17. TU LOCURA TE DESTRUIRÁ
L a brisa salada del mar azotaba las capas oscuras de los Ursu.
Caminaban por la costa pedregosa, avanzando con la determinación propia de las sombras tétricas que eran.
Las olas rompían con furia contra los acantilados, como si intentaran advertirles de que no debían partir, que la travesía al otro lado del canal solo traería más muerte y devastación.
Eso era lo que deseaba Abbadon, y nada en este mundo podría detenerlo.
Helmet había osado retarlo en batalla, y, ya cayesen todas las estrellas del firmamento, acabaría con él en cuanto Ketî se lo permitiera.
Rău caminaba un paso por detrás con la cabeza ligeramente inclinada.
No era una muestra de sumisión, sino más bien el gesto de precaución instintiva que tendría cualquier guerrero que conoce bien la crueldad de su líder.
Gracias a la ponzoña que corría por sus venas, las cicatrices de su última lección habían desaparecido, aunque todavía seguían ardiendo bajo su piel.
Sabía que dejar entrever cualquier signo de flaqueza solo empeoraría su situación, así que se ciñó una vez más a quedarse en silencio como defensa.
Tras un sobreesfuerzo impuesto por la acuciante necesidad de su amo por embarcar, por fin habían llegado a Righbourgh.
Pese a que el sol brillaba un poco más de lo habitual, el general no mostró la debilidad que sentía bajo sus potentes rayos.
Sabía que algunos de los suyos también la estarían notando, pero todos sus vampiros se mantuvieron a la altura.
De hecho, muchos hubieran preferido morir para siempre antes que decirlo en voz alta y revelar la más mínima grieta en su fortaleza.
El muelle bullía de hombres afanados en movilizar cajas de aquí para allá.
El aroma del mar se mezclaba con el hedor del pescado y la madera húmeda.
Los barcos atracados, que se mecían con pereza en las azules aguas, crujían bajo el suave envite de las olas.
De los cuatro que aún no habían partido, solo dos iban a regresar a Francia.
Y uno de ellos llevaría a la misma muerte en su interior.
Abbadon se detuvo en el embarcadero, contemplando el navío que había decidido que los llevaría hasta Normandía. La tripulación francesa del Brise Du Matin [12] , despreocupados, descargaban barriles y amarraban velas, ajenos al destino que se cernía sobre ellos.
En la cantina, unos charlaban entre risas y otros compartían un odre de vino, inconscientes de que tal vez aquellos fuesen los últimos sorbos de su existencia.
Nada más acercarse la comitiva Ursu, los humanos, impresionados por su apariencia, comenzaron a hablar en susurros mientras en la nave seguían cargando las mercancías a viva voz.
Los que se cruzaban con ellos se apartaban de su camino al verlos pasar.
No sabían quiénes eran, pero su intuición les gritaba que convenía mantenerse lejos y no entablar conversación con ninguno.
Sin apartar la vista del horizonte, Abbadon se dirigió a Rău con absoluta frialdad.
―Someted primero a la tripulación y a otros veinte, los más fuertes.
Necesitaremos alimentarnos durante la travesía.
En cuanto al resto… ―se pasó la lengua por los colmillos mientras su capa ondeaba con el viento que rugió de improviso desde el oeste―, creo que sería buena idea usarlos antes de irnos.
―Sí, señor ―respondió el general.
―A mi señal, nos separaremos. Avísalos.
―Ahora mismo, señor.
Al momento, se dirigió a la escolta y les detalló el plan.
Tras un gesto de Abbadon, se abalanzaron sobre ellos.
Rău se deslizó como un espectro y hundió sus colmillos en la garganta de un hombre, a quien no le dio tiempo a reaccionar.
La sangre brotó caliente, manchando la madera del muelle.
Un viejo marinero, incapaz de creer lo que habían visto sus ojos, desenvainó un cuchillo por instinto.
Su garganta fue cercenada por otro Ursu antes de que pudiera gritar.
Entonces, el caos se desató.
Aquellos desgraciados corrieron en todas direcciones.
Algunos intentando llegar hasta sus armas, otros buscando refugio en cualquier parte.
No había escapatoria. Los vampiros eran demasiado rápidos.
Serpenteaban entre ellos con la gracia de criaturas creadas para cazar.
Gritos sofocados, huesos rompiéndose, el sonido del metal cayendo al suelo…
La escena se convirtió en un cuadro de devastación donde el sol del mediodía fue el único testigo.
Rău se limpió la sangre de la mandíbula con el dorso de la mano y se acercó hasta Abbadon, quien acababa de arrojar a su víctima al mar tras drenarle la vida.
―Señor, los pocos que quedan no valen la pena ―gruñó con la voz aún impregnada del placer de la sangre.
Su líder miró por encima de su hombro y vio que un marinero respiraba a duras penas.
El pobre diablo estaba tirado sobre un barril y trataba de taponarse la laceración del cuello, que teñía lentamente de rojo sus manos.
Abbadon avanzó hasta él. Con parsimonia, giró su rostro de un lado al otro, sopesando qué hacer.
Disfrutando del horror que vio en sus ojos, se inclinó y le susurró en el oído:
―Morir por nada es un desperdicio, ¿no crees?
Con media sonrisa, le apartó las manos y hundió los dedos en su herida, arrancándole un grito ahogado que acabó en el más puro silencio.
Tras limpiarse en sus ropas, se irguió y contempló los cuerpos desperdigados.
―Dejad que algunos vivan. Curad sus heridas para que cuenten lo que han visto. Que el miedo se propague antes de la próxima luna.
Los «No Muertos» obedecieron y se retiraron de sus víctimas tras cerrarles las incisiones.
Algunos hombres, aun tambaleándose por el miedo y la falta de sangre, escaparon hacia los carros con los rostros desencajados por el pavor.
Pronto sus relatos alimentarían las pesadillas de aquellos que aún no conocían las bestias que acechaban en sus tierras y que ahora parecían abandonarlas.
Con el muelle teñido de rojo, Abbadon y Rău subieron a bordo junto al resto de los suyos y los marineros sometidos. La madera del barco protestó bajo su peso mientras los Ursu se dispersaban por la cubierta, tomando posiciones al lado de los francos, como una tripulación infernal.
―Capitán, a Normandía ―ordenó Abbadon con un deje de satisfacción en la voz.
Rău se apoyó en la baranda, observando con una mueca de desdén cómo se alejaban de la costa
―¿Por qué a Francia, señor?
El viejo vampiro lo miró con el ceño fruncido. Sabía que su lealtad era inquebrantable, pero le extrañaron sus dudas. Se acercó a él con la misma lentitud de una tormenta que se moría por estallar.
―¿Es que mi general tiene otra sugerencia? ―dijo, deslizando una uña por la madera.
Rău mantuvo la mirada fija un instante en la atrayente oscuridad del mar antes de afrontar a su amo.
―Sí ―expresó finalmente―. Podríamos ir a Brujas, los tvillinger llevan asentados en esas tierras casi cien años. Si vuestro padre os permite ir a la guerra, contar con su apoyo sería una excelente ventaja.
Abbadon sonrió con crueldad.
―¿Acaso piensas que Xerab no me apoyará?
―Por supuesto que sí, señor. Solo era una sugerencia.
―Mi hermano se encuentra desde hace una década en el Ducado de Venecia.
No quiero perder la oportunidad de ponerlo de mi lado antes de que Helmet trate de convencerlo.
―Se quedó en silencio, pensando, mientras tamborileaba los dedos en la barandilla―.
Los tvillinger… ¿Por qué no había pensado en ellos?
―¿Y los skyggene?
―No, imposible. Dorek hizo un trato con mi padre y quedó libre.
―¿Libre?
―No es algo que debas saber ―agregó cortante, subiendo una mano. Rău bajó el mentón en señal de aceptación―, pero me gusta tu idea.
El general subió la comisura del labio y asintió, orgulloso. Había ayudado a su amo y seguro que con ello recuperaría parte de su confianza en él. O, al menos, eso era lo que esperaba.
Abbadon se apoyó en la proa, dejando que la brisa acariciara su fría piel.
La emoción que comenzó a sentir fue la del que, de antemano, se sabe vencedor.
Su mente voló a la guerra que se avecinaba y cómo acabaría con Helmet para siempre.
Aquel pensamiento le excitó tanto que se relamió los colmillos con la lengua.
Posó los ojos en un marinero con el que decidió que iba a disfrutar de lo lindo el resto de la tarde.
Oskar apretó con fuerza la mano de Thyra, cuya piel parecía arder como las llamas de las hogueras del campamento.
Preocupado por el temblor de sus dedos, le acarició con el pulgar para tranquilizarla.
Ella no se dio cuenta. Solo era capaz de pensar en que aquella, que ni siquiera había conocido, se había atrevido a amenazarla con arrebatarle a alguien que no existía aún; pero que protegería con su propia vida antes que permitir que se lo llevaran de su lado para hacer Dios sabía qué.
En cuanto llegaron a la zona de los Fengsel, dos guardias saludaron con respeto a los reyes, a la princesa y a su esposo.
―Avisad a Leifur ―ordenó Eirik.
―Enseguida, señor.
A los pocos instantes, el líder de los carceleros apareció con una actitud de preocupación.
―Mi rey, mi reina ―los saludó y asintió hacia Thyra y Oskar.
―Amigo mío, necesitamos verla.
―Dejad que os traigamos la cera. Es muy peligrosa.
―Lo sé ―agregó Eirik.
Una vez estuvieron todos protegidos, avanzaron por las tiendas hasta llegar a la zona de los calabozos.
Thyra caminaba con furia contenida. Miró de reojo a Oskar, que tenía los puños apretados, tratando de no mostrar ninguna expresión que delatara su ira.
El rey avanzó tras Leifur con la postura de alguien que carga con demasiados secretos, y, la reina Brina, con el porte de quien jamás podría olvidar una traición.