13. ERES UNA DESHONRA #3
Como siempre, Vidar había sido muy previsor y llevó consigo a cuatro Parêzvanan; más que suficientes para crear un campo de protección en el que estuvieran seguros y la Elegida pudiera contar con cierta intimidad.
Aprovecharon la orilla del río para refrescarse un poco. Después, hicieron una hoguera y varios de ellos regresaron enseguida con algunas piezas para asar. Borgervern se sentó con el líder Eide y comenzaron a recordar batallas pasadas.
Yngvar miró al que se había convertido en un gran amigo.
Este, en un momento dado, le guiñó un ojo y ladeó la cabeza hacia ella.
Si bien esa no era la situación idónea para cortejar a ninguna mujer, él sabía que no dispondría de otro lugar ni instante mejor que aquel para intentarlo.
De modo que se aproximó a la joven, que descansaba con la espalda apoyada en un inmenso roble.
Con un pellizco en las tripas, le hizo un gesto con las cejas mirando el hueco a su lado, pidiendo permiso para sentarse. Alana puso la mano en el lugar que él había señalado y le dio varios golpecitos. El guerrero no dudó y ocupó aquel sitio junto a ella.
―Debéis de estar agotada después de la enorme distancia que hemos recorrido ―dijo lo primero que se le ocurrió.
La Elegida sonrió solo un poco.
―¿Y vos?
―Los errantes no nos cansamos nunca ―afirmó con orgullo.
―El Creador tampoco.
Él abrió la boca para responder, pero acabó cerrándola y negando con la cabeza al darse cuenta de su error.
―Por supuesto que no. Mmm… ¿Y tenéis hambre? ―siguió en la línea de hacer preguntas obvias.
Yngvar se dio un coscorrón mental. Sabía que no debía perder aquella oportunidad de acercarse un poco más a ella en todos los sentidos, pero tampoco era cuestión de hacerlo diciendo cualquier estupidez.
Alana decidió echarle una mano y respondió con un tono dulce y desenfadado, pese a las circunstancias.
―Un poco. Lo cierto es que ha sido una larga jornada, pero lo habéis hecho muy bien.
―¿Qué queréis decir?
―Sois veloces, guerrero, aunque no necesitabais conteneros por temor a que me lastimara.
―Todos nos preocupamos por vos.
―Y yo os lo agradezco.
Un silencio llenó el espacio que ambos crearon al mirarse.
―¿No sabéis cuánto tardarán en regresar vuestro padre y hermano?
―Mi madre dijo que casi una semana. Apenas han pasado tres días, espero que nos dé tiempo a llegar.
Yngvar cogió una pequeña rama del suelo y comenzó a formar líneas inconexas en la tierra. Toda la entereza que había mostrado la noche anterior parecía haberlo abandonado al sentir que demasiados pares de ojos no les quitaban la vista de encima.
Cohibido ante aquel escrutinio por parte de los suyos, se quedó callado sin saber qué más decir.
―No debería ser tan complicado, ¿no crees, guerrero? ―dijo ella, acortando con su declaración y el tratamiento que empleó la enorme distancia que ahora parecía separarlos.
―Temo… importunaros ―admitió, completamente inmerso en el azul profundo de sus ojos.
―Yngvar, no me «importunas» ―aclaró ella, dejando los labios entreabiertos.
Él captó al instante la intención con la que había repetido sus palabras y le fue imposible retener una sonrisa.
―Es una buena noticia…, Alana.
―Lana ―corrigió―. Mi familia siempre me ha llamado de ese modo y creo que me gustaría que tú lo hicieras.
―Lana… ―susurró tan bajo que solo ella pudo oírlo―. Es un nombre precioso ―agregó, asintiendo de forma pausada.
―¿Qué…? ―preguntó curiosa al ver su expresión.
―Puedo luchar contra «No Muertos» y criaturas salidas del mismo infierno; sin embargo, me da la sensación de que soy incapaz de decirte una frase coherente.
―Bueno, esta última no ha estado nada mal.
Ella lo rozó levemente con su hombro, mostrando de aquella manera que estaba bromeando. Yngvar sintió que si no lo hacía en ese momento se arrepentiría durante el resto de su vida. Puede que después de aquello fuese derecho hacia la condenación, pero habría merecido la pena.
Dejó caer la rama y buscó la mano de Alana. Entrelazó sus dedos sin mirarla, puesto que sus ojos estaban clavados en el río, temiendo que lo rechazara. Pero ella no lo hizo, sino que se aferró al calor que desprendía su piel y apoyó la cabeza en su hombro.
Con aquel inocente gesto demostró ante todos que su decisión estaba tomada. Nadie, ni siquiera Eirik, le impediría compartir con Yngvar aquellos sentimientos que él había despertado en su corazón.
Vidar miró a su guerrero e hizo el ademán de ponerse en pie. Borgervern se lo impidió agarrándolo del antebrazo.
―Es la ley de nuestros ancestros, Borg.
―Amigo mío, ese tiempo quedó atrás. Ella lo ha elegido.
―Pero los manuscritos…
―Polvo que alimenta el pasado. No somos quienes han de impedir su destino, sino quienes debemos acompañarla.
Un escalofrío recorrió al de la casa Eide, que acabó asintiendo.
Los observó solo un instante más antes de prestar atención a la conversación de los suyos.
Borgervern se pasó la mano por la frente al darse cuenta de que sus palabras acababan de propiciar un nuevo camino.
Estaba seguro de que había sido Su aliento el que lo había inspirado a decir en voz alta lo que deseaba Alana, y no podía sentirse más complacido y feliz por su joven amigo.