18. ¿QUÉ HA OCURRIDO AQUÍ? #3
Athelstan asintió una vez y miró a la joven antes de retirarse.
Aquel maldito viejo había estado a punto de fastidiarlo.
Suspiró y se marchó a sus aposentos. Sabía que su hijo se ocuparía de borrarle los recuerdos a la muchacha.
Mientras avanzaba, comenzó a pensar que el trato que había cerrado con el maldito consejero no le beneficiaba tanto como esperaba.
Al día siguiente, le pediría a Helmet que, poco a poco, los suyos fuesen robando la voluntad de todos los soldados de Ricardo para impedir que se sublevaran o los traicionaran.
Además, Blanchard tenía que pagar de alguna manera su atrevimiento.
Hablaría con Alistair para que sometiera al consejero y así cambiar el trato sin oposición por su parte.
El ejército normando serviría a Inglaterra cuanto fuera necesario, pero ellos no devolverían el favor.
Con lo ocurrido, consideraba que la cuenta entre ambos estaba más que saldada con la unión de su hijo con la hermanastra del duque.
Satisfecho por lo que había pensado, se encaminó hacia la habitación de Helmet para pedirle una ayuda que sabía que tendría que pagar con sangre, sudor y lágrimas. Una deuda más para añadir a la lista, aunque dudaba mucho de que alguna vez pudiera compensársela.
Unos días después, el obispo se presentó en el castillo a regañadientes.
Tras escucharlo decir en varias ocasiones el mismo sermón de aquel fervoroso creyente sobre que las exigencias de los mortales hacia los hombres de Dios eran una herejía, Athelstan lamentó de veras no haber añadido a la petición que le había hecho al Drăgoi que lo hubiera sometido en cuanto pisó el patio de armas.
Por suerte, el día de la boda había llegado, y, por fin, podría verlo marchar.
Si decidía quedarse una sola jornada más, él mismo ofrecería su cuello a Helmet con tal de que se fuera lo más lejos de su vista.
El salón del trono había sido adornado con flores silvestres, que proporcionaban un olor a pureza y felicidad que solo los humanos fueron capaces de apreciar.
Los nobles que habían acudido a la ceremonia esperaban impacientes para conocer a la novia; mientras que los vampiros, y en especial Wêranker, no entendían por qué era necesario aquel rito sin sentido cuando se veía a la legua que aquellos dos habían compartido el lecho en más de una ocasión.
Herleva, acompañada de algunas damas de la corte inglesa, se miró satisfecha en un pequeño espejo que le habían llevado expresamente.
El traje que le había regalado su hermanastro era digno de una reina.
La túnica de lino, protegida por otra mucho más elaborada, estaba cosida con finos hilos de oro.
Las largas mangas, ajustadas a sus brazos, iban ribeteadas con un diseño intrincado hasta los puños.
Los colores empleados en el diseño de aquel maravilloso vestido habían sido el azul real y varias tonalidades de dorado.
De sus hombros, caía una capa de brocado con forro de piel, que llegaba hasta el suelo, y que iba decorada en el centro con el emblema anglosajón de la casa Wessex.
Un cinturón de tela, adornado también con hilos brillantes y algunas piedras preciosas, le ceñía la estrecha cintura.
Un broche de oro le sujetaba el manto, y la preciosa diadema, que le habían colocado en la frente, hacía lo mismo con el velo de gasa que enmarcaba su bello rostro.
Para finalizar, unos zapatos cerrados de cuero suave, con puntas ligeramente alargadas, a juego con el resto de los bordados.
Al salir de su alcoba, las nobles la siguieron mientras se deshacían en cumplidos. Le dijeron que era la novia más bonita que habían visto nunca, aunque se dedicaran entre ellas miradas de crítica porque el príncipe no había elegido a una inglesa como futura consorte.
Antes de entrar al salón, el pequeño duque le cogió la mano y caminó con ella entre los nobles. Alistair se quedó impresionado al verla, y el resto de los presentes murmuraron frases de aceptación y alabanzas.
No hubo ceremonia como tal ni misa formal, sino que el obispo se ciñó a bendecir la unión con unas pocas palabras.
Para sorpresa de la novia, el príncipe, con una espectacular sonrisa, le regaló un magnífico brazalete como símbolo de su compromiso. A Herleva se le empañaron los ojos de la emoción por aquel precioso detalle.
Justo después, los invitados pudieron degustar un banquete con carne asada, pan, hidromiel y cerveza. Pese a las circunstancias, Athelstan había hecho llevar a unos músicos para amenizar la celebración.
Tras acabar la fiesta, cuando llegó la hora de la consumación del matrimonio, fue el propio rey quien se negó a que hubiera testigos en la cámara nupcial.
El señor de Inglaterra consideró esa costumbre como algo pagano y fuera de lugar, así que, pese a la insistencia de algunos nobles, rechazó de pleno la idea de que nadie fuera testigo para verificar que la unión había sido consumada.
En cuanto los recién casados entraron en el dormitorio del heredero, que habían adornado con flores y múltiples velas, él se deshizo en halagos.
―Eres un sueño hecho realidad, Herleva.
―Os amo tanto…
Ambos se unieron en un beso cargado de deseo. Aquella noche sería la primera que, oficialmente, pasarían como esposo y esposa; aunque, en realidad, hubieran estado compartiendo el lecho desde hacía más días de lo que les importaba recordar a ninguno de los dos.
El pacto entre ingleses y normandos se había cumplido. Ahora solo quedaba esperar cómo demonios iban a ganar una guerra en la que, lo más probable, padre e hijo se verían forzados a ser enemigos.