14. SOMOS VAMPIROS #3
―Y no lo harás. No has de hacerlo, amor. ―Su voz vibró con una pátina de dolor―. Disfruta de la libertad que te has ganado a pulso. Quizás algún día volvamos a encontrarnos ―añadió mientras colocaba con veneración un mechón suelto detrás de su oreja.
―Quizás algún día…
Nîga se perdió en sus ojos oscuros, tan profundos como la más negra de las cuevas, mientras el agua se deslizaba entre sus cuerpos desnudos con la lentitud de un amante que redescubre una piel olvidada.
A Erke le fue imposible no tocarla y sostuvo de nuevo su rostro entre las manos, temiendo que, al dejarla ir, volviera a convertirse en esa fantasía que había repetido miles de veces en su mente.
Sus pulgares trazaron círculos lentos sobre sus pómulos, tratando de recordar para siempre la suavidad de la piel que una vez había amado y que ahora «ardía» bajo sus dedos, como si el tiempo transcurrido no hubiera sido más que un instante contenido en un suspiro.
Sintió cómo ella se estremecía bajo su roce, incluso pudo escuchar el eco de su aliento entrecortado mezclándose con el murmullo del agua.
Cuatro mil años no habían sido suficientes como para borrar su recuerdo ni el sabor de sus labios.
Menos aún para enfriar el ardor que sentía en sus entrañas por su ausencia.
―No eres un sueño… ―susurró incrédula, con la voz temblando como una llama al borde de la extinción.
Subió la mano y recorrió con las yemas de los dedos el perfil de su rostro. Él cerró los ojos un instante, temiendo que, al abrirlos, ella se desvaneciera.
―Si lo fuera, jamás desearía despertar ―dijo, imprimiendo a cada palabra un significado que atravesó el corazón de Nîga.
Apoyó su frente en la de ella, ahogando en su garganta el peso de los siglos.
Fue un roce simple y al mismo tiempo devastador.
La había buscado en cada sombra, en cada rincón de la maldita tierra, en cada latido ajeno.
Y ahora, ahí estaba, desnuda entre sus brazos, viva en la muerte; pero suya como nunca debió dejar de serlo.
Su cuerpo vibró con la memoria de lo que ella había significado en su existencia.
No solo su amante. No solo su igual.
Su condena y su salvación. Su carne. Su sangre.
Los dedos de Nîga se enredaron en su cabello, deslizándose con lentitud hasta su nuca, acercándolo despacio.
Inclinó levemente la cabeza, dejando que sus labios apenas rozaran los de él, como si hubiera formulado una pregunta de la que aún no estaba preparada para obtener la respuesta.
Un umbral que aún no se atrevía a cruzar, pero del que era incapaz de alejarse.
Sintió el aliento de Erke como un soplo de noche y de tierra antigua, de recuerdos pasados teñidos de sangre y dolor que la atraparon de nuevo solo porque ella quiso permitírselo.
Olvidando lo que acababa de decir, lo contempló con una entrega absoluta.
Volvió a entremeter los dedos en su oscuro cabello y lo obligó a mirarla.
En sus ojos danzaban los reflejos de la luna sobre el agua y algo que él creyó imposible volver a ver.
Algo mucho más antiguo que los dioses y más feroz que la misma sed.
―Bésame… ―susurró, atrayéndolo a su boca.
Nîga volcó en su voz el peso de miles de noches solitarias, de todos los inviernos en los que su ausencia había sido un puñal invisible clavado en su pecho, que se hundía de manera inexorable cada día que habían estado separados.
Erke no pudo contenerse y la besó. Aquel beso no fue suave ni comedido. Fue una tormenta atrapada entre sus labios, un incendio que lamía su piel sumergida y una súplica hecha carne.
Las memorias deshechas por el paso de los siglos desaparecieron.
Solo quedó la brutal certeza de que sus bocas se recordaban, de que sus cuerpos aún sabían la forma exacta en la que debían fundirse.
Sus lenguas se buscaron una y otra vez con un hambre más profunda que el deseo, con la desesperación de quienes han vivido una eternidad y han muerto demasiado sin poder olvidarse, aunque se negaran a reconocerlo.
Nîga jadeó con los labios entreabiertos, como si con su aliento pronunciara una súplica muda.
Él leyó su anhelo al instante y recorrió con la punta de los dedos su espalda, recreándose en cada curva, en todos los recovecos de su cuerpo, como si necesitara memorizarla de nuevo.
Aquellas estelas ardientes que grabó en su húmeda piel la anclaron a su alma mientras Erke le juraba sin palabras que nunca más la dejaría ir.
Con respiraciones entrecortadas, innecesarias pero imposibles de no recrear, la atrajo hacia sí por debajo de la cintura. Ella ahogó un gemido contra su boca al notar su dureza.
―Siempre has sido mía… ―murmuró él con la voz ronca, rota por la certeza.
Emocionada, suspiró contra sus labios. Aquel suave gemido, teñido de deseo y desafío, lo excitó aún más.
―Demuéstrame que lo mereces ―lo retó.
Nîga dibujó una sonrisa oscura y traviesa antes de volver a besarlo con urgencia. Él se fundió en su boca, en su piel, en el río que los envolvía como un manto de plata y sombras.
Porque el amor que es eterno nunca muere. Solo espera.
Y ellos ya habían esperado demasiado tiempo.