Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 15. GRACIAS POR NO RENDIRTE
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15. GRACIAS POR NO RENDIRTE

B ewestan se relamió con placer los labios.

Después, se pasó la lengua por los dientes superiores y se limpió los restos de las comisuras con los dedos.

La sangre de aquel corpulento muchacho le había traído recuerdos vívidos de algunas sensaciones que creía tener olvidadas y que no deseaba volver a experimentar nunca más.

Terror. Aceptación. Compasión.

No sabía si aquel monaguillo había pasado por todas ellas mientras ella le arrebataba la vitalidad de sus venas. Pero ¿acaso aquello era posible? ¿Podían sentir algo los humanos sometidos? ¿Estarían sus almas luchando por liberarse?

Se acercó a su oído y le susurró unas pocas palabras de consuelo. Una lágrima se deslizó por la mejilla del joven, dejando en el aire una duda que comenzó a torturarla en silencio.

―¿Cómo te llamas? ―preguntó sobrecogida.

―Dalton.

―¿Sabes qué te acabo de hacer?

―Me habéis mordido y bebido mi sangre.

―¿Te ha dolido?

―Sí.

―¿Qué sientes ahora?

―Miedo. Quiero huir, pero no puedo moverme. Estoy soñando, ¿verdad? ¿Es una pesadilla?

Ella separó los labios, solo que no pudo responderle enseguida. Miró hacia otro lado y bajó la cabeza, pensando qué decirle.

―Sí, Dalton. Es una pesadilla vívida. No te preocupes ―lo miró a los ojos―, la olvidarás para siempre y te despertarás pensando que has tenido sueños lascivos en los que una muchacha te complacía en todo lo que le solicitabas. Ahora, regresa a tu hogar. Come algo y descansa.

Él obedeció y Bêw lo siguió con la mirada hasta que se perdió entre las casas de la aldea cercana donde se habían detenido para alimentarse. Los suyos estaban listos desde hacía rato y esperaban a que acabara.

Cuando regresó con ellos, les ordenó seguir avanzando para llegar a Cornualles.

Aún les quedaban bastantes jornadas de camino y era mejor adelantar todo lo que pudieran de noche.

El viaje hacia Éire era algo que no le agradaba en absoluto, pero su señor se lo había pedido y ella siempre cumplía sus órdenes.

Palpó la misiva en su chaqueta y, acto seguido, pensó en Qiloçker. Se preguntó qué tierras estaría cruzando y cuánto le quedaría para llegar al castillo de Helmet.

Agradeció en silencio que la consulta de uno de sus vampiros la separara de aquellos pensamientos.

―General, hay dos posibles rutas. La del este nos permitiría alimentarnos más a menudo, aunque es un poco más larga.

―Lo sé ―dijo, bajando el ritmo―. ¡Deteneos!

Ellos obedecieron al momento.

―No tenemos tiempo que perder ―prosiguió Bêw―, pero no aguantaremos ni un solo asalto si estamos debilitados. ¿Qué me decís? ¿Le robamos tiempo al sueño o preferís pasar necesidades?

Ellos se miraron sorprendidos. Era la primera vez que les dejaba escoger una opción sin tener que acatar su voluntad sin más.

―Dormir está sobrevalorado ―dijo uno.

―¡Somos Drăgoi, vive un día más para gloria de Mørket! ―exclamaron varios.

―Sí, somos Drăgoi ―repitió ella, recreándose en su casa―, pero existimos para gloria de Helmet.

Sus «No Muertos» no esperaban aquella afirmación y temieron que fuese solo una prueba o, por el contrario, una nueva orden.

―¿No respondéis? Podéis hablar con libertad ―aseguró ella, fijándose en las expresiones de cada uno―. ¿Dagmar?

El que siempre había sido su capitán dio un paso al frente y la encaró por si lo que buscaba era castigar a cualquiera de ellos por dar una opinión incorrecta.

―¿Qué pretendéis haciéndonos esa pregunta, Bêwestan?

―Saber qué pensáis de lo que acabo de decir.

―Somos fieles a Helmet y a… Mørket.

―¿De verdad? ―dijo ella, con una sonrisa enigmática, parecida a la de su líder―. ¿Sabéis por qué vamos a Éire?

―Aún no nos habéis informado.

―Es cierto. Nuestra misión es encontrar a los skyggene. A Dorek.

Algunos murmuraron por lo bajo y un par de ellos escupieron en el suelo. Aquella respuesta no le sorprendió a la cuarta de Helmet.

―Haremos lo que consideréis necesario ―aseguró Dagmar en nombre de todos.

―Sois verdaderos guerreros… ―añadió ella con orgullo―. No os voy a mentir ni adornaré la tarea que se nos ha encomendado. En cinco lunas, entraremos en guerra contra los Ursu.

―¿Cómo?

―Helmet ha formado alianza con el rey inglés, que cuenta con el ejército de uno de los duques normandos. Ha llegado el momento de acabar con nuestros enemigos.

―¿Mørket sabe…? ―preguntó otro de ellos con gesto grave.

―Abbadon ya estará de camino para informarle de nuestra «inoportuna» rebelión ―sonrió.

―¿Lo apoyará? ―intervino de nuevo Dagmar.

―Es lo más probable. Los Drăgoi nos desharemos de su yugo, pero solo si…

―Si permanecemos unidos y fieles a nuestro señor ―agregó él.

―Eso es ―confirmó, expectante.

―¿Y qué pensáis vos, general?

―Llevaré a Éire a todo aquel que quiera venir conmigo.

La patrulla volvió a intercambiar miradas y, como si hubieran hecho un pacto del que Bêw no supiera nada, Dagmar habló por todos:

―Somos Drăgoi, vive un día más para gloria de… Helmet ―dijo él sonriendo abiertamente.

El resto se colocó detrás del capitán y asintió hacia ella.

Bêwestan tragó saliva y mostró un gesto de complacencia.

Su patrulla no la había defraudado. Con seguridad, esa elección marcaría una diferencia en la voluntad del resto.

Si la lealtad nacía en ellos por iniciativa propia y no por temor, serían imparables.

Con una marcada expresión de satisfacción, los instó a continuar. Pasarían buena parte de la noche corriendo, pero estaba convencida de que a ninguno de ellos le pesaría lo más mínimo después de lo que acababan de averiguar.

La oscuridad se cernió sobre el bosque como una criatura hambrienta, devorando cada vestigio de luz con su negrura envolvente.

La luna había desaparecido tras unas nubes espesas, por lo que el séquito del líder Ursu avanzó ayudado únicamente por la habilidad que le había concedido su naturaleza vampírica.

El suelo que pisaban, todavía empapado por la lluvia reciente, despedía el olor característico de la tierra mojada.

El crujido de ramas y hojas secas bajo sus livianos pasos fue el único sonido que osó interrumpir el aparente silencio que parecía acompañarlos.

Como era costumbre, Abbadon encabezaba el grupo, seguido muy de cerca por Rău.

El general no había pronunciado palabra desde que dejaron el campamento, y su amo sabía por qué.

En cierto modo, le parecía lógico. Pronto lo obligaría a recuperar aquella agresividad suya que tanto admiraba de él y que lo había convertido en su mano derecha.

¿Olvidaría su incompetencia en el futuro?

Seguramente. Más que nada, por la guerra en ciernes.

De momento, lo dejaría sufrir un poco más para que reflexionara sobre sus acciones.

No le criticaba que hubiese querido deshacerse de Youngblood, sino que hubiera errado en su propósito.

Debió arrancarle el corazón o cortarle el cuello antes de lanzarlo por las almenas.

Algo simple que cualquier humano hubiese podido llevar a cabo.

Matar sin ser descubierto era a veces un mal necesario, aunque muy satisfactorio.

Se fijó un instante en él, quien mantenía una expresión fría y hierática. Abbadon formó una línea con sus labios al comprender que Rău no quería volver a defraudarlo. Y no esperaba menos durante el tiempo que existiera.

Se guardó aquel pensamiento y prestó atención a las siluetas que su tropa proyectaba.

Apenas eran sombras en la frondosidad de aquella fracción del boscaje.

Se deslizaban entre los troncos nudosos de los robles y los sauces, que flanqueaban con una destreza inigualable.

En poco tiempo, dejarían atrás aquella zona.

Estaban a punto de alcanzar un claro en el que serían presa fácil; sin embargo, ninguno se detuvo a considerar la idea de que pudieran ser atacados dado el motivo de su marcha.

Pese a que era impensable que eso llegara a suceder, todos tenían muy presente que los senderos de Essex se habían vuelto muy traicioneros; pero ni uno solo de los que casi volaban por sus intrincados bosques le temía a nada.

Eran la misma muerte. El horror encarnado en seres de un mundo muy diferente al que los humanos creían pertenecer.

Se enorgullecían de ello y de su destino ligado a la sangre y a la Sombra que los esperaba más allá del mar.

Rău caminaba un paso detrás de Abbadon, consciente de cada uno de los movimientos de su señor.

Lo había visto arrebatar la vida a otros con la facilidad con la que un hombre podía deshojar una flor, y aunque la herida de su orgullo seguía abierta tras su derrota y posterior tortura, no se permitiría demostrar fragilidad.

La brisa agitó su negro cabello y sintió el escozor de la cicatriz que acababa de hacerle una rama en el ojo derecho.

Mientras se curaba, esa leve molestia le serviría como recordatorio de su reciente fracaso.

―El olor a costa aún queda lejos ―murmuró su amo, sin volverse. Su voz, aunque suave, iba cargada de dureza―. Unas cuantas jornadas más y lo sentiremos.

Rău no respondió de inmediato. Sabía que el comentario de su líder no era un mero apunte sobre el camino, sino una advertencia velada.

El mar, con su inmensidad indomable, les marcaría el límite de esta tierra antes de lanzarlos a una travesía incierta.

En realidad, la incertidumbre no era algo que preocupase al jefe Ursu.

Para él, la única certeza en la vida era la muerte de sus enemigos.

―Llegaremos dentro de cuatro amaneceres ―afirmó el general, que hacía poco había recorrido aquella distancia con Alistair.

Abbadon dejó escapar una risa casi imperceptible, un sonido que no contenía humor alguno.

―Lo sé, Rău. Lo que me pregunto es si tú llegarás conmigo o si habré de dejar que te desangres en uno de estos bosques antes de que el sol se alce.

Él apretó los dientes, pero no replicó. Aunque así lo creía, parecía que su castigo aún no había terminado.