11. VIDA ETERNA #2
―Más bien lo he decepcionado. Ya se le pasará, querida.
―Se acercó a ella y le dio un corto beso en los labios.
La miró a los ojos y susurró―. Ahora, descansad.
Vendré mañana nada más liberarme de mis obligaciones.
No abandonarás esta alcoba bajo ningún concepto ni tampoco querrás hacerlo.
De hoy en adelante, cada día os sentiréis de maravilla por estar aquí… conmigo. ¿Entendido?
―Entendido, Alistair.
―Dormid.
Le dio otro rápido besó en la frente y, en cuanto ella cerró los ojos tras su orden, se vistió a toda prisa.
Aquella noche las circunstancias se habían acelerado más de lo que esperaba, pero no tenía tiempo en ese momento para pensar en ello.
Landon había despertado. Lo único en lo que quería centrarse era en que estaba a salvo y «vivo».
Se cerró la chaqueta y salió sin mirar atrás.
Mientras avanzaba a grandes zancadas por los pasillos, un pensamiento inesperado lo asaltó.
A partir de ese momento, Youngblood, al igual que él, viviría para siempre.
Al menos no estaría solo en el futuro. ¿Significaba eso que tendría que obedecerlo el resto de su existencia?
¿Podría obligarle a arrodillarse o a permanecer inmóvil solo con la mente igual que Abbadon había hecho con él?
No quería saberlo. Landon era su tutor y amigo.
Jamás lo humillaría de esa manera. Los ingleses eran mejores que aquellos malditos seres.
Y, aunque la ponzoña del Ursu corría por sus venas, nunca dejaría de ser un Wessex.
No lo permitiría. Él era el próximo rey de Inglaterra y, tal y como le había dicho su padre, «Un rey jamás debe hacer concesiones».
Al llegar a su alcoba, los soldados lo saludaron y abrieron la puerta. Nada más ver a Youngblood de pie, sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Caminó hacia él y lo abrazó.
―Temí que no sobrevivieras ―susurró con voz temblorosa.
―Y no lo he hecho. Ahora soy un vampiro.
Su comentario mordaz hizo que el príncipe se echara a reír. Acto seguido, lo golpeó en el brazo con cariño. El capitán no sonrió.
―Vamos, amigo mío. Cambia esa expresión. Te he regalado la vida eterna. Siempre estaremos juntos y podremos conocer…
―¿Me obligaréis a obedeceros? ―soltó imprimiendo a su voz reproche y amargura.
―No es mi intención, Landon. Sigo siendo el mismo. Sé que he cometido muchos errores, pero ahora soy…
―Un Ursu ―lo interrumpió―. Ambos lo somos. Si Abbadon os ordena someterme, no podré negarme. ¿Es eso lo que buscabais al condenarme a esta existencia? ―dijo elevando el tono.
Siete pares de ojos se clavaron en Youngblood. Alistair, horrorizado por su pregunta. Athelstan y Hereward temiendo lo que acababa de exponer sin tapujos. Helmet junto a sus tres generales sabiendo que eso era justo lo que había sucedido y nada ni nadie podría cambiarlo.
―¿Qué? ¡No! ―se defendió el heredero, mostrando un gesto de sorpresa en el rostro―.
¡Yo solo quería salvarte! No me detuve a pensar nada de lo que me estás recriminando.
Además, Terrel me lo pidió. ¡Prácticamente me lo exigió!
―agregó señalándolo con la mano―. ¿Vas a enfadarte también con él?
¿Es que acaso hubieras preferido que te dejara morir?
Landon, yo te aprecio con todo mi corazón.
―Vuestro corazón está muerto, ¡al igual que el mío! ―gritó y se apartó caminando a un lado de la estancia.
Abrió la misma ventana donde semanas atrás el príncipe se había quedado en silencio y miró a lo lejos.
Se apoyó en el alféizar y pestañeó. Veía sin dificultad cuanto le alcanzaba la vista.
Los colores eran más vibrantes, y los sonidos más nítidos.
Bajó la mirada y la cerró, impresionado por los cambios en su cuerpo, de los que, poco a poco, comenzaba a ser consciente.
―¿Cómo ves el mundo ahora? ―preguntó Alistair, sabiendo que acababa de descubrir lo mismo que él cuando estuvo en su lugar.
Youngblood se dio la vuelta y clavó sus ojos en su pupilo.
―Tal y como es. Cruel, despiadado y egoísta. Gracias por otorgarme una muerte eterna. ¿Tengo que agradeceros también que deba alimentarme de sangre durante el resto de mis días? ¿¡Eh!? ¿Es eso lo que queríais, mi príncipe?
―¿Me estás echando la culpa? ¿Es que yo pedí convertirme en uno de ellos?
―¡Por eso mismo! Si no hubierais querido esto para vos, ¿por qué me lo habéis hecho a mí? ―preguntó con la rabia recorriendo sus entrañas, que sentían un hambre voraz y muy distinta a la que conocía.
El joven heredero se quedó en silencio, negando con la cabeza mientras las palabras se le agolpaban. Quería decirle la verdad, pero esa también mostraría su propia debilidad. Y él no era débil.
―¿Por qué, Alistair? ―Landon volvió a exigirle una respuesta.
―¡Porque no podía imaginar un mundo sin ti, Landon!
Amo a mi padre por muchas razones, y también a ti.
Siempre has estado a mi lado. Si me caía, me ayudabas a levantarme.
Me has enseñado cuanto sé. Incluso te has opuesto a mis deseos cuando más me ofuscaba en conseguirlos.
Has hecho de mí el hombre que soy. Dime, ¿cómo podía dejarte morir?
En ese momento, el príncipe entendió las razones de su padre al pedirle a Abbadon que hiciera cuanto estaba en su mano para salvarlo. Él había hecho lo mismo con el capitán, y volvería a hacerlo sin dudarlo un instante con tal de no perderlo.
―Incumplí una orden que desconocía al infectarte con la ponzoña ―prosiguió―. Debí consultar con Abbadon si podía hacerlo, pero no lo pensé siquiera. Para mí, tu vida era mucho más importante. Hubiera afrontado cualquier castigo con tal de que vivieras. Es lo único que quiero que sepas.
Youngblood se quedó en silencio al comprender que la razón que había movido a Alistair a cometer semejante locura era el amor y no el egoísmo.
Podría odiarlo para siempre. De hecho, se lo estaba planteando.
Pero ¿iba a reprocharle que lo apreciara tanto como para haberse expuesto a las represalias del Ursu solo por mantenerlo con vida?
Sería un auténtico desagradecido si lo hiciera, y él jamás lo había sido.
―Alistair…
―No podía, Landon.
―Ahora lo entiendo. ¿Pero me obligaréis a arrodillarme ante vos?
―No, si puedo evitarlo.