Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 12. NO ME HAGAS CONTARLO
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12. NO ME HAGAS CONTARLO

W êranker y Bêwestan entraron en la habitación de Helmet sin haber hablado durante el camino.

La calidez que desprendía el fuego reconfortó a la joven Bêw, que aún no comprendía por qué la otra era tan arisca e inalcanzable después de todo el tiempo que llevaban luchando codo con codo.

Sin prestar atención a la que la estaba observando con extraña curiosidad, avivó las brasas y echó un tronco enorme para que el calor de las llamas impactara sobre su piel.

Se sentó en el suelo y estiró las manos, dejando que aquella tibieza la acompañara hasta que su señor se decidiera a aparecer.

―Siempre me ha sorprendido tu obsesión por calentarte ―dijo Wêr a su espalda, sentada en la cama.

―Y a mí por qué te gusta azotar a tus amantes ―respondió con media sonrisa.

―No voy a contarte lo que me ocurrió.

―Lo sé.

―Entonces, ¿por qué insistes?

Ella se giró para mirarla un instante. Clavó sus inmensos ojos azules en los oscuros de su compañera y esperó.

Su silencio no impresionó a Wêranker; sin embargo, sí le soltó un poco la lengua.

―No me apetece recordarlo ―agregó.

―¿Quieres saber por qué me gusta sentarme junto al fuego?

―En realidad…

―En realidad, sí ―la interrumpió Bêwestan―. No mientas.

―¿Crees que miento?

―Todo el tiempo, al igual que yo. ―El brillo rosado en sus ojos la delató―. Lo que no comprendo es por qué demonios me siento diferente. Desde que llegamos a estas tierras, no soy yo misma. Esperaba que a ti te sucediera algo parecido.

Wêr se quedó en silencio sopesando la importancia de sus palabras. Lo cierto era que no iba desencaminada; puesto que, desde hacía semanas, se notaba algo distinta. Incluso pudo confesarle a Xwînxwar que lo amaba y había hecho el amor con él sin castigos de por medio.

―¿Sospechas de algo? ―acabó preguntándole.

―No ―agregó Bêw, elevando los hombros―, pero Helmet jamás había dejado escapar a Nîga. Incluso nos dio la oportunidad de ser libres.

―Eso ya lo sé. ¿A dónde quieres llegar?

―Esa muchacha… La que se desposó con el heredero.

―¿Sí?

―Ella le ha devuelto sus recuerdos. ¿Qué puede ser? ¿Una bruja? ¿Una errante con dones que no conocemos?

―Si fuera errante, lo habríamos percibido.

Bêw bajó la mirada y asintió, dándole la razón.

―¿Qué ocurre aquí, Wêr? ¿Por qué antes disfrutaba con los castigos a Nîga y ahora me pensaría dos veces provocarle daño?

―No te entiendo. ¡Si la encerraste con esa chica y le exigiste a Helmet que le diera un escarmiento!

―Lo sé, aunque ahora creo que… ―Se detuvo.

―¿Qué? ―preguntó, incapaz de quedarse sin saber qué pensaba.

―Me siento más cerca de la que fui antes de que él…

―No lo digas.

Bêwestan levantó la cabeza y volvió a fijar la mirada en Wêranker.

―¿Lo sientes…? ―dijo sobrecogida. Ante su silencio, repitió―: ¡Lo sientes! ―agregó con firmeza.

―Sí, y lo detesto.

―¿Por qué? ―susurró la más joven.

―Porque eso me acerca más a ella.

―¿A quién?

―No me hagas contarlo, Bêw ―musitó con los ojos enrojecidos.

Aquel acto de debilidad en Wêranker hizo que Bêw se pusiera en pie. Al llegar a su lado, se sentó en el suelo, a sus pies.

―Nunca he dicho que no quisiera una amiga ―reconoció Bêwestan, poniéndole una mano sobre la rodilla.

Sin más, le contó cuanto le había sucedido de joven y cómo se vengó de su violador cuando fue convertida en vampiro. Wêr le dirigió una mirada incrédula. Su expresión era reflejo de su desconcierto.

―¿Y no te bebiste su sangre? ―preguntó, pasándose de forma instintiva la lengua por los labios.

―No. Pensar en tener algo de él me repugnaba tanto que solo me quedé allí observando cómo se ahogaba con sus propios estertores. Jamás he sentido algo más satisfactorio.

―Te entiendo.

―Todos tenemos un pasado terrible. Ninguno de nosotros se transformó en esto por gusto.

―Yo sí.

―¿Cómo dices?

―Yo… yo le rogué a Helmet que me transformara.

―¿Por qué?

―No vas a dejarme en paz hasta que te lo cuente, ¿verdad?

―Quiero conocerte, Wêr. Podré confiar en ti cuando compartas conmigo lo que tienes ahí dentro ―dijo, posando el dedo índice a la altura de su corazón.

―Ahí no encontrarás nada. Te lo aseguro.

―Tal vez no, pero deja que yo decida.

La tercera de Helmet asintió ante el asombro de Bêw.

Había contenido la avalancha de sentimientos durante miles de años; sin embargo, aquella noche, después de ver la transmutación de Youngblood y observar a Xwîn, se había dado cuenta de que su existencia comenzaba a pesarle.

Tal vez si liberaba los recuerdos que había escondido para no sufrir y los compartía con ella, puede que dejaran de martillearle la cabeza. Aunque solo fuese un poco.

―Nací en el norte, cerca de unas montañas nevadas.

Mi aldea era muy pobre. Mi familia, aún lo era más.

Un día, no sé cuándo, pasaron unos hombres a caballo.

Jamás habíamos visto a nadie montar a los animales.

Lo hacían a pelo, y eran muy diestros. Uno de ellos, el jefe, buscaba hembras como si fueran ganado.

Ofreció una docena de ovejas, otras tantas pieles y algunas lanzas.

Para los míos, aquello era una oportunidad demasiado jugosa, y no la dejaron escapar.

Eligieron a una hija de cada familia por una oveja y un par de pieles.

Mi padre no dudó en entregarme a ese monstruo, pese a la negativa de mi madre.

Mis hermanos mayores ni se inmutaron. Que me marchara suponía una boca menos que alimentar…

Wêr se detuvo. Lo que venía a continuación era lo que la había convertido en lo que conocían todos. Compartirlo con Bêw lo hacía más real, y no sabía qué iba a pensar de ella en cuanto supiera la verdad.

―Nada de lo que digas hará que te juzgue o valore menos. Sigue, por favor ―pidió Bêwestan con el alma en vilo.

―Espera a que te cuente el resto. Puede que entonces no opines del mismo modo.

La joven vampira asintió, dándole ánimos para proseguir.

―En cuanto nos llevaron a sus tierras, nos repartieron.

El jefe se había encaprichado de mí, así que me violó nada más entrar en su tienda.

Las otras chicas corrieron la misma suerte.

Me destrozó, pero no le importó. Aquella noche, mientras dormía y roncaba como un animal, me hice con su daga.

Le corté la garganta y le tapé la boca con mi cuerpo.

Cuando dejó de moverse, me arrastré por debajo del trozo de lona más suelto.

Corrí todo lo que pude para llegar al bosque.

No era demasiado frondoso, pero era cuanto tenía a mi alcance.

No se enteraron de lo que había pasado hasta el amanecer.

Yo creía que había logrado alejarme lo suficiente…

Bêwestan, angustiada por lo que iba a oír, le cogió una mano. No supo por qué lo hizo, ni tampoco se detuvo a pensarlo. Wêr se sintió soliviantada por ese contacto; no obstante, lo que vio en su mirada la empujó a no apartarla.

Carraspeó por la incomodidad de sentirse el centro de atención. Aun así, no se detuvo.

―Enloquecidos, me persiguieron. Eran excelentes rastreadores, así que dieron conmigo poco después del mediodía.

Me ataron las manos y me llevaron a rastras de vuelta.

El que ahora se había autoproclamado líder me dejó atada en una cueva cercana.

El frío me calaba los huesos, pero eso era lo de menos.

Cada día, dos o tres de ellos me… ―decidió no decirlo en voz alta―.

Al terminar, me daban varios latigazos. Cuando estaba a punto de desangrarme, se detenían.

Me alimentaban, me curaban y volvían a empezar. Luna tras luna.

―Wêr… ―susurró sobrecogida, apretándole la mano.

―Olvidé quién era y me encerré en mí misma.

Poco a poco, comenzó a crecer en mí otra persona más fuerte.

Alguien que me protegía y abrazaba el dolor.

Una mujer que empezó a disfrutar de él y que se obligó a amarlo.

Lo hice hasta tal punto que ya no pude deshacerme de esa sensación.

Cuando Helmet apareció con Xwînxwar y Qiloçker, solo pretendían alimentarse.

Los que allí encontraron le parecieron demasiado débiles y no les servían para sus propósitos.

Tras acabar con todos, vieron cómo uno escapaba hacia las cuevas.

Helmet lo siguió. No me vio hasta que le despedazó la garganta.

Entonces, me descubrió. Iba medio desnuda, pero lo enfrenté subiendo el mentón.

Aquella respuesta le hizo gracia. Una hembra humana desvalida que le plantaba cara, incluso estando atada y destruida.

―¿Y cómo le pediste…?

―Iba a matarme, lo vi en sus ojos. Le dije que, si me protegía, le sería fiel hasta la muerte.

Él formó esa sonrisa que ambas conocemos, pero no avanzó hacia mí.

De pronto, Xwîn y Qil aparecieron como dos exhalaciones.

Me caí de la impresión al verlos. Eran enormes, salvajes…

Los tres tenían los ojos rojizos y de sus bocas caían hilos de sangre.

Lo que más me impactó fueron sus colmillos.

En ese momento, supe que iba a morir. Entonces, la Wêranker que conoces se abrió camino.

Me puse en pie y le pregunté quiénes eran sin mostrar un atisbo de debilidad.

No sé por qué Helmet me lo contó. Mucho después me confesó que lo hizo porque pensaba acabar conmigo.

Al saber la verdad, me hinqué de rodillas y le rogué que me convirtiera en uno de ellos.

No quería que ningún «humano» volviera a tocarme.

―¿Eso le dijiste?