Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 18. ¿QUÉ HA OCURRIDO AQUÍ?
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18. ¿QUÉ HA OCURRIDO AQUÍ?

B lanchard se dirigió a su alcoba después de desearle las buenas noches al pequeño Ricardo.

La indignación le recorría por dentro como un animalillo que araña la tierra para hacerse un hueco en ella.

Por un lado, sentirse vigilado todo el tiempo por los soldados ingleses era algo que no iba a soportar mucho más.

Por otro, la frustración estaba a punto de ganarle la batalla.

En cuanto cerró la puerta, le faltó poco para golpear la gruesa pared de piedra con el puño.

Se contuvo a fin de no tener que explicar por qué tenía lesiones en los nudillos.

Llevaban más de un día en el castillo y aún no había sido capaz de estar a solas con su «pupila».

Las dos únicas ocasiones en las que pudieron coincidir fueron en las cenas.

Herleva ni siquiera había dejado sus habitaciones para el desayuno o el almuerzo.

Se regañó con dureza por no haber previsto tal escenario.

Pero ¿quién iba a imaginar que aquello sucedería?

Ese encierro, que parecía autoimpuesto, no era natural.

Menos aún, en ella. Sin embargo, no se mostraba molesta.

Sus gestos y tono de voz, que tan bien conocía, eran ser genuinos, sosegados.

Y eso le estaba provocando un dolor de cabeza continuo.

No le importaba tanto que no se quejara de su situación como que no hubiera hecho lo imposible para que se vieran en secreto.

Étienne dejó a un lado todos los pensamientos que le resultaron más lógicos hasta que se topó con uno que era imposible que hubiera sucedido.

Aunque con ese sí que podía explicar las impertinentes sonrisas que ella le había dedicado a Alistair y cómo sus mejillas se sonrojaron cuando él se le acercó un par de veces para susurrarle algo al oído.

«No puede ser», se dijo mientras caminaba de un lado a otro como si fuera un animal enjaulado. ¿Es que la bastarda se había enamorado de él? Imposible. Tenían un plan que llevarían a cabo en cuanto lograra meterse entre sus sábanas. La idea de que aquello ya hubiera acaecido lo dejó paralizado.

Se acercó a la chimenea y apartó de un manotazo los ridículos adornos que había en la repisa.

Uno cayó al suelo e hizo un ruido estridente que lo obligó a cerrar los ojos un instante.

Apoyó una mano en el madero y adelantó un pie hacia el fuego para entrar en calor.

Aquellas cuatro paredes no servían de mucho.

El frío se colaba por doquier y eso empeoraba aún más su mal humor.

Maldijo por lo bajo, quejándose de que los ingleses eran tan ineptos que ni siquiera podían hacer una construcción en condiciones.

Apartó sus diatribas internas a un lado y volvió a centrarse en ella.

Debían reunirse para continuar con el plan.

Quizás, en esos días que habían pasado alejados el uno del otro, se había visto confundida por las atenciones del príncipe.

Se frotó el rostro con la mano, volviéndose a recriminar que esa posibilidad no se le hubiera ocurrido.

Por mucho que se flagelara mentalmente, no iba a servirle de nada.

Si el daño ya estaba hecho, tendría que deshacer «el hechizo».

Decidido a aclarar su forma de proceder y de continuar con lo que tenían acordado, abrió la puerta. Ahora eran dos malditos ingleses quienes la custodiaban, pero ese inconveniente lo solventaría de inmediato.

―¿Qué necesitáis? ―preguntó uno con un marcado acento.

Étienne pensó deprisa. Se llevó la mano al abrigo corto que llevaba y sacó un pequeño sobre abultado.

―La futura princesa requiere su medicina. Antes he olvidado que debía dársela. Su corazón está delicado y ha de respirar un poco de estos polvos para estabilizarlo.

Los soldados se miraron sin saber qué hacer. El otro que no había dicho nada elevó los hombros en señal de que aquello no era de su incumbencia.

―¿Y es necesario que se la llevéis ahora? ¿No puede esperar a mañana? ―dijo el primero.

―Por supuesto que no. Ha de tomársela a diario ―mintió de forma convincente.

Los ingleses volvieron a mirarse.

―¿Requerís que os acompañemos? ―preguntó el segundo.

Blanchard vio el cielo abierto. Aquellos hombres eran tan obtusos que estaban ciñéndose a la orden que seguramente habían recibido: vigilar la puerta de su alcoba y nada más.

―Oh, no; aunque os lo agradezco de veras. De todos modos, no creo que tarde demasiado ―agregó con tono taimado.

―Está bien.

El normando asintió y caminó por los pasillos con cautela.

Aquella tarde había logrado sonsacar a la sirvienta que le había llevado la leña dónde estaba situada la habitación de Herleva.

La asustadiza muchacha, que había recibido la reprimenda de la prometida del heredero, no dudó en decírselo por miedo a recibir otro castigo.

El consejero, que hizo el recorrido más corto por la zona de los criados, encontró con suma facilidad su puerta.

Con cautela, miró hacia ambos lados y acercó el oído para asegurarse de que no había nadie con ella.

Solo halló silencio, algo que le satisfizo más de lo que esperaba.

Envalentonado por haber conseguido su propósito, hizo la señal con los nudillos que tantas veces le había permitido cruzar el umbral no solo de sus pequeños dominios, sino también de su cuerpo.

Oyó el repiqueteo de unos pasos conocidos y sonrió, expectante. Al otro lado de la puerta, apareció el bello rostro de Herleva; aunque sus labios y ceño fruncidos no le auguraron un buen recibimiento.

―¿Qué haces aquí? ―dijo ella con un tono seco.

Étienne no esperó a que lo dejara pasar. La hizo a un lado y cerró tras sí, enfadado.

―No, aquí las preguntas las hago yo. ¿Por qué no me has recibido como acordamos?

―Sé muy bien cuál era mi deber.

―¿Era…? ―preguntó receloso al ver que ella había empleado el tiempo pasado para recordar su misión. Aquello no le agradó en absoluto.

―Es ―se corrigió enseguida.

―Así me gusta, pequeña ―agregó con voz grave, depredadora.

Ella conocía muy bien las intenciones que encerraban sus palabras; no obstante, para protegerse, se echó varios pasos atrás. Necesitaba crear distancia entre ellos. Sentía que tenerlo cerca le causaba repulsión y la imposibilidad de respirar.

Era cierto. Herleva quería convertirse en reina madre, pero algo en su interior había cambiado.

Ahora, tras someterla Alistair, lo amaba con todo su ser.

Se creía profundamente enamorada de él y no lo traicionaría, y mucho menos por el hombre decrépito que tenía delante.

Además, pronto se desposarían y no habría razones ni oportunidad para que ella recibiera a solas a Blanchard. Eso la tranquilizó de veras.

Estaba segura de que sus nupcias se habían adelantado por lo ocurrido entre ellos, y también porque el rey los descubrió en el momento perfecto. De hecho, estaba muy sorprendida con Athelstan, ya que había comentado a todos su inminente unión varias veces durante la cena.

Deseaba ser feliz con Alistair y no estaba dispuesta a echarlo todo a perder por un asqueroso revolcón con alguien que debería de haberla respetado, no ya solo por quién era, sino por lo que se esperaba de ella.

Mantener la virtud era un requisito que cualquier esposo exigía en la noche de bodas, y ella hacía mucho que la había perdido en los brazos de aquel indeseable que la miraba con excesiva lascivia.

Por suerte, el destino la ayudó y el príncipe fue incapaz de reconocer el engaño.

Aquello marcó el inicio de la vida de devoción que pensaba dedicarle a su esposo por lo mucho que la amaba.

Jamás rompería los votos que iban a unirlos, que ya consideraba sellados después de la noche que habían compartido.

―¡No! ―lo rechazó ella levantando la mano.

―¿No? ―preguntó juguetón―. ¿Es que no me has echado de menos? Sabes que nos hemos divertido mucho juntos.

―Sí, Étienne. Solo que ese tiempo se ha acabado entre nosotros.

Él ladeó la sonrisa, mientras que sus ojos, cargados de fuego latente, arrancaron un aliento contenido de los labios de Herleva.

―Así que ya te lo has follado ―dijo de forma soez.

―Eso no es asunto tuyo.

Blanchard vaporizó la distancia que los separaba en dos zancadas y la sujetó con fuerza del brazo al tiempo que la zarandeaba sin cuidado.

―Me importa una mierda que te hayas abierto de piernas antes de lo que tenía pensado, pero no creas que vas a librarte de mí sin que me lleve lo que me merezco ―dijo rabioso, pegado a su rostro.

Sentirla tan cerca encendió su enfermizo deseo.

Con la respiración entrecortada por la ira y arrastrado por sus más bajos instintos, la besó.

Ella trató de resistirse con todas sus fuerzas.

Puso las manos en su pecho e intentó estirar los brazos.

Por desgracia, él era mucho más alto y corpulento, por lo que la resistencia de la joven no le supuso ningún obstáculo que pudiera impedir lo que tenía en mente hacer con ella.

Herleva, asqueada por el hedor que desprendía su aliento y desesperada por lo que sabía que iba a suceder, pensó lo único que podría darle algo de tiempo.

Decidida a no ser violada, le mordió la lengua con tanta fuerza que lo hizo sangrar.

El viejo consejero la empujó de malos modos y se llevó la mano a la boca.

Al ver sus dedos teñidos de rojo, entró en cólera.

―Hija de puta… ―balbuceó, escupiendo a sus pies.

Recortó la poca distancia entre ellos y, sin mediar palabra, le cruzó la cara con saña por aquel atrevimiento.

Del golpe, tropezó contra la mesita que tenía la jofaina y el jarrón.

Este cayó al suelo y se hizo añicos. Ella se llevó ambas manos a la mejilla magullada.

Con los ojos anegados de lágrimas, lo miró aterrorizada, sintiéndose a punto de desfallecer porque no esperaba aquella reacción desmedida por su parte.

―Maldita bastarda desagradecida… ―agregó a duras penas, tragando la sangre que se le iba formando en la boca―. Con todo lo que he hecho por ti durante estos años, ¿así es cómo me lo pagas, zorra?