14. SOMOS VAMPIROS #2
―¿De qué estás hablando, Erke? Somos vampiros. ¡No sentimos nada! Ni amamos ni nos preocupa nadie más que nosotros mismos ―mintió para protegerse―. Yo… Cuando Bălan… Todavía no había tenido la oportunidad de decirte que lamenté su pérdida. Me dijeron que murió como un héroe.
―Te engañaron. Lo hizo Rău. Aprovechó la confusión de la batalla y mató a mi hermano delante de mí.
Empleó la daga de un Drăgoi al que acababa de degollar.
Solo yo lo vi. A Abbadon no le importó porque Rău le gustaba, así que lo convirtió en su mano derecha esa misma noche y a mí en su segundo pocas semanas después.
―No tenía idea…
El vampiro clavó en ella unos ojos llenos de un tormento silencioso que había escondido durante siglos. No dijo nada, aunque tampoco le hizo falta.
―Lo siento mucho, Erke.
―Te lo agradezco… ―Bajó la mirada.
―Bien, pero no puedo hacer más.
―Claro que sí.
―No te entiendo.
―Nîga, tal y como dicen los errantes, llevo cerca de cuatro mil años esperando a mi pareja designada.
―No soy ni una errante ni tu pareja designada ―dijo ella con voz serena mientras, por dentro, miles de agujas parecían querer atravesarle las entrañas. No les prestó atención al suponer que sería por el frío, que estaba empezando a congelarla sin piedad.
―Es cierto, no eres una errante; pero sí una humana a la que le arrebataron la capacidad de elegir. Igual que a mí.
―Ya te lo he dicho. De eso hace demasiado tiempo.
―Y, aun así, no te has dado por vencida hasta conseguir tu ansiada libertad. ―Ella se mantuvo callada, mirándolo―. ¿De qué tratabas de huir todos estos años, Nîga?
―De ti… ―se le quebró la voz.
―Entonces, doy gracias de que no lo hayas conseguido.
Erke dio un paso hacia ella, pero Nîga levantó ambas manos para que se detuviera.
―Aquella noche te odié por no haber luchado por lo nuestro.
Por haberte rendido antes siquiera de saber lo que realmente sentía.
Sí, Rău me engañó y no fui capaz de verlo.
Lo peor llegó después, cuando me confesó que me amaba.
Lo rechacé con delicadeza, pero él no estaba dispuesto a aceptar un «no» por respuesta.
Sin darme tiempo a reaccionar, se abalanzó sobre mí y trató de forzarme.
―Nîga… ―susurró él con las pupilas dilatadas, que parecían dos brasas de puro rencor.
―Bêwestan me siguió. Pensaba que iba a huir de nuevo, así que convenció a Xwînxwar y Wêranker para impedírmelo ―añadió sin ningún tipo de inflexión en la voz, como si lo que estuviera contando lo hubiese vivido otra persona―.
Al oírme gritar, Xwîn apareció de la nada y lo estampó contra el suelo.
Wêr casi le atraviesa la garganta con su daga, pero él la detuvo.
Recuerdo que Bêw me abrazó un momento antes de lanzarse a su cuello.
―Debieron matarlo.
―Sabes que no podíamos. Helmet nos lo prohibió.
―Lo sé, Abbadon también nos ordenó no tocaros.
―La tregua.
―Sí, la maldita tregua.
―Al menos ellos le dieron una paliza monumental.
Yo no pude moverme. Pese a que los tres me animaron a destrozarle, me quedé allí como si el tiempo se hubiese detenido y me hubiera atrapado en una burbuja de la que me era imposible escapar.
Lo vi sangrar una y otra vez, sin embargo, no fui capaz de hacer nada.
Bêw le gritó a Xwîn que me llevara en brazos.
Tras irnos, me hicieron jurar que jamás volvería a ver a ninguno de los vuestros sin protección.
―Amor ―dijo, acercándose a ella en un suspiro y sosteniendo su rostro entre las manos―, si pudiera cambiar el pasado, te juro que empezaría por arrancarle el corazón a esa rata.
Pero no puedo, ni tampoco recuperar estos cuatro mil años que nos han separado.
Lo único que «puedo» hacer es decirte que nunca perdí la esperanza de recuperarte.
Nîga, jamás he dejado de amarte; y, si me dejas, trataré de demostrártelo.
―Erke, tú lo has dicho. Han pasado cuatro mil años.
―Como si hubiesen sido diez o cien mil ―susurró en sus labios―. Eso apenas ha supuesto un pestañeo en nuestra existencia. Aun así, aunque hayas dejado de amarme, te esperaré durante el resto de mi… «vida».
―¿Y si no puedo volver a amarte? ―contestó, cincelando con dolor cada palabra―. ¿Tratarás de retenerme o me pedirás que te obedezca como lo hiciste la última vez que nos vimos?
Él cerró los ojos un instante, recordando con vergüenza aquella conversación. Sin embargo, hacía mucho que había dejado de ser aquel vampiro. Había vivido y sobrevivido a demasiados horrores como para permitir que ella sintiera miedo o la obligación de estar a su lado.
Debía decírselo.
Debía confesarle que aquel Erke había muerto. Así que se acercó un poco más, tanto, que no hubo distancia entre sus cuerpos y sus alientos.
―Entiendo que creyeras en su palabra porque me comporté como un auténtico bastardo. Pero te aseguro que ya no soy ese «hombre».
―¿Hombre?
Él sonrió un instante antes de responder.
―Nací hombre y moriré vampiro, pero nadie podrá arrebatarme quién fui una vez y en quién decidí convertirme hace mucho.
―Yo… Yo no quiero repetir el pasado ―respondió angustiada, tratando de separarse.
Él captó su rechazo y apartó las manos de su rostro, aunque no se movió. Ella tampoco.