13. ERES UNA DESHONRA #2
―Aun así, aunque sea mi propia vida la que tenga que entregar, lucharé por ÉL.
La vampira pestañeó varias veces sin entender qué hacía de pie junto a ella.
―¿Qué es lo que he dicho? ―preguntó confundida.
―Justo lo que tenía que oír.
Alana se acercó. Le dio un leve abrazo y la besó en la mejilla. Nîga se quedó paralizada al sentir aquel contacto, tan dulce y reconfortante como el cariño de una madre.
―¿Por qué has hecho eso?
―Porque te aprecio por la bellísima persona en la que te estás convirtiendo.
―No soy una persona, soy una «No Muerta». Una abominación.
―Te equivocas de pleno. Llevas arrepintiéndote de cuanto has hecho toda tu existencia. Estoy segura de que, si hubieses tenido otra opción, jamás hubieras obedecido.
―Eso es cierto.
―Entonces, permíteme sentir por ti lo que mereces.
Nîga no respondió porque las palabras se le agolparon en la garganta, pero afirmó para que Alana supiera que ella sentía lo mismo.
―He de irme ―dijo la Elegida, cogiendo el zurrón.
―Te acompaño.
―Iba a pedírtelo.
Salieron de la tienda con una sonrisa iluminando sus preciosos rostros. Las dudas de Alana acerca de su Destino habían sido borradas para siempre, y, por primera vez, sintió que había nacido para estar justo donde se encontraba.
Al llegar a la explanada principal, Eirik estaba concretando con Vidar la ruta que iban a tomar. Cerca de allí había un grupo de guerreros esperando. Entre ellos estaba Yngvar, que reía con uno de los errantes con el que parecía tener bastante familiaridad.
Nada más verla, el rey y el general se acercaron.
―Buenos días ―dijeron todos.
―Alana ―comenzó Eirik―, sé que traer a vuestro padre y hermano hasta aquí es vuestra prioridad; pero he de pediros que confiéis en las decisiones de Vidar.
―Os recuerdo que ambas hemos ido y vuelto del castillo de Athelstan sin ser descubiertas ―respondió ella empleando un tono que, sin pretenderlo, la hizo parecer soberbia.
―Elegida ―intervino Vidar―, no hay errante que no sepa que vos sola podríais vencernos a todos nosotros al mismo tiempo sin ayuda.
―No era mi intención ofenderos. Os pido disculpas ―se retractó.
―Entiendo que no es fácil esta situación para vos ―prosiguió el rey―, solo queremos protegeros.
―Lo sé, Eirik. Os lo agradezco. La impaciencia por traerlos sanos y salvos ha nublado un instante mi juicio. Vidar ―lo miró―, acataré lo que consideréis más adecuado.
―Os doy las gracias por confiar en mí, Elegida.
Alana inspiró un poco más fuerte. Ahí estaba de nuevo el aliento de Dios. Tanto Eirik como Vidar le habían pedido que confiara, así que aceptó de buen grado que ese era el camino que debía tomar.
―No, guerrero. Soy yo la que os da las gracias por dejar a un lado vuestras obligaciones para acompañarme.
Tras despedirse de su madre y de Nîga, se colocó entre Vidar e Yngvar.
Se sintió un poco abrumada al verse rodeada de aquellos enormes guerreros dispuestos a aniquilar a todo aquel que se le acercara.
Apenas les sobrepasaba el hombro, por lo que, durante un momento, se sintió pequeña a su lado.
Cerró los ojos y una fuerza arrolladora en su interior la hizo abrirlos de golpe.
Todavía le quedaba mucho que aprender, pero no le cabía duda de que era ella quien los protegía, no al revés.
Emprendieron la carrera a un ritmo lento. Los miró con una enorme sonrisa, entendiendo que todos estaban reteniéndose.
―Vidar, hemos de llegar a mi hogar antes del atardecer de mañana. No temáis y acelerad el paso.
―Como ordenéis.
Él elevó el brazo y el grupo triplicó la velocidad.
Para ella, todavía iban muy despacio, pero jamás se atrevería a decirlo.
Yngvar se colocó a su lado, un poco más cerca de lo debido.
Alana no se apartó, sino que lo miró complacida y dejó que una sonrisa fugaz asomara en su rostro.
Aquel gesto atravesó el corazón del guerrero, que se encontraba peligrosamente cerca de cruzar la línea.
Abbadon entró en la tienda principal mostrando una mueca de satisfacción después de haberse pasado toda la noche alimentándose y yaciendo con cuanto humano le había apetecido.
El ambiente estaba cargado de un fuerte olor a sangre y sudor, que le resultó de lo más atrayente.
Rău aún estaba suspendido de aquel artefacto infernal.
Su piel se desgarraba y volvía a unirse donde los ganchos la atravesaban.
Un castigo bastante leve para lo que hubiera merecido, pero el líder no quería deshacerse de él.
Y sabía que, tras aquella humillación, el general jamás volvería a cometer un desliz semejante.
Se acercó hasta él con parsimonia, recreándose en cada paso a fin de alargar un poco más su agonía. Chasqueó la lengua y le giró la cara con brusquedad para que lo mirara a los ojos. Al menos no se había quejado, y eso era un punto a su favor.
―¿Has aprendido la lección? ―le preguntó casi rozando su nariz con la del prisionero.
Rău no respondió con palabras, sino que asintió una vez. Abbadon le había ordenado la noche anterior que no emitiera ninguna queja, pero se guardó especificar si podía responder. Ante la duda, y conociéndolo, prefirió esperar a que se lo permitiera.
―Muy listo. Puedes… hablar.
―Señor, os agradezco que me hayáis instruido para aprender de mi error. Jamás volverá a repetirse.
―Sabias palabras. ―Miró a uno de sus guerreros e hizo un gesto con la mano―. Soltadlo.
Aquella orden sonó a oídos de Rău como si le hubiera concedido el mayor de los honores. Sin molestarse en perder el tiempo en sacar aquellos terribles garfios de su carne, los vampiros tiraron con fuerza hacia arriba, abriéndole las incisiones por completo.
El general cayó al suelo de golpe. Tratando de no mostrar debilidad, se giró hacia un lado y apoyó las manos para incorporarse.
Las heridas gotearon de forma incesante hasta que, poco a poco, comenzaron a sanar.
A duras penas, logró poner un pie en el suelo.
Después, el otro. Tambaleándose, se acercó con la cabeza gacha al trono, donde Abbadon estaba sentado.
Sus ojos desprendían una leve llama de complacencia al ver que él había aceptado su lugar.
―Señor ―dijo sin mirarlo.
―Debería destituirte, lo sabes bien; pero te necesito para la guerra.
Rău se inclinó un poco más, demostrando así su sumisión. Su patético intento de mantenerse erguido satisfizo al Ursu.
―Mi honor es serviros, señor ―agregó con más devoción si cabía.
―Lo sé, pero así no vales para nada. Sacadlo de mi vista. Que se bañe y alimente ―ordenó a los guerreros. Después, se dirigió a él con un tono severo―. Cuando estés saciado en todos los sentidos, regresa. Partiremos antes de que anochezca.
―Sí, señor.
Los vampiros que lo habían liberado lo acompañaron a su tienda. Debía recuperarse rápidamente para servir a su amo, y, en su locura, estaba dispuesto a hacerlo hasta las últimas consecuencias.
El grupo de errantes, junto a Alana, avanzó hasta bien entrada la noche. Ninguno de aquellos valientes guerreros se atrevió a decir en voz alta el asombro que sentía al comprobar que ella no mostraba ni el más mínimo cansancio. Ellos tampoco, pero estaban acostumbrados a tales distancias.