Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 18. ¿QUÉ HA OCURRIDO AQUÍ? #2
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18. ¿QUÉ HA OCURRIDO AQUÍ? #2

La normanda no respondió. Miró hacia la puerta y trató de llegar sin éxito hasta ella.

Étienne se lo impidió agarrándola del velo.

Aquel tirón la hizo trastabillar y acabó de nuevo entre sus brazos.

Él, pegado a su espalda, la sujetó con fuerza del cabello y la obligó a girar la cabeza mientras le metía la mano por el escote.

Justo en el momento que iba a volver a invadir su boca, ella le dio un puntapié y gritó con todas sus fuerzas:

―¡Alistair, auxilio! ¡Alistair!

El príncipe, que en ese momento se encontraba en su alcoba hablando con Youngblood y su padre, la oyó de forma nítida. Se puso en pie como un resorte y salió a socorrerla como alma que lleva el diablo. O como lo que realmente era: un vampiro.

Athelstan miró a Landon sin entender nada. Los soldados que custodiaban aún al capitán apenas notaron una leve brisa entre ellos y se sorprendieron al ver la puerta abierta.

―Su prometida está en apuros. Acaba de pedir auxilio ―aclaró el capitán, realmente confuso al haberla oído con claridad.

―¿Estás seguro?

―Completamente.

Athelstan, preocupado por lo que aquella situación pudiera ensombrecer sus planes, echó a correr e instó a Landon a acompañarlo al tiempo que ordenaba a los soldados que los siguieran.

Alistair recorrió a una velocidad vertiginosa la poca distancia que los escasos pasillos los separaban.

Al llegar, abrió con tal ímpetu que los goznes protestaron antes de que la puerta se estampara contra la piedra.

La pasmosa rapidez que imprimió a sus movimientos le hizo pensar que había sido capaz de detener el tiempo.

En medio de la habitación, Herleva, indefensa, trataba de repeler a su atacante, Blanchard.

Aquel viejo nauseabundo la tenía sujeta por el pelo con una mano y, con la otra, manoseaba uno de sus pechos.

La postura de su cuerpo no dejaba dudas de que se estaba acercando a su boca, un gesto inequívoco de cuáles eran sus verdaderas intenciones.

Aquella imagen provocó que los colmillos del príncipe aparecieran al instante como promesa de un castigo sin parangón.

El aire a su alrededor vibró con una amenaza silenciosa. Sin duda, como la antesala de la masacre que estaba imaginando en su mente.

Se acercó a ellos con la boca lista para desgarrarle la carne y los tendones a aquel indeseable.

No tendría misericordia con él. Había cometido el peor error de su vida e iba a pagarlo con sangre.

No se molestaría en preguntarle, sino que se conformaría con el estruendo de sus huesos rompiéndose bajo sus botas.

De un golpe certero, lanzó a Blanchard al fondo de la habitación antes de sujetar a su prometida entre sus brazos.

―Herleva, amor mío, ¿te encuentras bien? ¿Te ha hecho daño? ―preguntó con un tono fluctuando entre la preocupación y la ira.

―¿Alistair…? ―dijo ella con la voz entrecortada sin entender cómo, de repente, la estaba abrazando.

La bestia que ahora existía dentro de él, que lo había convertido en un ser de sombra capaz de matar sin sentir el más mínimo remordimiento, rugió con ansias de venganza.

Desquiciado por si estaba herida, revisó su rostro.

Sintió en el corazón un latigazo al ver cómo ella lo miraba con eterna gratitud.

Buscó en su piel expuesta cualquier rasguño que hubiera podido señalarla, y casi se volvió loco al ver una gota de sangre en el escote de su vestido.

La limpió con los dedos y se la mostró a ella, esperando una respuesta.

―Le mordí la lengua ―susurró con la barbilla temblando por el terror.

El heredero miró hacia atrás, hacia donde había lanzado a aquel malnacido. Blanchard descansaba en una postura extraña. Había perdido el conocimiento y roncaba levemente, ajeno a las consecuencias a las que más tarde tendría que hacer frente.

―Dime, ¿puedes sentarte en la cama?

―Creo… creo que sí.

Con delicadeza, aguantándose las ganas de destripar a aquel que había osado tocarla, la acompañó hasta dejarla sobre las pieles.

En ese momento, llegaron su padre, Youngblood y los dos soldados, que se quedaron inmóviles al ver que el rey, con la mano en alto, los detenía antes de que pudieran ver lo que había sucedido en la alcoba.

―Esperad fuera ―dijo Athelstan a los dos, cerrando la puerta. Se volvió hacia su hijo―. ¿Qué ha ocurrido aquí? ―preguntó inútilmente, ya que era fácil de entender la situación.

Herleva tenía el cabello enmarañado, el tocado fuera de lugar y el delicado velo, ahora destrozado, le colgaba de un lateral de la cabeza.

Sus ojos enrojecidos no cesaban de llorar.

No gimió ni una sola vez, tan solo tenía la vista fija en un punto en el suelo mientras se mecía lentamente y abrazaba su cuerpo con los brazos.

Alistair la besó en la coronilla y después, con la rabia recorriéndole de arriba abajo, miró a su padre.

―Blanchard ha intentado forzarla. La he oído pedir ayuda.

―Yo también ―reconoció Youngblood.

―Hijo, esto plantea un dilema…

―Lo sé muy bien ―respondió con brusquedad―. Estoy sopesando si arrancarle las entrañas y hacérselas tragar, o partirle el cuello en dos.

El rey miró a la muchacha, que parecía ausente. Aquello le dio una idea de la que tal vez pudieran sacar provecho.

―No harás ninguna de las dos. Despiértalo y siéntalo en esa silla.

―¿Qué es lo que pretendes, padre?

―Hacer uso de tus habilidades. Ya va siendo hora de que el reino se beneficie de tu sacrificio.

―¿El reino… o tú? ―dijo sintiendo cómo la ponzoña hervía en su interior como un veneno que, sin poder resistirse, se filtraba y tomaba posesión de cada fibra de su ser.

―¿Es que hay alguna diferencia? ―agregó su padre, con una mirada que pareció atravesarlo como una hoja de acero.

―Supongo que no ―reconoció Alistair.

Caminó hacia Blanchard y lo levantó del suelo sin esfuerzo. Tras sentarlo de malos modos en una silla, lo abofeteó para que se despertara. En cuanto lo hizo, no tuvo piedad.

―Ahora, rata inmunda, me perteneces ―susurró tan bajo que solo el consejero y Youngblood pudieron oírlo. Después, clavó sus ojos en él―. Di en voz alta cuáles eran tus intenciones con Herleva.

―Quería forzarla ―soltó sin más.

―Sabes que tengo todo el derecho a exigir tu vida por lo que has tratado de hacer, ¿verdad, cerdo con ropas de noble?

―Sí.

―¿Os arrepentís?

―Sí, príncipe. No quería herirla, solo me ha cegado la lujuria.

Alistair se sorprendió de la facilidad con la que aquella sabandija compartía lo que pensaba sin ser consciente de ello. Sin duda, ser quien era les proporcionaba una ventaja nada despreciable.

―Repugnante alimaña… ―añadió entre dientes, completamente asqueado―. Ahora vas a prestarme toda tu atención. No volverás a acercarte a ella nunca más. ¡Nunca más! ―insistió―. ¿Entendido?

―Sí, entendido.

―Poneos en pie y ¡disculpaos!

Étienne obedeció. Aún no era consciente, pero tenía varias costillas lesionadas y un brazo con un feo corte. Como pudo, caminó hacia la joven.

―Lo siento, Herleva. Jamás volveré a acercarme a ti.

―¡A vos! ―lo corrigió al momento―. ¡Respeta desde ya a la que va a ser mi esposa!

―Por supuesto. Lo siento, jeune dame Herleva. Jamás volveré a acercarme a vos ―repitió sin alma.

―Alistair ―dijo su padre―, hay que avisar a un sanador.

―Ella está bien ―respondió sin mirarlo.

―Me refiero para Blanchard. Fíjate en su brazo. No podemos dejarle así.

El heredero se acercó a él y se lo movió sin cuidado. El hombre dejó escapar un lamento entre sus labios.

―Tienes razón.

―Yo avisaré al servicio ―intervino Youngblood, deseando volver a ser útil.

―Llévatelo a su alcoba y que lo curen allí. No quiero verlo más ―dijo el heredero.

―Así se hará ―respondió el capitán.

Alistair se acercó a Blanchard y le susurró la orden de olvidar cuanto había ocurrido.

Le hizo creer que había tropezado y que, de la caída, se había magullado hasta ese punto.

El consejero creyó a pies juntillas cuanto le dijo.

Salió para dirigirse a su habitación acompañado de Youngblood y de los dos soldados, que lo sujetaron para que no se diera de bruces contra el suelo.

―Alistair… ―dijo Athelstan. Él se volvió para mirarlo―, estoy muy orgulloso de cómo te has comportado.

―Deseaba matarlo con mis propias manos.

―No era para menos.

―Pero luego he pensado en las consecuencias. Puedes estar tranquilo, padre, esto no influirá en tus planes de guerra.

―Lo hago por nuestro pueblo ―se justificó.

―Lo sé. «Sacrificio. Lealtad. Honor.» ―recordó su lema.