Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 10. YO… TAMPOCO #2
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10. YO… TAMPOCO #2

Con la mirada turbada por el deseo y la urgencia que se estaba arremolinando en su interior, de forma instintiva, comenzó a mover las caderas para encontrarse con la determinación de Alistair, que empujaba mucho más adentro, rozando en el punto exacto.

―No… no sé… ―balbuceó sobrepasada.

Él creyó que iba a decirle que no entendía qué le estaba pasando, pero la mente de ella solo era capaz de repetir que no sabía cuánto más iba a aguantar.

Dos ideas opuestas que acabaron encontrándose al fin en un orgasmo arrollador.

La normanda se convulsionó alrededor de los demoledores dedos de Alistair, que se detuvieron en cuanto ella echó la cabeza hacia atrás, jadeando.

Él se hallaba embriagado de su olor, de su respuesta, de cómo se pasaba la lengua por sus inflamados y sonrosados labios mientras se recuperaba de aquel asalto.

Entonces, su sonrisa lo derribó. Desde la primera vez que sus miradas se cruzaron en el castillo del duque, él supo que ella era distinta.

Única. Preciosa. Después, cuando visitó su habitación en plena noche, había sentido la fuerza de una atracción desconocida.

La forma en la que ella lo miraba, con intensidad contenida, con la promesa de algo que aún no era, pero que estaba a punto de serlo.

Ahora, en la penumbra de aquella alcoba, con los candelabros encendidos y el viento susurrando contra las ventanas, no había vuelta atrás.

La deseaba como nunca. Ansiaba hundirse en su interior para sellar su destino y no cedió ni un instante más.

Se puso en pie y tiró de ella. La cogió en brazos y la llevó al lecho.

Tras bajarla al suelo con delicadeza, la descalzó.

Después, le dio la vuelta y comenzó a desatar con destreza los cordones que unían su bliaut [8] .

―Yo… ―musitó ella con las mejillas arreboladas, mirando hacia atrás, atenta a cómo la desvestía.

―Shhh… Eres mía ―susurró él en su oído.

Alistair no se paró a pensar si aquello había sido una orden o una simple petición.

De un modo u otro, ella se dio la vuelta para que él acabara de desnudarla.

Le quitó el precioso cinturón de tela bordada que ceñía su cintura y lo dejó caer a un lado.

El sonido metálico que hizo al chocar con el suelo provocó que ella se estremeciera.

Perdida en sus ojos, subió los brazos y él la despojó de la larga túnica que llevaba.

La chemise [9] , hecha de lino fino y suave, corrió la misma suerte.

Por último, le retiró el velo de seda y la diadema que adornaban su cabello y se lo dejó suelto.

―Eres el sueño de cualquier hombre.

Ella se mordió ligeramente el labio inferior. Sin poder esperar un instante más, quitó las pieles y la depositó en el lecho. Mucho más lento de lo que hubiera deseado, se desnudó antes de ponerse encima de Herleva.

―No puedo evitar que te duela, pero seré lo más rápido que me permitas para que te adaptes cuanto antes a mí.

―Confío en ti.

Aquellas palabras le cayeron a Alistair como un jarro de agua fría. Fueron las mismas que Alana, pocas semanas atrás, había pronunciado al conocer el placer por primera vez gracias a él.

Ella se dio cuenta al momento de que su semblante había cambiado de repente. Preocupada por si había hecho o dicho algo inconveniente, preguntó:

―¿Pasa algo, Alistair?

―No, querida. Es que me he quedado helado.

Su prometida sonrió levemente.

―No te preocupes. Yo aprenderé la mejor manera de… calentarte ―respondió, sintiéndose un poco más ella.

Él no desaprovechó aquel comentario subido de tono y recorrió con sus manos todo su cuerpo.

La joven bajó los ojos, fingiéndose pudorosa.

Por mucho que trató de unir las piezas, no fue capaz de encontrar la razón por la que había conseguido meter al príncipe en su lecho.

Pero él acababa de satisfacerla con sus hábiles dedos y ahora le sonreía con ternura.

―¿Temes a un hombre al que miras como si pudieras leerle el alma?

Herleva tragó saliva y asintió. En realidad, no lo temía, solo fingía.

Aunque sí estaba un poco preocupada por lo que él esperaba ver aquella noche.

No era su primera vez, pese a que él lo creyera.

Y no podía decirle la verdad, no cuando el deseo en su mirada le pedía que fuera suya y eso era justo lo que la normanda buscaba para atarlo hasta lograr su objetivo.

Se inclinó sobre ella y le acarició con su aliento glacial en el hueco de los hombros.

―Estás helado… ―atinó a decir.

―Solo es que soy de sangre fría, pero sabré encenderte hasta que te quemes.

Sus labios la encontraron y reclamaron lo que ya consideraba suyo. El beso fue profundo, firme y con la promesa de un ser que no solo deseaba tomar, sino que también estaba dispuesto a dar.

Herleva dejó que sus dedos recorrieran el contorno de su espalda, memorizando la dureza de sus músculos y la apenas perceptible calidez de su piel.

No debería sentirse tan bien. Aquello no era amor, sino lujuria.

Jamás amaría al príncipe, solo su trono.

En cuanto las manos de Alistair la atrajeron contra él, esos pensamientos se desvanecieron.

Dispuesto a robarle todo el placer que pudiera, se colocó en su entrada.

Entonces, el mundo se desvaneció a su alrededor.

Con cuidado, empujó para hacerse camino.

Ella apretó los labios y cerró los ojos, fingiendo la vacilación de una muchacha que nunca había tenido a un hombre en su interior. Y funcionó.

Él le susurró promesas y palabras de amor en las que apenas creía, pero que dichas en voz baja contra su cuello y lamiendo su piel consiguieron el efecto que deseaba.

No hubo dolor, por supuesto, aunque él creyó que sí por su rostro contraído. Herleva simuló un leve jadeo y presionó los hombros de Alistair como si necesitara acostumbrarse.

Él la sostuvo con devoción, con paciencia.

Se movió sobre ella como si cada roce fuera un voto sagrado, como si cada respiración compartida sellara un pacto que no podía romperse.

Sin embargo, atravesó la barrera imaginaria que la bastarda simuló tener después de una de sus penetraciones más profundas.

Una embestida tras otra, ella se dejó llevar para mostrarle cuánto le hacía sentir.

De pronto, el placer los golpeó casi al mismo tiempo, sumergiéndolos en un mar donde, durante unos pocos instantes, no existió la mentira, ni el deber, ni la culpa.

Solo la sensación de pertenecer el uno al otro en esa noche en la que él, tras experimentar un imponente orgasmo, le susurró que las estrellas parecían haber decidido brillar solo para ellos.

El único problema era que, dentro de los muros del castillo, un temible vampiro había decidido declarar una guerra de la que aún ninguno de los dos tenía la menor idea.

Él se apoyó en los codos y salió de su interior.

Herleva se preocupó al darse cuenta de que, debido a la intensidad del momento, había olvidado que tendría que enfrentar un último engaño.

Mientras el heredero se giraba para colocarse debajo de ella, la normanda, inquieta, trató de ocultar el detalle que faltaba.

Entonces, sintió en su bajo vientre una punzada familiar que la hizo contener el aliento.

Se llevó los dedos a su entrepierna y los retiró.

La tenue luz de las velas iluminó la mancha roja en su piel.

Sangre.

Suerte.

Él, esperando lo que se suponía que debía encontrar, miró el lecho. Abrió ligeramente los ojos y mostró su complacencia. Su prometida era pura y, desde ese instante, le pertenecería para siempre.

Herleva, a su vez, sonrió. La ironía era casi cruel. Su cuerpo, sin que lo hubiera planeado, se acababa de aliar con su mentira.

Y ella dejaría que él la creyera.

Se recostó de nuevo, sintiendo su fuerte abrazo. No sabía por qué se había dejado seducir por el viejo Blanchard cuando estaba completamente enamorada de Alistair. En cuanto llegaran, aclararía su situación. Iba a desposarse con el príncipe y serían felices… para siempre.