Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 16. LLEVADME ANTE NESSA #2
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16. LLEVADME ANTE NESSA #2

Cuando el resto se retiró, los reyes los condujeron a la tienda principal.

Allí los esperaban los dos generales, sus tres hermanos y los padres de Oskar.

La familia Isaksen ya conocía las intenciones de Nessa, quien las había gritado a pleno pulmón por todo el campamento hasta antes de encerrarla junto con muchas otras lindezas que le dedicó a su propia hermana y también a su esposo.

Ninguno de los presentes quería empañar el regreso de la pareja, pero las complicadas circunstancias lo exigían.

Tras estar todos sentados en la mesa de reuniones, Eirik se dirigió con un tono solemne, aunque cercano. Una vez relató lo sucedido, les aseguró que jamás sería liberada y que cualquier intento por su parte de cometer aquel acto de traición lo pagaría con su propia vida.

Oskar se mantuvo en silencio, tratando de no exaltarse.

Todo su ser le pedía presentarse en las celdas y amenazarla de muerte, solo que a la que deseaba quitarse de en medio era hermana de la reina y tía de su esposa.

Miró a Thyra y esperó a escuchar su opinión antes de utilizar con gusto cualquier daga que cayera en sus manos.

La princesa se puso en pie y caminó unos pasos hacia la salida con la intención de enfrentarla. En el último instante, se detuvo ante la insistencia del rey.

―Thyra, espera.

―Nadie va a amenazarnos con llevarse a nuestro hijo y va a vivir para contarlo. ¿Lo entiendes, padre?

Todos se quedaron en silencio al ver cómo en sus ojos danzaban dos llamas furiosas. Miraron a Oskar, que negó enseguida, dando a entender que aún no se lo había dicho.

―El fuego de nuestros ancestros vive en ti, hija ―dijo con verdadero orgullo y admiración.

―¿Qué…?

―Te ha sido otorgada la Llama de la Creación ―agregó el Šāhanšāh con voz trémula mientras todos se ponían en pie.

―No… no puede ser ―renegó ella, subiendo las manos.

―ÉL te ha llamado, Thyra. Si puedes invocar Su espíritu, Alana y tú seréis invencibles.

―Padre, ni merezco tal honor ni creo que sea capaz de portarla.

―Sabes que solo unos pocos han podido llevarla dentro de sí. Eres más fuerte de lo que piensas, hija mía.

―Yo no puedo estar a la altura de Alana, padre ―dijo, avivando aún más aquellos reflejos de sus ojos, como si sus palabras corroboraran que no entendía por qué ÉL la había escogido.

―Eso no lo decides tú, hija ―intervino Brina, acercándose a ella.

―Oskar, tú… ¿tú lo sabías?

―Desde el amanecer.

―¿Por qué no me lo has dicho?

―Necesitabas ser Thyra hasta atravesar el portal.

Ella unió los labios y aguantó las lágrimas. Su esposo ya la conocía mejor que ella misma. Y era de esperar, porque a la princesa le ocurría lo mismo con él.

Asintió, tragándose sus miedos, y agregó:

―Hágase en mí Su voluntad. Ahora, llevadme ante Nessa.

Eirik aceptó su petición y despidió a los Isaksen con suma cortesía y respeto. Su hijo había encendido la llama en su querida Thyra a través del mayor acto de amor, y nadie podría nunca negar que estaban destinados a estar juntos.

Llevando el peso de sus propias decisiones en los hombros, le ofreció la mano a Brina, quien se la sujetó con fuerza. Después, atravesaron juntos el campamento seguidos de su hija y su joven esposo, quienes estaban a punto de conocer lo peor de la raza errante.

El resto del ejército normando, que esperaba desde hacía días en el castillo de Athelstan, avanzó como una sombra inevitable sobre las tierras inglesas.

No eran solo hombres marchando, sino una marea de acero y voluntad.

Eran soldados experimentados, forjados en múltiples batallas, que proclamaban con cada pisada y con cada uno de sus estandartes un eco irrefutable de conquista.

En el centro de la columna, bajo la protección de su escolta personal, montaba el joven duque, Ricardo I.

Iba acompañado de su «fiel» consejero, Étienne Blanchard, cuya mirada cortante no observaba el camino ni a los soldados que marchaban con la disciplina de aquellos que han conocido la guerra.

No. Su mente navegaba en aguas más profundas, en un futuro donde su nombre resonaría junto a los de los demás reyes.

Mientras cabalgaba, su mano enguantada acariciaba el emblema de su casa, cosido en la manga de su túnica.

No portaba armas visibles; sin embargo, de vez en cuando, rozaba con sus dedos la empuñadura de la daga que llevaba escondida a la altura del cinturón.

Por supuesto, además del acero de los suyos, contaba con defensas tan eficaces como lo eran sus sibilinas palabras, la intriga y su ambición, de la que solo Herleva tenía conocimiento y era partícipe.

Había pasado varios años preparando ese momento, instruyéndola y tejiendo alianzas en las sombras.

Se había asegurado de que, cuando el golpe final se diera, él estaría presente y en la mejor posición para recoger las bendiciones que le proporcionaría la unión con la reina viuda.

Y es que ella no solo era su mejor carta, sino su única baza.

Por suerte, su codicia podría verse recompensada porque la bastarda había caído con suma facilidad en sus redes.

Su habilidad había llegado mucho más allá, puesto que la había convertido en su amante y aliada, haciéndola creer que era la mente pensante de aquel enrevesado plan.

Mientras el pequeño duque le incordiaba con algo tan insignificante como era hablar del deprimente paisaje, sus pensamientos volaron a la piel desnuda de la que había nacido con sangre noble, pero sin la posibilidad de tener un trono propio.

Echó la vista atrás y regresó a la primera vez que oyó a Herleva hablar a solas con el resentimiento de aquellos condenados a vivir bajo el yugo de otros.

Tras convencerla de que juntos podrían hacer grandes cosas, la había inducido a ser algo más que meros amantes.

Le había abierto un camino para conseguir un trono y tener a Inglaterra bajo su dominio.

La estridente risa del infante lo hizo regresar a la realidad.

Con su mano regordeta señalaba el imponente castillo, que ya podía divisarse en el horizonte.

Blanchard se sitió muy satisfecho al comprobar que aquella majestuosa fortaleza pronto caería por la inutilidad del hombre que la gobernaba, y él iba a ser testigo directo del instante exacto en que aquello sucediera.