Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 15. GRACIAS POR NO RENDIRTE #3
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15. GRACIAS POR NO RENDIRTE #3

Mientras se dirigían hacia Felsted, Yngvar se dijo que no podía alargar más esa situación de tensión entre ambos.

Debía demostrarle que sus sentimientos iban mucho más allá de unos simples comentarios sutiles y, en cierto modo, vacíos.

Le confesaría que la amaba desde la primera vez que la vio.

Aquel día cambió algo en él que lo transformó por completo.

Tomó la decisión de que no iba a perder el tiempo dejándose atrapar en un bucle de reproches hacia sí mismo por no haber hecho todo lo posible cuando tuvo la oportunidad.

Al atardecer, llegaron al fin a la casa de la Elegida.

Los errantes no se molestaron en disimular su posición, puesto que nadie podía verlos gracias al campo de protección de los Parêzvanan, y se apostaron en el exterior.

Dentro de esta, Yngvar se encargó de encender el fuego mientras Vidar y Borg comprobaban las dos pequeñas habitaciones.

Todo estaba en calma y no había indicios de que nadie hubiera notado la ausencia de la familia.

Alana ofreció el hogar de su casa para que pudieran cocinar, pero aquellos guerreros estaban acostumbrados a la naturaleza y a hacerlo al aire libre, por lo que lo rechazaron con amabilidad y comenzaron a levantar el campamento.

El líder Eide y el de la casa Volger dejaron a solas a la Elegida y a Yngvar. Habían decidido que él dormiría en la sala mientras ella descansaba en su habitación. Borg les aseguró que, en cuanto estuviera lista la cena, los avisaría.

Al verlos salir, el joven Knutsen se sintió aliviado y agobiado al mismo tiempo. ¿Cómo iba a encauzar la conversación para que derivara en confesarle que se había enamorado de ella?

Mientras se devanaba los sesos, Alana lo invitó a sentarse junto al fuego. Nada más estar a su lado, sus miedos desaparecieron.

―Has estado muy callado todo el camino ―dijo algo inquieta entrecerrando los ojos, como si de ese modo pudiera adivinar el motivo de su silencio.

―Lo sé ―respondió, girándose hacia ella―, pero no por la razón que piensas.

―¿Entonces?

―Siento que estoy forzando la situación entre nosotros y te pido disculpas. Es muy injusto por mi parte. Debería ser paciente dado lo sucedido y darte tiempo.

―Pero no es lo que realmente quieres ―sonrió.

―No puedo mentirte, Lana ―agregó con el corazón retumbándole con fuerza. Para ella, oír de sus labios su nombre provocó que se le erizara la piel―. Y no pido más que poder estar juntos sin tener el remordimiento por traicionar las leyes de Dios.

―¿Acaso ÉL te ha pedido no amar?

―No, es peor que eso.

―¿Peor?

―Me ha dado la oportunidad de imaginar lo que sería una vida contigo… a mi lado.

―¿Y eso es peor?

―Sí, si tú me rechazas.

Alana acercó la silla un poco más y susurró cerca de su rostro, perdida en sus impresionantes ojos negros.

―¿Y por qué piensas que haría tal cosa, Yngvar?

Él recorrió el contorno de su rostro con el dorso de sus manos y se detuvo en el mentón. Lo sujetó con tanta delicadeza que a Alana le pareció que ni siquiera lo rozaba.

―Porque no puedo pedirte que me…

―¿Es que no vas a besarme, guerrero?

Aquella pregunta hizo explotar el pecho del errante, que se sentía como si le hubieran abierto las mismas puertas del cielo.

Se acercó a sus labios y se deleitó con la calidez de su aliento, de su deseo.

Depositó un suave beso en su boca, que se volvió exigente en el mismo momento que Alana agarró con sus manos sus ropas para acercarlo un poco más.

Él tiró de ella hasta ponerla en pie. Con veneración, recorrió su clavícula con los dedos. Después, los hombros, la nuca. Profundizó el beso a medida que ella comenzó a rozar su lengua con la suya. Un baile sincronizado y delicioso con el que ambos sintieron que sus cuerpos pedían mucho más.

No era el momento. No podían dejarse llevar cuando veinte errantes estaban a pocos pasos de ellos e iban a regresar con la cena.

Yngvar detectó aquella crispación en sus labios y cerró el abrazo para retenerla un instante más.

Solo un instante. Sin ser dueño de sus propios actos, dibujó con la punta de las yemas la piel de su espalda y la ciñó a su cuerpo.

A la zona que le rogaba por algo más que un beso arrollador y adictivo.

Ella suspiró en su boca y olvidó cuanto había hecho con el heredero porque aquello nada tenía que ver con su anterior vida. Yngvar era un errante que la amaba sin reservas, sin más temor que el de perderla.

Entonces, lo supo.

Puede que fuese una locura, pero lo amaba. Lo sentía dentro de su mente, de su cuerpo y de su alma. Tal vez sí fuera su pareja designada, o puede que el amor verdadero había despejado cualquier duda.

De un modo u otro, el Destino los había hecho encontrarse y solo deseaba unirse a él de todas las formas posibles. Ya llegaría ese momento.

Como si un imperceptible murmullo los hubiera liberado del hechizo en el que se habían sumido, se miraron.

―Eres mi pareja… designada ―susurró él en sus labios.

―Lo soy. Gracias por no rendirte ―musitó ella, acariciando su mejilla con el pulgar.

―Gracias por perdonar mi osadía.

Un último beso selló aquellas palabras que encerraban tanto. Antes de volver a sentarse, Yngvar removió el fuego en la chimenea. El que sentían los dos ardía con fuerza en su interior, solo que esa noche no podrían avivarlo como ambos ansiaban.