el de la casa Eide―, el hogar se encuentra donde están nuestros seres queridos. ¿Qué importan cuatro paredes cuando disponéis de toda la tierra bajo vuestros pies para vivir?
―He luchado tanto por darle un hogar a mi familia…
―Y vuestra hija no ha dudado en arriesgar su propia vida por todos nosotros ―replicó con vehemencia.
El campesino miró alrededor, como si tratase de grabar en su memoria los recuerdos que permanecían encerrados entre esos muros. Cerró los ojos, apesadumbrado, y asintió como única respuesta.
―Padre ―dijo cogiéndole la mano―, no tenemos elección.
―Espero que tanto sacrificio sirva para terminar con esta agonía.
Ella dibujó una fina sonrisa para disimular, mientras, por dentro, su alma lloraba al saber que su familia no estaría presente el día en que todo se decidiría.
Por una parte, se alegraba de que la larga vida que les quedaba sería muy dichosa.
Por la otra, sentir desde tan pronto lo mucho que los echaría de menos hizo que los ojos se le empañaran.
Se sacudió aquellos pensamientos y se obligó a esconderlos en lo más profundo de su mente hasta que la vida la obligara a afrontarlos.
El camino de vuelta al campamento fue mucho más ameno con las ocurrencias de Wade. Alana se sentía feliz de que Yngvar hubiera hecho tan buenas migas con él, y ambos se pasaron la mayor parte del tiempo imaginando batallas o tratando de cazar algún animalillo.
Tres días después, en cuanto los guardias Parêzvanan los vieron aparecer, fueron a recibirlos con sincera alegría.
En cuanto el rey fue informado de que ya habían regresado, mandó a avisar a su madre y al padre León.
Él y su esposa se acercaron a la gran explanada para conocer al padre de la Elegida y a su hermano.
Aquello era un hito en la historia, y esperaba estar a la altura de las circunstancias.
En la tienda dedicada a diversas manualidades, Leala se encontraba con Nîga y Asvoria, que estaba cosiendo un precioso bordado como entretenimiento.
El errante que fue a avisarla de que su familia ya estaba en el campamento recibió un fugaz abrazo de la Portadora, que salió corriendo hacia donde le había indicado.
En cuanto los cuatro se vieron, se fundieron en un abrazo bajo la atenta mirada de los errantes.
Eirik y Brina sonrieron con el corazón rebosante de gozo.
León cogió en brazos al pequeño Wade y después saludó con efusividad a Fairfax.
Aquel reencuentro parecía de lo más inocente, pero el pueblo de consagrados guerreros los observaba con cierto recelo.
Por muy integrados que ya estuvieran el párroco y la Drăgoi, no dejaban de ser un vampiro que sostenía a un niño entre sus brazos y una «No Muerta» que observaba la escena mostrando en su rostro una sorprendente sonrisa de felicidad.
Los gritos de júbilo de Thyra se oyeron desde lejos. No había esperado a Oskar, quien avanzaba a paso ligero detrás de ella mientras negaba con la cabeza. Alana sintió que su alma estaba completa al ver a la que consideraba una de sus mejores amigas y, por supuesto, a Nîga.
Ella abrió los brazos y Thyra se lanzó sin pensárselo, trayendo consigo a la Drăgoi.
Las tres unieron sus frentes y el círculo se completó.
En sus coronillas, una tenue luz se iluminó apenas un instante.
Todos los presentes fueron testigos y León, que dejó a Wade en el suelo, se acercó a ellas con el rostro demudado.
―Alana…
―La Santísima Trinidad nos guía ―dijo la Elegida, sujetando las manos de las dos, que hicieron lo mismo―. Somos sus siervas y nos sentimos honradas de ser instrumentos de Su voluntad.
―Pero, yo… yo… soy… ―tartamudeó Nîga.
―Mi apoyo, al igual que Thyra. ÉL contó con doce apóstoles, qué menos que me enviara dos almas dispuestas a cumplir con Sus designios.
―Haré cuanto sea necesario ―intervino Thyra.
―Yo solo soy muerte, Alana ―añadió la vampira, sobrepasada―. ¿Cómo puede siquiera dejarme existir cuando estoy unida al hijo de Mørket por su veneno?
―Y justo ese veneno me permitirá cumplir con mi destino en Su nombre.
―Pero Helmet puede reclamarme cuando quiera. Y Abbadon les exigirá a Erke, Soren, Bahoz y Ejder que regresen a su lado en cuanto comience la guerra.
―Quizás ha llegado el momento de romper los lazos que los atan a ellos ―dijo la inglesa, pensando que esa era la mejor opción.
―¿Es que eso es posible? ―preguntó Eirik, que había estado muy atento a la conversación.
―Lo es ―aseguró mirándolo―. Aunque, si no os importa, primero descansaremos un poco.
―Por supuesto, su tienda ya lleva días preparada.
―Os doy las gracias. Esta tarde nos reuniremos todos en la principal. Me ha sido revelada la manera de romper el vínculo.
―¿¡Cómo!? ―soltó Nîga, llevándose la mano a la garganta.
―Seréis libres, querida amiga. ―Le apretó el antebrazo un instante―. Ahora, permitidme que acompañe a los míos.
―Por supuesto.
Mientras Leala les indicaba hacia dónde tenían que ir, el rey y el resto de los presentes se dispersaron. Incluido Oskar, que prefirió dejarlas un momento a solas. Se acercó a Thyra y la besó en los labios antes de volver al entrenamiento.
La princesa le pasó el brazo por la cintura a la vampira y apoyó la cabeza en su hombro. Nîga no se lo esperaba, pero tampoco se apartó ni protestó.
―Vas mejorando ―sonrió la de la casa Ragnarsson.
―¿Qué quieres decir?
―No me has lanzado al otro lado del campamento.
―¿Es eso lo que esperabas?
―¿La verdad? ―La miró a los ojos. La Drăgoi asintió―. Pensaba que ibas a desmembrarme después de dejarme seca.
―No me des ideas…
La errante se acercó y, para estupor de la otra joven, le dio un beso en la mejilla.
―¿Por qué has hecho eso? ―preguntó con una marcada expresión de extrañeza, llevándose la mano al rostro.
―Porque ahora eres mi hermana. Te aseguro que podrás sentirlo en cuanto Alana haga lo que ha prometido.
―Dudo que haya alguna forma de hacerlo.
Thyra la sujetó del rostro y sonrió.
―Fe. Te falta fe. Por eso te ha enviado aquí.
―¿Fe? Si yo estoy condenada…
―Sí, pero a luchar en Su nombre. Venga, cabezota, démosle unos momentos más a Alana para disfrutar de su familia.
He de contarle cuanto antes lo de Nessa.
Estoy segura de que, en cuanto se entere, ni la celda de contención más sellada será lo suficientemente fuerte como para impedir que quiera atravesarla para arrancar esa petulante sonrisa de la cara de mi odiosa tía.
Las dos caminaron hacia donde se había dirigido la Elegida pensando que la carga de la pobre Alana no dejaba de aumentar, y quién sabría si podría hacer frente a todo lo que el Destino, que no tenía con ella ni la más mínima piedad, le estaba exigiendo.
El viaje hasta la costa estaba siendo más duro de lo que en un principio había imaginado Bêwestan, quien sonrió para sí al pensar que Helmet había estimado que llegarían en unas ocho o diez jornadas.
Ya llevaban nueve y, tanto la patrulla como ella misma, estaban deseando encontrar el maldito puerto que los llevase hasta la otra isla.
Avanzaron con cuidado por los caminos de tierra, aún salpicados de lodo por las recientes lluvias.
Al menos no habían tenido problemas para alimentarse.
Cada poco, habían encontrado pequeñas poblaciones que les habían servido para aplacar la «sed».
Bêw no dudó en preguntarles a todos qué sentían.
Le respondieron lo mismo que el muchacho que se había abierto a ella días atrás.
Miedo y la necesidad imperiosa de salir corriendo.
Al dejarlos libres, un murmullo molesto la acompañaba.
Por fortuna, conforme iba alejándose de ellos, esa incómoda sensación desaparecía; aunque no con la rapidez que le hubiera gustado.