15. GRACIAS POR NO RENDIRTE #2
El alba apenas había comenzado a despuntar cuando Alana abrió los ojos solo un instante.
El pequeño campamento improvisado por los errantes ya era un auténtico hervidero.
Algunos preparaban caldo caliente, mientras otros despiezaban varios conejos para ponerlos al fuego.
Emprender la marcha no era urgente, de modo que a Vidar no le pareció mala idea disfrutar por una vez de un desayuno decente durante el tiempo que las circunstancias se lo permitieran.
La inglesa cerró los párpados mientras se relamía por el olor que estaba desprendiendo la carne al fuego. Yngvar, que había dormido junto a Borgervern, alejado de ella por razones obvias, se acercó a despertarla.
―Lana ―susurró, agachándose para tocarla en el hombro―, despierta. Ya es de día.
Ella curvó los labios en una sonrisa radiante y lo miró con el rostro iluminado de felicidad. Durante el tiempo que había escuchado su voz, había dejado de ser la Elegida para volver a ser solo Lana, la muchacha que apenas tenía dieciséis años y toda la vida por delante.
Aquella imagen lo desarmó, haciéndole imposible no acariciar la mejilla de la joven que lo observaba como si ya conociera el interior de su alma. Al darse cuenta de su imprudencia, se puso en pie con rapidez y le ofreció la mano.
―Gracias, guerrero ―dijo ella con solemnidad, aceptándola. Se atusó un poco la trenza y se arrebujó con la capa.
―En cuanto regresemos, Vidar va a despellejarme con la bendición de Eirik ―vocalizó muy bajito.
―No, si puedo evitarlo ―rio divertida.
―¿Si puedes evitarlo? ―preguntó, fingiéndose preocupado.
―Comprende que hay tanto por hacer que no debería distraerme de lo que es realmente importante.
―¿Y que siga viviendo no lo es para ti?
Alana ignoró las miradas del líder Eide y las muecas burlonas mal disimuladas del resto de los errantes y se acercó a Yngvar mucho más de lo aceptable. Movió un dedo para que se agachara y le susurró:
―Todos nos observan.
Él asintió y echó un paso atrás, pero ella no estaba dispuesta a dejar aquella pregunta en el aire y volvió a aproximarse.
―No te preocupes. Tendrás una larga vida, «guerrero» ―agregó antes de dirigirse a la hoguera.
Yngvar inspiró para recomponerse y se encaminó hacia donde se encontraba Borg.
Sentía el corazón a punto de explotar y temía que su comportamiento desviara la atención hacia la protección de la Elegida y su familia.
Jamás se perdonaría que les ocurriera cualquier percance, así que se censuró a sí mismo por perder la compostura.
Necesitaba volver a centrarse antes de cometer una insensatez, y sabía que el jefe de los rastreadores le ayudaría a conseguirlo con sus sabios consejos.
―Buenos días ―lo saludó.
―Sin duda para ti lo han sido, «guerrero» ―se burló el de la casa Volger sin molestarse en disimular.
―Estoy perdiendo el control. ―Aquellas palabras salieron de su boca con una gravedad abrumadora.
―Es evidente, pero ¿quién de nosotros no ha estado en tu piel cuando de su pareja designada se ha tratado? ―preguntó, afilando con su daga el extremo de una rama.
―¿Qué dices, Borg? ―Miró hacia donde estaba Alana, sintiendo un nudo en la garganta―. Ella no es…
―No blasfemes, errante ―dijo de forma categórica―. Delante de mí, no te atrevas.
―Pero las leyes antiguas…
―Otro igual que Vidar ―protestó con firmeza, poniendo los ojos en blanco―. Déjalas donde están, ¡cogiendo polvo!
Yngvar lo miró sorprendido.
―Respóndeme a esto, muchacho: ¿amas a Dios? ―agregó.
―Con todo mi ser. Mi vida le pertenece.
―¿Y aceptas sus designios?
―Con el mayor de los respetos ―dijo frunciendo el ceño.
Era incapaz de entender a qué venían esas preguntas que, más que ayudarle, parecían haber sido formuladas para juzgar su fe.
―Entonces, «necio» ―enfatizó, señalándolo con la daga―, ¿por qué rechazas el mayor regalo que podría hacerte?
―¿Qué intentas decirme?
Borg miró hacia el cielo y masculló:
―¿También sordo? ―Negó con la cabeza, resoplando―. Lo que estoy intentando hacerte ver es que nada de lo que sucede es al azar.
―Los humanos cuentan con el libre albedrío, nosotros no.
―Ah, ¿no? ¿Acaso alguien te obligó a abrir su puerta en la posada? ¿O a salir huyendo cuando regresó al hogar de sus padres?
―Bien sabes que no.
―Libre albedrío, muchacho. ÉL nos guía, y no estamos aquí en vano. Fuimos creados para un fin. Eso todos lo tenemos muy claro. Aunque he de reconocer que Su generosidad es a veces… caprichosa.
―Eso sí que es una blasfemia ―dijo Yngvar, formando en su rostro un gesto incómodo.
―Para nada. ÉL decide qué darnos y en qué momento. Puede que no siempre obtengamos lo que anhelamos, eso seguro. Pero estoy convencido de que actúa de esa manera porque lo que nos tiene reservado es algo infinitamente mejor.
―¿De verdad lo crees?
―Detente un instante y piensa en ella no como una joven, sino por quien es, la Elegida. Se ha visto obligada a entregar su humanidad dos veces. Una, a ÉL. Y, otra, a Mørket.
―¿Cómo has sabido…?
―¿Crees que Eirik no iba a informarnos a los líderes de sus propias casas? Conocer lo que ha ocurrido nos da fuerzas para continuar y aplomo para ayudarla en todo lo que nos pida. ¿Te formas ya una idea de los muchos sacrificios que ha tenido que hacer por nosotros?
Sin apartar la vista de ella, respondió:
―He sido un necio, ¿verdad?
―Te lo he dicho antes.
―Pero el príncipe…
―¡Olvídalo! ―Borg lo sujetó con fuerza del antebrazo y lo atrajo hacia su rostro―.
No tienes derecho a sentir celos. ¿Lo entiendes?
Y menos aún a juzgarla. Ella es la Luz que ilumina la esencia de la que están hechas nuestras almas.
Es la alegría de la que gozan nuestros corazones cuando somos felices.
Sus decisiones la han llevado hasta ti, no mires hacia atrás ni te lamentes por lo que pudo haber sido, o te convertirás en la mujer de Lot.
―Siempre aciertas en tus juicios.
―La experiencia y los años son la mejor manera de aprender. No te regodees en tu error, acéptalo y emplea tus energías en lo que de verdad merece la pena.
―Eso haré, Borg. Te lo agradezco más de lo que…
―Lo sé, lo sé ―añadió, soltándolo y volviendo a pulir la punta de la rama.
―Voy a abrazar mi destino.
―Es lo más sensato que has dicho en toda tu vida.
Yngvar pasó a su lado y le apretó el hombro un instante antes de caminar hacia Alana. Ella sonrió y le ofreció un trozo de carne que iba a comerse.
―¿Te apetece? ―le preguntó sin doble intención.
―Más que nunca.
Él se llevó aquel pedacito a la boca y le supo al mismo néctar de la propia Creación. Con el aplomo de saber que el pasado no iba a decidir sus pasos, se sentó a su lado y compartió con ella cuanto habían preparado sus compañeros.