Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 12. NO ME HAGAS CONTARLO #2
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12. NO ME HAGAS CONTARLO #2

―Sí, lo que le convenció fue oírme hablar de los humanos como si yo no me considerara una.

Y es que creo que, de alguna manera, había dejado de serlo.

Le expuse una vez más mis razones y se apiadó de mí.

Los tres me respetaron y me trataron como a una más.

Días más tarde, al despertar, me quedé maravillada al ver que todas mis cicatrices habían desaparecido.

Ya no eran visibles en mi piel, pero estaban grabadas a fuego en mi alma.

Dos lunas más tarde, atacamos el pueblo donde te encontramos.

Nada más verte, pensó que serías una buena compañera para mí y decidió convertirte.

Esa es mi historia. ¿Comprendes por qué no quería contártela?

Ahora conoces mi debilidad, y no puedo soportarlo.

―¿Debilidad? ―dijo, arrodillándose y cogiéndole ambas manos.

―Me rompí ante ellos.

―Jamás he conocido a nadie más fuerte que tú, Wêr. Eres una superviviente. Una luchadora. Nunca ―la cogió de las mejillas―, escúchame con atención, nunca te juzgaré por tratar de sobrevivir. Lo hiciste lo mejor que pudiste, y es de admiración que no enloquecieras.

―Pero así fue. Intenté suicidarme muchas veces, pero ellos me salvaban para poder seguir abusando de mí.

―¿Y no tuviste…? ¿No quedaste en cinta?

―No. Nunca. Supongo que me causaron un daño irreparable, y me alegro de ello porque no habría soportado que los hubieran esclavizado como a mí.

―Siento que no pudieras vengarte de ninguno ―agregó Bêw, volviendo a cogerla de las manos.

―Algunos de ellos aún seguían con vida después de transformarme. Estaban muy malheridos y me rogaron que los ayudara. Quemé a todos los hombres que aún respiraban.

―¿Y las mujeres y niños?

Wêr negó despacio.

―Ya…

―Somos lo que somos, Bêwestan.

―Eso es cierto. Gracias por haber compartido conmigo quién eres.

―Supongo que debo decir lo mismo.

―No, si no te importa.

Ella se quedó un instante pensando y bajó la mirada a sus manos. No se había dado cuenta de que se aferraba a Bêw. Levantó la vista y la fijó en aquella que la había escuchado sin juzgarla ni una vez.

―Sí que me importa. Gracias ―susurró para que solo ella pudiera oírla.

―Se acercan ―dijo Bêw, poniéndose en pie.

Ambas sonrieron. Habían compartido sus secretos en un momento que ninguna de ellas pudo decidir si fue por esa debilidad de la que huía tanto Wêranker o la necesidad de conectar por la que rogaba Bêwestan.

La joven volvió a la chimenea y apoyó la mano en la repisa justo cuando Xwînxwar abría la puerta y Helmet entraba.

―Bien, por ahora, Youngblood no es un problema; pero mantenlo vigilado ―dijo el líder Drăgoi a su primer general. Él asintió.

―¿Se sabe por qué Athelstan dejó marchar a Rău? ―preguntó Wêr, que se mostraba tan fría como siempre.

Su señor les contó a las dos las razones del rey. A ninguna le pareció un argumento de peso; con todo, no se detuvieron a analizar su insensatez por haber desperdiciado una ventaja inestimable.

Helmet, se acercó a la mesa de roble macizo y apoyó ambas manos.

Su figura alta y delgada quedó aún más marcada a la luz de las velas y las sombras que proporcionaban las llamas.

Su rostro parecía un poco menos pálido al sentirse pletórico por haber conseguido ganarle un pulso a Abbadon.

Fijó sus oscuros ojos como pozos sin fondo en el mapa que antes había desplegado.

Con la esperanza de comenzar esa guerra contra su hermano, había marcado con carbón un trazo que indicaba un destino peligroso pero necesario: las costas de Éire.

Unas tierras envueltas en mitos y terrores.

Todos ciertos. Por ello, estaba deseando que los suyos dieran con los responsables de que pocos se atrevieran a adentrarse en aquella isla.

Resiguiendo con el dedo la línea dibujada, se dirigió a una de sus generales en concreto.

―Bêwestan, he de pedirte un enorme favor.

Los tres intercambiaron miradas. Helmet jamás había solicitado nada, solo ordenado con la convicción de que su palabra se cumpliría. Ella se apartó de la chimenea y se estiró la chaqueta de cuero, ajustada a la perfección para permitir movilidad.

―Por supuesto.

―Bien, acercaos. ―Hizo un gesto con la mano para que los tres se aproximaran a la mesa.

Ella se colocó a su lado. Su cabello, en esta ocasión recogido en una trenza larga, brilló bajo la luz. Se inclinó ligeramente ante él, quien repitió con insistencia el movimiento para que se acercara un poco más.

―Bêw ―comenzó con la impaciencia del que ve que puede lograr lo que tanto ha deseado. Su voz grave resonó en la habitación―. Por lo que voy a pedirte ―dijo mirándola―, necesito de ti mucho más que lealtad.

Ella alzó la cabeza. Sus ojos solo mostraban determinación, aunque también curiosidad.

―Sabes que mi vida es tuya, Helmet. Ordena y obedeceré.

Él asintió satisfecho y deslizó una mano sobre el mapa.

―Todos sabemos que solo con el ejército inglés, el normando y el nuestro no contaremos con las tropas suficientes si mi padre le cede a Abbadon los demonios que comanda Xerab.

―¿Crees que Mørket sería capaz de…? ―preguntó Xwîn.

―Espero que no, aunque no podemos estar seguros. Por eso, Bêw, voy a encomendarte una misión que odiarás; pero que es vital para tener una posibilidad real contra ellos.

―Me tienes en ascuas ―admitió.

―A todos ―agregó Wêr.

―Tu misión es encontrar a los skyggene en… Éire.

―¿Cómo se te ocurre pedirme eso? Sabes lo que Dorek me hizo.

―Sí. Por eso mismo. Solo tú puedes conseguir que él se implique.

―¿Qué te hace pensar que no me matará en cuanto me vea?

―Estoy seguro de que no lo hará. Te «aprecia» demasiado.

―Dirás que le encantaría volver a someterme.

―Es una forma de verlo. Bêw, son los únicos que poseen el don de desvanecerse como sombras en la noche.

―¡Son una maldita raza mitad humanos, mitad seres del abismo! ―respondió ella indignada.

―De acuerdo, son peligrosos. Pero su profundo conocimiento de la tierra y sus muchas habilidades podrían cambiar el curso de esta guerra.