13. ERES UNA DESHONRA
L a noche se cernió sobre el campamento de la casa Ursu como un sudario de sombras.
El aire olía a sangre seca, sexo y fuego, una mezcla nauseabunda que alimentaba aquel hedor que parecía no querer disiparse, pese al viento frío que azotaba sin descanso cada rincón.
Las antorchas que bordeaban la tienda principal apenas iluminaban el ambiente enrarecido, saturado en exceso por el aroma ferroso y la ira contenida.
En su interior, Abbadon aguardaba sentado en un trono hecho de osamentas.
Su silueta imponente se alzaba como la de un antiguo dios cruel y olvidado.
La estampa tétrica que representaba era una declaración de intenciones, una muestra de poder absoluto.
Sus afilados dedos tamborileaban contra la calavera de algún desafortunado que había osado desobedecerle en tiempos pasados.
Su mirada fría e impasible se fijó en la figura que varios de sus vampiros arrastraron hasta sus pies: Rău.
―Mi primer general, el gran Rău. ¿Sabes qué es peor que la incompetencia? ―murmuró Abbadon con una voz grave, teñida de veneno y promesas de más dolor.
Los guardias lo soltaron sin cuidado. Él se desplomó sobre el irregular suelo de tierra.
Los contornos de sus muñecas, marcados por los grilletes que aún llevaba, mostraban heridas sangrantes recubiertas de sal.
En su delirio, su amo había inventado tal atrocidad para impedir que se le regeneraran rápido.
Rău, avergonzado por lo ocurrido en el castillo, levantó la cabeza con esfuerzo, pero no pudo sostenerle la mirada.
―Señor… ―dijo, bajando la vista a sus pies.
―«Peor» que la incompetencia… ―continuó Abbadon, recalcando cada palabra mientras se ponía en pie con una lentitud escalofriante― es la debilidad.
¿Cómo pudiste dejar que te atrapara? ―vociferó, avanzando hacia él―.
¿Cómo pudiste permitir que nuestros enemigos vieran tu vergüenza?
―agregó, cogiéndolo de sus ropas raídas con una mano y levantándolo un palmo del suelo.
El general tragó saliva, sintiendo con agonía el peso de su error. Pero no respondió. El líder Ursu lo dejó en el suelo y se acercó aún más a su rostro. Aquel gesto provocó que su aliento helado, impregnado de la esencia de la misma muerte, quedara sellado en la piel de Rău.
―Respóndeme, ¡escoria! ―gruñó.
Él apenas abrió la boca cuando un golpe brutal lo hizo caer de lado. Abbadon, colocó una bota en su cabeza para aplastársela contra el suelo. Un crujido reveló que algo se había roto en su cráneo. Levantó el pie y los huesos comenzaron a unirse dolorosamente.
―¿Es que crees que puedes dirigirte a mí? ―escupió ido―. ¡No tienes derecho a abrir la boca, solo a sufrir hasta que me canse!
Con un chasquido de dedos, los guardias trajeron una estructura macabra con cadenas y ganchos de hierro.
Rău la reconoció al instante. La mesa de la agonía.
Sabía que nadie que había sido atado a ella volvía a levantarse siendo el mismo.
Lo había visto infinitas veces, tantas como castigos él mismo había infligido a los que desobedecían sus órdenes.
Abbadon sonrió, sintiendo la excitación por la anticipación del tormento al que lo iba a someter.
―¡Desnudadlo! ―rugió el gran torturador.
―¡No! Señor, ¡os pido piedad! ―lloriqueó.
Los jirones de ropa le fueron arrancados con brutalidad. Los ganchos penetraron su carne en los hombros, en el vientre, en los muslos. Lo elevaron en el aire. Cada tirón desgarró piel y músculo, mientras la sangre caía en espesas gotas al suelo.
Abbadon tomó un cuchillo largo y curvado. Su hoja era tan sombría como el presagio de una gran desgracia.
―Voy a abrirte en canal ―masculló―. Cada uno de mis guerreros verá lo que ocurre con los débiles que me avergüenzan. Eres una deshonra. Ahora bien, si quieres que mi perdón llegue mucho antes de lo que mereces, no sueltes ni un lamento. ¡Así es como se comporta un Ursu!
Con un movimiento certero, hundió lo justo la hoja en su abdomen y la arrastró hacia arriba, partiéndolo como si fuera un animal en un matadero.
La herida era terrible, pero no lo suficientemente profunda.
No deseaba acabar con su existencia, sino aleccionarlo.
Abbadon sabía muy bien hasta dónde podía llegar para que el desgraciado que ocupaba ese lugar pudiese aguantar jornadas interminables.
Rău abrió los ojos de golpe y dejó escapar un leve jadeo. Su cuerpo convulsionó por el dolor inhumano que acababa de atravesarle, aunque no se quejó.
El líder enseñó los colmillos, mostrando su agrado al ver que aguantaba el primer embate. El general había cumplido su orden, y eso le satisfizo un instante; aunque todavía no había acabado con él.
―No está mal, pero fíjate cómo tu propia sangre te traiciona ―se burló.
Lo miró con desprecio y, sin mediar palabra, metió la mano en la herida abierta.
Con extrema lentitud y habilidad, le arrancó un trozo de sus entrañas ennegrecidas.
Levantó las vísceras ante sus ojos, disfrutando del terror en el rostro de su primero y de la agonía que, con seguridad, estaría pasando.
―¿Duele? ―preguntó con fingida ternura―. Bien, mejor que duela. Esta lección debe grabarse en tu carne y en tu mente.
Abbadon se inclinó a la altura de su oído. El tono que empleó sonó como una caricia sedosa, aunque iba cargada de veneno.
―Porque la próxima vez, Rău…, no quedará nada de ti que pueda torturar. ¿Entendido?
Él apretó la mandíbula, aguantando el sufrimiento al que su amo lo estaba sometiendo. Con la mirada fija en sus sádicos ojos, asintió mientras notaba cómo su carne desgarrada volvía a unirse y comenzaba a recuperarse lentamente.
Su señor pasó la mano ensangrentada por uno de los ganchos que lo mantenían sujeto y tiró de él con fuerza.
El prisionero sintió aquel movimiento como un latigazo por el brazo y el hombro, que se trasladó con rapidez a todo el pecho.
Rău lo miró con la esperanza de que aquel gesto fuese el preludio antes de soltarlo; sin embargo, Abbadon se limitó a darse la vuelta.
―Dejadlo ahí esta noche. Servirá de escarmiento a todos, y así tendrá tiempo suficiente para pensar cuál es el precio del fracaso.
Al amanecer, Alana se despertó con una inquietud que no recordaba haber experimentado nunca.
Se vistió a toda prisa y apenas tocó el desayuno, incapaz de ingerir un solo bocado.
Nîga, aún sentada a la mesa, la observaba en silencio mientras Leala le insistía en que tuviera muchísimo cuidado y que no se separara de los guerreros que iban a acompañarla.
Descentrada por su verborrea, le rogó que la dejara un momento a solas con la vampira porque necesitaba concretar algo con ella.
En cuanto la anterior Portadora salió de la tienda, Alana suspiró.
Se notaba nerviosa, preocupada. Una vez más, el peso de la responsabilidad recaía en su persona, haciéndole pensar si estaría a la altura de lo que se esperaba de ella.
Ni antes ni después de su transición como Elegida se había sentido de aquella manera. Entonces, ¿qué le ocurría?
―Estás a punto de salir corriendo ―dijo Nîga con una sonrisa enigmática en sus labios.
―¿Yo? Sí, claro. Vamos a volver a mi hogar a…
―No hace falta que disimules conmigo.
―No sé a qué te refieres.
―A un errante de cabello moreno, ojos peligrosos y aspecto de gigante a punto de derribar un castillo.
―¿Ojos peligrosos? ―sonrió por aquel comentario, el resto lo aceptó de buen grado.
―Alana, estás nerviosa porque vas a compartir camino y tal vez mucho más con él. Lo que no comprendo, y me causa mucha curiosidad, es por qué no te besó anoche.
La inglesa la miró, conociendo de sobra el motivo.
―No era el momento. No, después de hablar de Alistair. Aunque sí que vi la sombra de la duda un instante en sus ojos. Deseaba hacerlo, pero no con el espectro de él todavía rondando entre nosotros.
―¿Crees que fue por eso?
―Estoy convencida, y se lo agradezco. No estaba preparada y, de alguna manera, él lo supo. Este pueblo es muy distinto a lo que los vuestros pensabais…
―¿Y tú no pensabas igual? ―la interrumpió la Drăgoi un poco molesta por aquel reproche.
―Yo no tenía idea de su existencia, Nîga.
―Es cierto. ―Suspiró sin darse cuenta.
―Yngvar se debate entre la razón y el corazón. Su deber como guerrero es luchar a mi lado y proteger con su vida la mía si fuera necesario. Enamorarse de mí es algo que tienen prohibido todos ellos.
―¿Por qué? ―preguntó, echándose hacia delante en la silla.
―Aún no lo sé. No es algo que pueda preguntar a Eirik sin tener la seguridad de que él…
―¿Y qué más necesitas?
―Nîga, no quiero equivocarme de nuevo.
―No creo que ÉL te dejara.
Alana se detuvo un momento al entender que se refería a la sangre de Cristo que corría por sus venas. Con pesar, respondió:
―Pues lo hizo. No recibí ningún consejo o restricción a la hora de actuar, sino que me permitió tomar mis propias decisiones.
―Te regaló el libre albedrío.
―¿Y de qué me ha servido? Ahora he de luchar contra Su Ángel Caído y tengo el peso de las vidas de todos sobre mis hombros.
―Y no creo que haya existido nunca nadie que pudiera llevar a su ejército a la victoria mejor que tú.
―Nîga, ¡yo solo soy una muchacha cualquiera!
―Ni lo insinúes siquiera. Tú formas parte de la estirpe de los justos. De los que jamás se han rendido o hincado una rodilla cediendo a sus susurros. Eres la encarnación misma de los que han elegido durante siglos el Bien por encima de todo.
―Yo no creo ser merecedora de ello.
―Pues lo eres con creces ―dijo poniéndose en pie, sujetándola con suavidad de los hombros―. Si ni siquiera la ponzoña de Mørket ha podido corromper tu corazón, ¿todavía tienes dudas de que ÉL se equivocara al elegirte?
―Es Su fuerza la que me guía.
―Es tu alma la que aceptó Su mano sin pensárselo para sacrificarse.
Los ojos de Alana se empañaron. A través de Nîga estaba recibiendo un mensaje: debía confiar.
―Ganaremos ―aseguró la Drăgoi.
―Así es, pero no sin perder lo que más queremos.