Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 17. TU LOCURA TE DESTRUIRÁ #2
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17. TU LOCURA TE DESTRUIRÁ #2

Llegaron a la celda donde Nessa estaba encerrada.

La princesa posó su mirada en el campo de fuerza translúcido, una burbuja de energía que la mantenía presa.

Su figura, envuelta en un manto oscuro, se encontraba en el centro.

Su rostro estaba algo más demacrado, pero su sonrisa enfermiza era la misma que conocían.

―Así que finalmente os dignáis a visitarme. ―Su voz serpenteó en el aire como una caricia venenosa.

Thyra dio un paso adelante. La furia que había logrado contener hasta ese momento la desbordó en cada palabra que pronunció.

―Ni siquiera te conozco, pero he venido hasta aquí para oír de tus labios lo que mis padres me han asegurado que has exigido. ―Su mirada era fría e imperturbable―. Si crees que voy a permitir que pongas tus manos en nuestro hijo, estás más loca de lo que pensaba.

Nessa rio suavemente, inclinando la cabeza.

―¿Loca? Oh, princesa, no es la locura lo que me mueve, sino la justicia. Justicia hacia mí. No pido nada que no se me deba.

―¡No se te debe nada! ―gritó Thyra, apretando los dientes―. Nuestro pequeño no será parte de tu retorcida visión del destino.

La prisionera inclinó la cabeza hacia el otro lado, divertida. Después, elevó ambos brazos y giró sobre sí misma.

―Te lo repetiré para que te quede claro. No es una exigencia, querida princesa. El rey de los Errantes lo prometió ¡y ha de cumplir su palabra! ¡Es mi derecho!

Eirik tensó la mandíbula, pero no habló.

La promesa hecha en el pasado pesaba sobre sus hombros como una verdadera maldición.

Sabía que solo lo había dicho para engañarla, aunque eso no importaba ante las leyes de su pueblo.

La palabra dada se consideraba como si estuviera esculpida en piedra.

Cometer perjurio era un delito castigado con dureza.

Thyra avanzó hasta quedar a escasos centímetros del campo de fuerza. Su mirada llameante provocó que Nessa exhalara con asombro.

―¡No te atrevas a llamarlo derecho! ―replicó dándole una profundidad a su tono de la que no fue consciente―. Tú no tienes ni nunca tendrás ningún poder sobre nuestra descendencia.

En respuesta, acercó una mano contra la barrera mágica, como si pudiera atravesarla con la fuerza de su voluntad.

―Ah, pero sí lo tengo. Tu padre selló un pacto, y los pactos entre errantes no se rompen sin consecuencias.

Brina entrecerró los ojos y finalmente habló, cegada por la ira.

―Condenada manipuladora… ¡Ni eres intocable ni vas a lograr lo que pides! ¡Mira dónde estás! Si continúas con tus delirios, esta prisión será tu hogar hasta el fin de los tiempos. No olvides que incluso alguien con tus dones puede ser contenida para siempre.

Nessa dejó escapar una carcajada histriónica.

―¿Contenida? ¿Crees que estar aquí me hace menos peligrosa? No necesito salir de esta celda para obtener lo que me pertenece. ¡Nuestras leyes me amparan!

Oskar, que hasta ahora había permanecido en tenso silencio, se pronunció con resolución.

―Si crees que vamos a permitir que te lleves a nuestro primogénito, estás muy equivocada. No importa lo que se te haya prometido, no lo tendrás.

Altanera, sonrió como si esperara de él exactamente esa respuesta.

―Arrogante e imprudente, aunque también honorable.

Isaksen, ¿me equivoco? Tus amenazas vacías no tienen valor para mí.

Sin embargo, todos me miráis como si supierais algo…

―Observó con detenimiento a su sobrina y cayó en la cuenta de lo que aquellas llamas significaban―. ¡No es cierto…! ―susurró desconcertada.

Thyra golpeó el campo de fuerza con ambas manos haciendo que la energía chisporroteara bajo su toque.

Brina estiró el brazo hacia ella, pensando que sería lanzada con fuerza hacia atrás.

Eirik avanzó un paso, pero Oskar fue más allá y la sujetó de los hombros.

El poder del campo de fuerza lo atravesó e hizo con él lo que se suponía que debía de haberle pasado a la princesa.

―¡Oskar! ―dijo ella, corriendo a su lado.

―Hijo, ¿te encuentras bien? ―preguntó Eirik, ofreciéndole la mano para que se pusiera en pie.

Brina se cubrió la boca y negó con la cabeza, sobrepasada.

―Estoy bien, no os preocupéis.

Thyra lo miró a los ojos y él asintió varias veces, dándole a entender que no mentía. Cuando se aseguró de que no le había ocurrido nada, se giró hacia la prisionera.

―No voy a repetírtelo, Nessa. Si intentas acercarte a nuestro hijo, juro que haré que cada aliento que tomes te suponga una pesadilla.

―Apoyó ambas manos en la celda, atravesando lentamente el campo que la retenía―.

Te arrancaré cada uno de tus dones con mis propias manos y te veré suplicar clemencia.

Los ojos de la cautiva brillaron con un fulgor distinto. ¿Miedo? Tal vez. Jamás le había visto a nadie tocar el exterior de una celda tanto tiempo sin salir herido. Sin embargo, no se amilanó y le plantó cara.

―Oh, querida, me encantaría ver cómo lo intentas ―dijo subiendo el mentón; pero, en esta ocasión, su voz no sonó tan convencida.

Eirik, sabiendo que todo aquel caos había sido culpa suya, se decidió a intervenir.

―¡Aquí se acaban tus locuras y cualquier intento de exigir nada!

―bramó―. Estás presa por traicionar a los tuyos.

¡A todos los errantes! Tu deber era informar de cuantos dones te habían sido otorgados, pero te lo callaste a propósito para utilizarlos contra quien se oponía a tus deseos.

Yo jamás rompería una promesa o un pacto.

No obstante, hoy lo hago. ¡No permitiré que uses tu palabrería para doblegar a mi hija, cuando fuiste tú quien me indujo a decir aquellas palabras!