16. LLEVADME ANTE NESSA
T hyra se despertó sintiendo los labios de Oskar recorriéndole la espalda.
Su cuerpo reaccionó mucho antes que su mente, provocando que la anticipación tomara las riendas.
Habían sido unos días maravillosos en aquella ensoñación, que desaparecería en cuanto atravesaran el umbral.
El halo de luz por donde se habían trasladado ahora brillaba con más intensidad emitiendo preciosos destellos multicolores, avisándoles de que el periodo del sjelevenner había llegado a su fin y debían regresar al campamento.
El tiempo contuvo el aliento mientras al otro lado de aquel lienzo, tejido con polvo de estrellas, al amanecer no se le permitió ser compasivo y comenzó a disolver los bordes más lejanos.
Ella, no prestando atención a lo que ocurría a su alrededor, se dio la vuelta.
El calor que desprendía Oskar la envolvió por completo.
El vínculo entre ambos era tangible, un manto de energía y deseo que hacía vibrar el aire.
―Hemos de marcharnos ―murmuró excitado. Su voz grave rozó su oído como una caricia.
―Solo una vez más…
Su petición reverberó en el cuerpo del guerrero, quien se apoyó en un codo para encontrarse con sus preciosos ojos verdes, en los que ahora parecían arder llamas doradas.
Nunca imaginó que su unión despertaría aquella gracia olvidada que solo habían poseído algunas parejas designadas.
Las pupilas de Thyra refulgían no solo por la pasión que latía en su corazón, sino por algo más intenso.
La unión de sus almas había despertado en ella un nuevo don, pero Oskar fue incapaz de decírselo en aquel momento porque sabía lo que iba implicar en sus vidas.
Completamente enamorada y con la mirada turbada por la necesidad, llevó las manos al pecho de su ektemann [11] .
Las deslizó sobre su piel, deleitándose con la firmeza de sus músculos bajo sus dedos.
Sin poder contenerse, él comenzó a depositarle besos lentos en el cuello, encendiendo aún más el fuego que ya la consumía.
Las manos de ella exploraron su espalda, siguiendo cada línea de su piel con una urgencia contenida.
En cuanto sus labios se tocaron, la delicada unión de sus bocas se transformó enseguida en un beso profundo que reclamó mucho más del otro.
Aquel intercambio de alientos y deseo marcó una nueva entrega total de ambos.
El mundo se redujo a sus cuerpos, a la respiración entrecortada, a las caricias con que se descubrían de nuevo sin restricciones.
Oskar trazó un camino de fuego y pasión con la lengua por su pecho, descendiendo lentamente, como si cada punto de su piel mereciera adoración.
Ella arqueó la espalda, dejando escapar un suspiro que él atrapó con su boca, intensificando el contacto hasta que la necesidad se volvió insoportable.
Thyra se separó lo justo para incitarlo a ponerse de espaldas.
Se sentó a horcajadas y lo recibió en su interior una vez más mientras sus labios se fundían en un beso delirante.
Tras incorporarse, comenzó a moverse sin prisa, subiendo y bajando mientras él recorría su cuerpo con las manos, que terminó fijando en sus caderas para intensificar la fricción.
Ella inspiró profundamente al sentirse completamente invadida por la sensación de estar flotando.
De nuevo, el tiempo perdió sentido. No había prisas, solo el ritmo natural de dos almas que ya conocían cada rincón del otro, que se comunicaban en una lengua que iba más allá de las palabras. La conexión entre los dos era algo más que piel y carne. Era energía pura.
―Oskar… ―susurró contra su cuello, aferrándose a él mientras la ola del placer los arrastraba sin piedad.
Oír cómo decía su nombre con el deseo nublando sus sentidos espoleó todavía más al errante, que se sentó para tenerla aún más pegada a su torso.
Sus movimientos se volvieron una danza instintiva, un vaivén suave y salvaje que alternaba la dulzura con la pasión desbordada.
El sonido de sus cuerpos al fundirse aumentó el deseo hasta que ambos se deshicieron al mismo tiempo en un intensísimo clímax.
Jadeando, permanecieron así, entrelazados, abrazándose con fuerza mientras sus cuerpos aún vibraban por la intensidad del orgasmo. Oskar acarició el rostro de Thyra, dibujando con un dedo su contorno con verdadera adoración. Como si quisiera memorizar cada detalle durante el resto de su vida.
―¿Un baño en el mar y regresamos? ―susurró ella.
―Me parece una magnífica idea.
Tras ayudarla a ponerse en pie, la abrazó. Cerró los ojos, sintiéndose el errante más afortunado de cuantos habían existido.
―Te quiero, Thyra. Siempre serás mi hogar.
Ella sonrió, sintiendo cómo el calor de sus palabras envolvía su propio corazón.
―Y tú el mío.
Se besaron de nuevo, esta vez con el conocimiento profundo de quienes han encontrado la eternidad en los brazos del otro. Caminaron hacia la orilla y se dejaron llevar solo un poco más. Unos últimos instantes en aquel paraíso que recordarían para siempre.
Eirik se despidió de Brina tras amanecer. Sus doncellas la ayudaron a vestirse y peinarse un poco más rápido de lo habitual. En poco tiempo, Thyra y Oskar regresarían. No podía estar más feliz por verlos de nuevo.
Asvoria apareció justo en el momento en que la dejaron sola.
―Buenos días, madre.
―Buenos días. ¿Nerviosa?
―Un poco. ¿Estará muy cambiada?
―No, hija. Solo la verás más feliz y esperemos que menos impulsiva.
―¿Crees que padre alguna vez…?
―Tu pareja aparecerá, cariño.
―No comprendo por qué ha sido Thyra la primera en… ―Su voz iba cargada de cierto reproche.
―Solo ÉL decide quiénes de nosotros han de unirse.
―Pero yo soy mayor que ella. Incluso Vagn y Thorkell. ¿Es que ellos tampoco están preparados?
―No puedo responderte lo que no sé.
―Te aseguro que la quiero muchísimo, pero es injusto que ella ya tenga lo que yo llevo tanto tiempo ansiando.
―¿Le tienes celos? ―preguntó alarmada.
―Jamás, ¡si yo la adoro! Solo es que anhelo lo mismo.
Brina se acercó a ella y la abrazó. Era razonable que sintiera esa pena por ver que su momento aún no había llegado, pero estaba convencida de que solo tendría que esperar un poco más. Si las visiones de su padre habían vuelto, puede que pronto tuviera una del errante con el que debía unirse.
―Es normal, Asvoria. Pero no desesperes. Quizás el periodo para disfrutar de esta paz que se nos ha concedido puede que traiga a quien ha de ser tu pareja designada.
―¿Traer…? ―preguntó con una expresión de desconcierto.
―¿He dicho traer? ―repitió extrañada―. Quería decir mostrar a tu padre en sus visiones.
La joven asintió y formó una suave sonrisa, sintiéndose un poco más esperanzada. Brina se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla.
―Venga, salgamos a recibirlos. Ya no deben tardar mucho.
―Leala y Nîga están fuera, esperándonos.
Su madre se detuvo un instante antes de abandonar la tienda y miró a su hija con un gesto serio.
―Nuestras circunstancias son… abrumadoras ―dijo la reina―. Contar a la vez con la Elegida y la Portadora es un milagro. Apenas lleva un día aquí, y siento que podría confiarle cuanto me pidiera.
―Ella desprende una paz que pocas veces he sentido.
―ÉL está en ella, y eso nos acerca mucho más a Su bondad.
―Es cierto, madre.
Asvoria cambió el semblante sin venir a cuento. Brina se preocupó, incapaz de adivinar qué estaba pensando.
―Lamento mucho si ha parecido que no me alegro por ellos ―prosiguió―. Es duro estar sola.
―Pero no lo estás. ¡Nunca lo has estado!
―Un poco sí ―la miró para que le concediera eso al menos―, aunque os amo a todos. ¿Crees que seré tía pronto?
Ahora fue Brina la que ensombreció su rostro, inquieta por lo que debía contarle a su otra hija en cuanto la viera.
―Quién sabe… ―agregó, colocando la mano en su mejilla.
―¿Qué ocurre, madre?
―Nessa.
―Thyra querrá despellejarla en cuanto se entere de lo que ha exigido.
―Lo sé. Y si ella no cambia de parecer, yo misma le daré una daga para hacerlo. ―Ambas asintieron―. Bueno, no nos retrasemos más.
Al salir a la explanada, una sensación de gozo las inundó. Mientras Eirik, Vidar, Gudrun, sus dos hijos y la familia de Oskar felicitaban al joven Isaksen; Nîga y Leala besaban a Thyra al tiempo que le decían a toda prisa que Alana volvería muy pronto con su padre y su hermano.
Desde el otro lado del campamento, se oyeron las risas de las dos mejores amigas de su pequeña, las gemelas Annikan y Seren, quienes se abalanzaron hacia ella nada más verla.
―¿Cuándo habéis regresado? ―preguntó Thyra, emocionada al tenerlas delante.
―Recibimos una misiva de Eirik en la que nos anunciaba que se iba a celebrar vuestro sjelevenner , pero nuestra misión nos retuvo más de lo que pensamos en un principio ―dijo Annikan, clavando en ella su preciosa mirada celeste mientras se retiraba del rostro sus larguísimos cabellos, que eran tan rubios que daban la sensación de parecer blancos.
―¿Pudisteis entonces cumplir la misión? ―agregó la princesa.
―Sí. Regresamos hace tan solo tres días.
―Mi padre debió avisarme en cuanto llegasteis. ¡Cinco años es demasiado tiempo sin veros!
―Thy ―intervino Seren con cariño―, pero ¿qué dices? ¿Cómo íbamos nosotras a interrumpir vuestras incansables sesiones de sexo? ―acabó susurrando al tiempo que fijaba sus ojos aguamarina en ella y jugueteaba con su larga trenza del color del trigo.
Las tres se echaron a reír.
Brina, con los brazos abiertos, las interrumpió pidiendo paso para abrazar a su hija.
―Thyra… ―musitó en su oído.
―Madre…
Asvoria se acercó y se fundió con ellas.
―Te he echado de menos, incordio ―bromeó su hermana mayor con la mirada empañada.
―¿Sabes? Yo no. ¡No he tenido tiempo!
Más risas, felicitaciones y deseos de que su unión fuera bendecida con muchos vástagos sanos y fuertes.