Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 11. VIDA ETERNA
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11. VIDA ETERNA

E l rey y Helmet subieron para tratar de descansar un poco.

La noche hacía rato que había cubierto el castillo con una oscuridad inquietante, casi amenazadora.

Las antorchas a ambos lados de los pasillos parecían querer burlarse de sus sentidos y se retorcían de forma caprichosa.

Xwînxwar cerraba aquel singular grupo. Más tarde buscaría a Cainan para que reforzaran aún más la seguridad.

Con pasos cansados, mucho más lentos de lo habitual, Athelstan avanzó pensativo hacia la alcoba de Alistair.

Todavía no había podido apartar de su mente lo ocurrido con Abbadon y Herleva.

Era una broma del destino que aquel aniquilador de hombres se encaprichara de una muchacha que, si no fuera por un trato interesado con su hermanastro, ni siquiera hubieran llegado a conocer.

Tenía que averiguar cómo se encontraba después de aquella situación vergonzosa a la que se había visto empujada a participar.

―Athelstan, casi puedo oír vuestros pensamientos ―dijo el vampiro, esbozando una sonrisa fugaz.

―Tras lo sucedido, no creo que os sea muy complicado adivinarlos.

―Os preocupa la guerra, el futuro de vuestro reino, qué será de Alistair y si Youngblood despertará.

―Se ve que no puedo tener secretos para vos.

Ambos sonrieron, el rey de forma cansada.

―Os acompañaré. Quiero ver en qué punto se encuentra.

―Os lo agradezco, Helmet.

Al entrar en la alcoba, Hereward lo miró con los ojos enrojecidos.

El señor de Inglaterra se angustió pensando que su hijo no había logrado convertirlo.

Después, observó a las dos vampiras y se extrañó de que sus rostros mostraran apatía, como si aquella situación fuese la habitual y solo estuvieran aguardando.

Aun así, tenía que saberlo. Miró a su hombre y se vio obligado a formular una pregunta que temía de veras, pero que debía hacer.

―¿Ha… muerto?

―Ha concluido la primera etapa ―dijo Wêranker con seguridad―. La segunda tardará…

De pronto, Landon abrió los párpados por completo, como si alguien le hubiese insuflado vida desde el otro lado. Se incorporó de golpe, poniéndose en pie casi sin darle tiempo a asimilar aquel movimiento.

―¿Dónde está Rău? ―soltó con rabia mal disimulada.

Su voz grave sobrepasó la puerta cerrada, haciendo que los soldados al otro lado se miraran y tragaran saliva.

Dentro, la situación no fue muy distinta para Terrel, que echó un paso atrás, aguantando la respiración.

El rey también se sintió un poco intimidado por el nuevo aspecto fiero que mostraba Youngblood.

Los Drăgoi, sin embargo, no se inmutaron.

La fuerza de la costumbre los había insensibilizado a la creación de un nuevo miembro del Ejército de la Sangre.

Y, desde ese momento, quisiera o no el inglés, ya formaba parte de sus filas.

―¡Landon! ―acertó a decir Athelstan. Dibujó una sonrisa con sus labios, pero esta no se vio reflejada en su mirada, que solo mostraba preocupación y dolor.

―¿Qué ocurre? ―preguntó ante la expresión de estupor de Hereward y la de compasión del rey. A los vampiros ni los miró.

―Landon, tranquilízate ―dijo el señor de Inglaterra, subiendo los brazos y mostrándole las palmas.

―Estoy muy calmado. Solo os he hecho una pregunta.

Extrañado de oír su voz algo cambiada, sacudió la cabeza y carraspeó sin darse cuenta aún de que había dejado de respirar.

Athelstan, sobrepasado por todos los acontecimientos que había tenido que afrontar en las últimas lunas, le pidió ayuda a Helmet con la mirada. De repente, sentía en sus hombros el peso de sus decisiones.

El «No Muerto» cerró los ojos un momento y asintió, mostrando su singular sonrisa. Sin adornos ni contemplaciones, le resumió lo sucedido desde que el Ursu había perdido del todo la cabeza y lo había lanzado por las almenas hasta que lo habían atrapado y encadenado.

―¿Guerra…? ―repitió, llevándose la mano de forma instintiva donde estaría su espada―. Mi rey, ¿estáis seguro de esto?

―O luchamos por nuestra libertad o lo haremos bajo sus órdenes. No nos hemos sacrificado todos estos años para que ahora nos sometan.

―Comprendo vuestra decisión, pero ¿os fiais de él? ―Cabeceó hacia Helmet.

―No me fío de nadie ―reconoció.

El aludido subió las comisuras de los labios ante esa respuesta.

―Entonces, ¿por qué habéis pensado que no os traicionará? ―insistió Youngblood.

―Porque le he dado mi palabra, muchacho ―intervino el vampiro, mirándolo con un gesto resolutivo.

―Está bien ―añadió, apretando la mandíbula―. Ahora, me gustaría ver a Alistair ―pidió al recordar que él fue quien lo había llevado dentro del castillo.

―Está con su prometida ―aclaró Athelstan.

―¿Queréis que Xwînxwar vaya a avisarlo? ―preguntó Helmet.

―Os lo agradezco. Pero, después de lo sucedido esta noche, prefiero ir yo mismo. La muchacha seguirá muy asustada, aunque espero que mi hijo se haya ocupado de eso.

―Lo más seguro ―añadió el Drăgoi.

―¿Puedo ir con vos, mi rey?

Youngblood adelantó un paso. De inmediato, Wêranker, Bêwestan y Xwîn se lo impidieron.

―Aún no, capitán ―dijo el primer general.

―¿Aún no? ¿Qué demonios ocurre? Ya me encuentro bien. Me he recuperado.

Al ver que Athelstan lo observaba con tristeza, como si estuviera afrontando una pérdida irreparable, tuvo un mal presentimiento.

Acto seguido, se fijó en Hereward. La mirada atemorizada de su compañero y amigo, que aún no había dicho ni una sola palabra, lo hizo reaccionar.

Cerró los puños, buscando en su cuerpo algún signo de debilidad tras la caída.

Nada. Se sentía más fuerte que nunca. Despierto. Alerta.

Buscó respuestas en los rostros de los que le prestaban toda su atención.

Athelstan, aceptación. Los vampiros, indiferencia.

Hereward, pavor. Estaba empezando a sospechar que el motivo de su pronta recuperación no iba a deberse a los lienzos empapados que había al lado de la cama.

Entonces, lo entendió. Cerró los ojos un instante y tuvo que sentarse.

―Landon… ―agregó el rey buscando qué decirle para consolarlo después de lo mucho que lo había apoyado y sostenido durante tantos años.

―¿Ha sido Alistair? ―preguntó con la mirada clavada en el suelo, tratando de asimilarlo.

―Sí, amigo mío. Ibas a morir. No podíamos permitirlo.

―Yo se lo pedí ―intervino Hereward, interrumpiendo al rey.

Giró la cabeza de forma brusca hacia él.

―¿Tú pediste que me transformara en un…?

―Vampiro ―soltó Helmet con su reconocible tono de seriedad―. Ahora eres un Ursu. Perteneces al príncipe. Podrá exigir tu presencia en cualquier momento y habrás de obedecerlo hasta que deje de existir.

―Me ha convertido en su esclavo… ―susurró, incapaz de comprender aún el alcance de las palabras del Drăgoi.

―No, Landon ―expresó Athelstan convencido―. Él os ama y respeta. Jamás os obligará a…

―No acabéis esa frase, por favor. ―Youngblood le lanzó una mirada acerada.

―Él nunca… ―Golpeteó la lengua contra el paladar en señal de fastidio―. Voy a buscarlo.

Se dio la vuelta y salió de la habitación con el corazón destrozado.

¿Cuántos problemas más tendría que afrontar antes de que llegara esa guerra por la que habían apostado Helmet y él?

Tras el saludo que recibió de sus soldados, avanzó por los pasillos hasta la habitación que se le había asignado Herleva.

No sabía qué iba a encontrarse. O la normanda estaba llorando un mar de lágrimas y rogaba por volver con los suyos, o su hijo se había visto obligado a robarle la voluntad a fin de controlar la situación.

Pronto lo averiguaría. La cuestión que ahora lo asaltaba conforme se acercaba a aquella alcoba era que Alistair debía desposarse con la muchacha lo antes posible.

No podrían optar a la victoria sin contar con el ejército normando al completo.

Se dio cuenta de que esa unión debía celebrarse de inmediato.

No iba a esperar a que llegara el resto de los hombres del duque, poniendo en peligro el pacto si a Abbadon se le ocurría volver para raptar a la joven.

No supo por qué pensó en aquella insensatez; pero, de lo que no tenía ninguna duda era de que el enlace se llevaría a cabo.

Aunque tuviese que saltarse un escalafón y secuestrar al mismísimo arzobispo para obligarlo a celebrar los esponsales.

De un modo u otro, antes de que acabara esa misma semana, estarían casados.

Al llegar a la alcoba, llamó y pasó sin esperar respuesta.

Él era el rey de Inglaterra y ese su castillo.

Al contemplar a ambos desnudos en el lecho y a ella con las mejillas encendidas, supo que había llegado tarde.

Herleva cogió una de las pieles y se cubrió con las manos temblorosas mientras que Alistair afrontaba con altivez las consecuencias de haberla deshonrado.

―Landon ha despertado y pregunta por ti ―se ciñó a decir su padre.

―¿No vas a regañarme? ―respondió incorporándose.

―Nos has hecho un favor ―agregó, posando la mirada en aquella que seguía bajo las pieles―. Mañana mismo enviaré a buscar al obispo para que os una con el voto sagrado que habéis empañado con vuestra lujuria. Ahora, vístete. Queda mucha noche por delante.

Salió de la alcoba formando una sonrisa.

Resultaba innegable que su hijo, con la tremenda estupidez que acababa de cometer, había logrado mucho más de lo que imaginaba.

Sus pecaminosos actos por fin forzarían al religioso a formalizar esa alianza, y estaba seguro de que ningún hombre de Dios se negaría a que ellos no enmendasen su error cuanto antes para evitar que sus almas fuesen derechas al infierno.

―¿Crees que se ha enfadado mucho tu padre? ―preguntó, incorporándose mientras se cubría lo mejor que podía.