11. VIDA ETERNA #3
Con esas palabras, le dejó claro que aquello no estaba en sus planes; aunque él ya no era dueño de sus actos y podría verse forzado en cualquier momento.
Youngblood asintió. Acto seguido, su rostro se ensombreció.
―¿Dónde está Rău? Quiero arrancarle el corazón y hacérselo tragar ―dijo, pasándose la lengua por los dientes superiores. Como si sintiera que algo le estuviera exigiendo una orden que no comprendía.
Helmet miró a Athelstan, que cerró los ojos en señal de que aceptaba lo que iba a pasar a continuación.
―Capitán ―comenzó el líder Drăgoi―. Comprendo que deseéis vengaros, pero antes debéis aplacar la sed.
―No os entiendo, ¿qué sed? ―añadió como si hubiera olvidado la transformación de Alistair. Se pasó de nuevo la lengua por los colmillos, que ya comenzaban a dejarse ver.
―Sois un vampiro. Necesitáis beber sangre para completar la transición.
―¿Queréis decir que, si no lo hago, moriré? ―preguntó en cierta manera esperanzado.
―No, no moriréis. Solo acabaréis volviéndoos loco y peligroso. Beberéis sin control, matando a vuestro paso a cualquier hombre, mujer o niño sin pararos a pensarlo. Pero, cuando volváis en vos, os odiaréis por haberlo hecho. Creedme, Youngblood, es mejor a nuestra manera.
―¿No hay escapatoria?
―Siempre podemos acabar con vuestra existencia, aunque dudo mucho que esa sea una opción que os resulte… atractiva ―bromeó Helmet.
―No tiene gracia ―expresó Landon con voz severa.
―Desde luego que no ―replicó el vampiro con un tono que no admitía discusión―. Sobre todo, porque ahora pertenecéis al bando enemigo.
―¿Enemigo? No os entiendo.
―Hay mucho que no sabes aún, Landon ―intervino Athelstan―. Primero, aliméntate. Cuando hayas acabado, te contaré todo lo que ha sucedido con Abbadon mientras estabas a punto de morir.
Sin dilación, el rey abrió la puerta y pidió que fueran dos sirvientes con varias bandejas de comida. Nada más entrar los muchachos en la alcoba, Helmet los sometió y después se dirigió a Alistair.
―Es vuestro pupilo, debéis enseñarle a parar.
―No sé si podré.
―Yo estaré a vuestro lado ―le aseguró el Drăgoi.
Mientras Youngblood hundía los colmillos en la tierna carne de aquel joven, de forma inevitable, Xwînxwar, Wêranker y Bêwestan regresaron al momento en que hicieron lo mismo por primera vez. La transición no era fácil, y detenerse a tiempo tampoco.
En cuanto terminó de saciarse con el segundo, Landon lamió las incisiones tal y como le había dicho el príncipe.
Tras varios intentos, logró someterlos. También, aprendió a liberarlos ante la atenta mirada del rey y Hereward, quien se estaba arrepintiendo al haber condenado a su mejor amigo a una vida tan rastrera.
Tras marcharse los sirvientes, Alistair se acercó a Landon, que se sentía más tranquilo.
Helmet, mentalmente, ordenó a las dos que se dirigieran a su aposento y lo esperaran allí.
Tenía que hablarles de algo crucial para la batalla, pero no podía decirlo delante de los dos Ursu.
Ellas asintieron con la cabeza y se despidieron.
Al quedar solo ellos, Youngblood se relajó un poco más.
―Mi rey, os confirmo que fue Rău quien quiso asesinarme.
―Lo sabemos ―respondió él―. Su general, Xwînxwar, lo atrapó.
―¿Está aquí? ―preguntó con los ojos muy abiertos―. ¿Dónde?
―No, Landon. Tuve que dejarlo ir.
―¿Por qué?
Athelstan, sin guardarse nada, le relató lo sucedido con Alistair y Herleva. Le dio más detalles de cómo habían declarado la guerra Helmet y él, y que esta daría comienzo en cinco lunas.
―No lo comprendo ―agregó entre dientes―. Le habéis dejado escapar sabiendo que él quiso matarme. Os lo vuelvo a preguntar, ¿por qué?
Helmet y Xwîn cruzaron miradas. Ellos pensaban igual que el capitán, y lo cierto era que no le veían ninguna lógica.
―Sacrifiqué a Rău por Alistair. Si no lo hubiese liberado, Abbadon lo habría obligado a acompañarle.
Lo cierto es que no sé cómo funcionó mi estrategia.
Pensaba que te llevaría con él ―agregó mirando a su hijo―.
Estáis unidos a su maldita ponzoña. Nada ni nadie puede impedir que vayas a su lado cuando te reclame, ¿me equivoco? ―preguntó, girándose hacia Helmet.
―No. Si mi hermano impone su voluntad, Alistair no podrá negarse. Habéis ganado tiempo, rey Athelstan. Solo eso.
―Exacto, hasta que comience la guerra. Y vos contáis con todo ese «tiempo» para buscar la manera de romper el vínculo ―pidió al vampiro.
―Lamento deciros que es imposible. Nada ni nadie puede destruir ese lazo invisible que nos une a nuestro creador.
―Entonces, ¿lo que he hecho no ha servido para nada? ―El señor de Inglaterra observó con tristeza a su primogénito.
―Sí has logrado algo, padre. Nos has dado cinco lunas.
―Si en ese tiempo encuentro a Rău, juro que acabaré con él ―advirtió Landon, cuyas ansias de venganza comenzaban a cegarlo.
Ninguno respondió a aquella amenaza. Estaban convencidos de que el perro de Abbadon, con total seguridad, lo acompañaría para encontrarse con Mørket. Eso sí, todos desearon que, en algún momento, el maldito general Ursu muriera de forma lenta y dolorosa, aunque nadie lo dijo en voz alta.