Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 14. SOMOS VAMPIROS
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14. SOMOS VAMPIROS

P asada la medianoche, Nîga se incorporó en la cama, incapaz de dormir.

Aunque se había alimentado de la sangre que le habían proporcionado los errantes, sentía que necesitaba algo más.

Tal vez estaba preocupada por Alana o porque iba a desatarse una guerra y no se vería obligada a formar parte mientras aquellos a los que había considerado su familia durante tanto tiempo podrían dejar de existir.

Por una cosa o por otra, puso los pies en el suelo y se vistió lo más rápido que pudo sin hacer ruido. No quería despertar a Leala.

Salió al fresco de la noche, que le impactó en la cara como una caricia bien recibida.

Saludó a los guerreros que se encontraban de guardia y los avisó de que iba a dirigirse al río.

Ellos aún tenían serias dudas sobre su permanencia en el campamento, pero Eirik había ordenado aceptar a los vampiros, que, a decir verdad, se habían adaptado bastante bien.

Ninguno se había quejado ni una sola vez, daba igual qué trabajos los obligaran a realizar.

De hecho, hacía días que la patrulla de los cuatro Ursu podía andar con libertad, aunque los errantes permanecían siempre atentos a sus movimientos por miedo a que los traicionaran a la menor ocasión.

Pese a todo, debían reconocer que su comportamiento hasta el momento era modélico, aunque eso no eliminaba los milenios que habían sido enemigos acérrimos.

Mientras Nîga desaparecía entre las tiendas, Erke se acercó a ellos como cada noche para darse un baño en el río.

―Buenas… ―los saludó.

Los errantes asintieron con seriedad y lo vieron tomar el mismo camino que la vampira.

―¿Crees que estos dos…? ―preguntó el uno al otro.

―Ni idea. Ni que me importara.

―¡Anda que a mí!

Erke sonrió al oírlos cuchichear. No sabía a quién se referían, pero tampoco se detuvo a averiguarlo.

Caminó con decisión hacia el río, se había aficionado a ir después de cada dura jornada a los que los sometían.

Los suyos eran los encargados de realizar las tareas más pesadas, pero las hacían con la mejor de sus sonrisas.

Allí la vida era un sueño en comparación con estar con los Ursu.

En realidad, no podía sentirse más agradecido con el rey por haberles concedido cierto grado de libertad, aunque los cuatro supieran que era una ilusión.

Por doquier, patrullas de guerreros los vigilaban.

Y le parecía la mejor decisión. Ninguno iba a cometer el error de hacer nada para estropear aquello, solo esperaban que Abbadon no notara demasiado su ausencia y los reclamara antes de tiempo.

Si eso ocurriera, no tendrían más remedio que pedirle a Eirik que los encerrara en sus celdas.

Eso era mejor que volver al lado de aquel loco sanguinario.

Apartó esos pensamientos y salió de la linde del bosque.

La medianoche se cernía sobre él como un velo de sombras entrelazadas.

La luna, que apenas era un fragmento pálido en el cielo sembrado de estrellas, filtraba su escasa luz entre las copas desnudas de los robles y los fresnos, proyectando siluetas caprichosas sobre el suelo cubierto de hojarasca.

El invierno se había retirado para dejar paso a la primavera, pero aún compartía su aliento helado en la brisa que serpenteaba entre los troncos y se colaba en los rincones donde la escarcha se resistía a morir.

Erke avanzó con calma a su lugar favorito.

Sus pasos apenas hacían crujir las hojas caídas.

El aroma a tierra mojada impregnaba el aire, denso y terroso, avivado con mimo por la humedad del reciente deshielo.

El agua, alimentada por la nieve derretida de las colinas lejanas, susurraba con una voz gélida mientras fluía sobre las piedras pulidas, reflejando destellos de color plata.

El bosque estaba vivo en su quietud. Un búho ululó no muy lejos, pero su canto quedó en un eco solitario que se apagó con el murmullo del río.

Unas ramas temblaron cuando un pequeño animal se deslizó entre los arbustos, ajeno a la silueta que se erguía junto a la orilla.

Erke respiró hondo, llenándose del aroma del agua y de la noche, sintiendo el cosquilleo del viento contra su rostro.

Desabrochó lentamente las hebillas de su chaqueta, dejando que la prenda resbalara por sus hombros con un movimiento fluido, hasta que se deslizó a sus pies con un susurro apenas perceptible.

La brisa besó su pálida piel, un contraste mínimo con el helor natural de su cuerpo.

Se desprendió del resto de su ropa y así, desnudo, se permitió un instante para disfrutar de la calma absoluta.

No fue la vulnerabilidad al sentirse expuesto lo que lo hizo avanzar, sino la agradable sensación cruda del aire frío recorriéndolo, como si un millar de agujas invisibles mordieran su carne.

Exhaló un suspiro y dio un paso hacia la orilla.

El primer contacto con el agua fue un puñal de hielo que le recorrió los tobillos, haciéndole estremecer.

La superficie se rompió en ondas temblorosas cuando avanzó de forma precavida, con sus pies tocando el lecho de piedras resbaladizas.

La corriente helada le subió por las piernas, envolviéndolas como fauces gélidas que se aferraban a su piel, devorando un palmo con cada paso que daba.

Cuando le llegó a la cintura, se detuvo.

Sus músculos se tensaron solo un poco por el impacto de la temperatura, pero su rostro no mostró signo alguno de incomodidad.

A su alrededor, la superficie era un espejo trémulo, reflejando su contorno como una sombra furtiva.

Cerró los ojos un instante, dejando que aquella agradable sensación se instalara en sus huesos.

Una vez más permitió que la noche lo arropara con su abrazo de tinieblas.

Luego, con un movimiento delicado, aunque inexorable, se sumergió por completo, entregándose a la negrura líquida.

En aquel momento, ella salió a la superficie, dejando que su larga melena pelirroja la golpeara en la espalda.

Le encantaba permanecer bajo el agua, permitiendo que la corriente amortiguara sus pensamientos y recuerdos.

Durante aquellos instantes que desaparecía del mundo volvía a ser Hawin, y sentirla de nuevo era algo a lo que ya se veía incapaz de renunciar.

Con el cuerpo laxo bocarriba, se dejó mecer con el suave flujo de las escasas ondas.

Miró cómo la luna menguante contaba su historia a través de las nubes.

No recordaba haber sentido tanta paz desde hacía mucho, hasta que una voz rompió el hechizo de calma en el que se había sumido.

―¿Nîga…? ―preguntó Erke, que acababa de emerger del fondo.

―¿¡Qué!? ―exclamó un poco asustada.

Acto seguido, se cubrió como pudo. En un parpadeo, se impulsó para ponerse en posición vertical y se sumergió hasta el cuello. Al reconocerlo, la expresión de sorpresa inicial en su rostro fue sustituida al momento por una de disgusto mal disimulado.

―¿Erke? ―soltó con un tono de repulsa―. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

―Lo mismo que tú, darme un baño.

―¿Sabe Eirik que has venido al río tú solo?

―¡Y yo qué sé! Parece que no te has enterado de que hace varios días nos concedió la libertad dentro del campamento. Por cierto, seis de sus guerreros nos están vigilando ahora mismo desde la otra orilla ―susurró para molestarla, aunque era verdad.

―¿Es que todos ellos me han visto desnuda? ―dijo subiendo el tono, muy enfadada.

―No, les he pedido que se vendaran los ojos para no mirarnos… ¡Pues claro que te han visto desnuda, igual que a mí! Pero dudo que les importe.

―Si tú lo dices ―dijo mientras calculaba cuánto tardaría en salir y vestirse.

―No te preocupes, yo te acercaré tus ropas.

―Muy amable por tu parte. ―Asintió para que lo hiciera.

―¿Qué?

―Pues que salgas a por mis ropas y me las des.

―No, todavía no. Me gustaría hablar contigo.

―¿Desnuda?

―¿Y? Como si no te hubiera visto nunca así.

―Ya, aunque de eso hace demasiado tiempo.

―Mira, lo siento. No sabía que ibas a bañarte en mitad de la noche, pero es un buen momento para pedirte disculpas.

―Ni es necesario ni me interesa ―le contestó de malos modos, indignada―. Y «mira» ―repitió con retintín―, este es mi momento privado. Me lo he ganado a pulso, así que vete y déjame disfrutarlo.

―No sabía que ibas a estar aquí, pero no desaprovecharé la oportunidad de hablar contigo a solas.

―Y dale… ¿Para qué quieres disculparte ahora, se puede saber? Nada de lo que digas va a cambiar lo que sucedió entre nosotros. Y te aseguro que me lo dejaste lo suficientemente claro hace…

―Tres mil novecientos noventa y tres años. Menes acababa de convertirse en el primer faraón.

―Ya sé quién fue ―lo cortó con un gesto tajante. No tenía ganas de oír unas excusas que llegaban demasiado tarde.

―De acuerdo, Nîga. Dime entonces qué ocurrió aquella noche. ¿Por qué no apareciste?

―¿Lo dices en serio?

―Sí, ¡claro que lo digo en serio! Llevo preguntándome desde ese maldito día qué demonios sucedió.

―Rău se presentó antes de que tú llegaras y me dijo que lo enviaba Bălan para acabar con lo nuestro. Éramos vampiros, pero enemigos, al fin y al cabo.

―Mi hermano no pudo darle esa orden a Rău, puesto que llevaba días recluido con Abbadon decidiendo una estrategia contra Helmet. Una de las muchas batallas de las que formó parte…

―¿Quieres decir que Rău se lo inventó? ―respondió, incrédula. Lo que le estaba contando no tenía ni pies ni cabeza.

―Él te deseaba, Nîga. Desde siempre. Mi hermano lo oyó cuando se lo confesaba a Sfert. Después, creyendo que Sfert lo había traicionado contándoselo a Bălan, el muy desgraciado no dudó en castigarlo y lo envió a una campaña a las afueras de Menfis.

―Esa es la excusa más simple que he oído nunca. ¿Todo por amor? ―dijo con un tono despectivo.

―Yo no he hablado de amor. Rău odiaba a mi hermano con todas sus fuerzas. Creo que la única manera que encontró para hacerle daño fue a través de mí. Como no podía ganarle en un enfrentamiento, supuso que se desestabilizaría viendo mi sufrimiento.