Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 16. LLEVADME ANTE NESSA #3
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16. LLEVADME ANTE NESSA #3

Bastante antes de llegar a las murallas que protegían el hogar de Athelstan, la comitiva fue interceptada por varias patrullas.

El consejero del duque reconoció enseguida el emblema inglés en cuatro de aquellos hombres; sin embargo, no fue capaz de ubicar el que portaban otros, que tenían la tez más pálida que había visto nunca, y que se reducía a tres serpientes negras sobre un fondo rojo.

Étienne inclinó la cabeza en un gesto de respeto contenido, midiendo la reacción de los ingleses que los observaban desde las almenas y de los que ahora los saludaban.

Estos fueron los encargados de guiar al grueso del ejército normando a las afueras, donde el resto los aguardaba, mientras que los que vestían con aquellas chaquetas de cuero oscuro les pedían que los siguieran.

Cabalgando junto a su señor, Blanchard comenzó a sospechar de aquellos que los miraban de una manera inquietante.

En cuanto pisaron el patio de armas, se sintió traicionado.

No había nadie para recibirlos, y eso sí que era una auténtica falta de respeto.

Solo uno de aquellos extraños hombres, a los que en su mente denominó «espectros», se dignó a hablarles; y lo hizo exclusivamente para indicar que pasaran a la sala del trono.

Aquella acogida no era la que esperaba el francés ni la que merecía Ricardo, pero entendió los motivos.

El rey se estaba vengando por cómo habían tratado al heredero.

Por desgracia, era tarde para echar marcha atrás, y tampoco le interesaba.

De todos modos, ahora las tropas normandas estaban a merced de Athelstan, y empezaba a sospechar que tal vez este se hubiera aliado con alguien más sin consultarle primero.

Al desmontar, sus botas resonaron contra la húmeda piedra del patio. Los hombres de Ricardo se desplegaron con la eficiencia de un ejército acostumbrado a la conquista, pero Blanchard no les prestó atención. Avanzaron tras los pasos del que le pareció un capitán y entraron en la sala del trono.

Al fondo, el rey Athelstan aguardaba sentado, con su porte regio y sus ropas marcadas por la heráldica sajona.

Su expresión le resultó inescrutable, aunque hubiera jurado que en sus ojos veía una chispa de petulancia.

A su derecha, había un hombre que no reconoció, y, a su izquierda, se encontraba el príncipe Alistair.

A sus flancos, unos soldados vestidos como los que los habían llevado hasta allí parecían proteger al inglés y a su hijo.

Le extrañó ver entre ellos a una imponente mujer que los miraba con insolencia y algo más que no supo definir.

―Rey Athelstan ―saludó el joven Ricardo, ignorante de cuanto sucedía a su alrededor.

Él inclinó la cabeza levemente. Sus ojos escudriñaron al duque y después a su séquito. Su mirada se posó en Blanchard por un instante, no porque reconociera el peligro que este representaba, sino por la satisfacción que sentía al tener al joven normando bajo su techo.

―Ricardo ―respondió Athelstan―, no esperábamos vuestra visita. Dejadme que os diga de buen grado que Inglaterra os da la bienvenida.

Étienne lo miró desafiante. Era a él a quien debía dirigirse, no a un niño que apenas levantaba un palmo del suelo.

Pese a que hubiese querido gritarlo con todas sus fuerzas, permaneció junto al infante con las manos cruzadas por delante mientras observaba con detenimiento cada expresión del rey y las pausas que imponía a su discurso.

El aire en la sala era extrañamente denso, cargado de un peso invisible que solo los verdaderos hombres que ansiaban el poder podían percibir. Étienne sostuvo una vez más la mirada del rey y esperó con paciencia a que se dirigiera a él.

―Consejero Blanchard, sed también bienvenido a mi hogar.

Étienne inclinó la cabeza con fingida humildad.

―Rey Athelstan, os doy las gracias en nombre del duque y en el mío.

Ambos sabemos que la historia se escribe tanto con alianzas como con guerras.

Espero que el matrimonio entre vuestro heredero y su hermanastra ―agregó, mirando a Ricardo― dé muchos frutos de las primeras y poco o nada de las segundas.

Helmet entrecerró los ojos y formó su particular sonrisa.

En las palabras del normando había una advertencia velada.

No entendió el motivo de aquella puya, puesto que se suponía que había un pacto de por medio.

Miró a Xwînxwar, quien hizo una mueca que solo él pudo ver.

Había entendido lo mismo y acababa de confirmárselo.

―Así sea ―le dio la razón Athelstan.

―En cuanto a las nupcias… ―insistió Étienne, quien lamentaba no ver en la sala a Herleva.

―Se celebrarán a finales de esta semana. El arzobispo ya ha sido avisado y esperamos que llegue muy pronto ―respondió el rey con un tono que no dejó lugar a réplica―. Ahora mis soldados os llevarán a vuestras habitaciones. Hemos de celebrar vuestra llegada.

―Gracias, rey.

Blanchard bajó la cabeza y se llevó al niño de la mano.

Sus criados los acompañaron bajo la atenta mirada de los ingleses, que parecían no agradecer su presencia.

Debía encontrar a Herleva y advertirle de su llegada, pero pronto sus pretensiones cayeron en saco roto.

Los del emblema con serpientes se apostaron en la puerta, dejando claro que nadie saldría de allí sin su permiso.