10. YO… TAMPOCO
A listair abandonó el salón del trono con el reproche reflejado en los ojos de Herleva quemándole por dentro.
Ser un maldito títere bajo el yugo de Abbadon lo estaba destrozando.
Para empeorar la situación, había quedado como un cobarde delante de ella.
No poder defenderla y ser testigo de cómo la manoseaba significaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
¿Y si volvía a suceder? ¿Y si en esa ocasión los Drăgoi no estuvieran presentes?
¿Tendría que presenciar cómo la poseía delante de sus narices sin poder hacer nada?
Conocía las desviaciones de Rău. Había participado en algunas.
En la posada, en el castillo normando y en muchas más ocasiones de las que querría recordar antes de regresar a su hogar.
¿Qué vejaciones se le ocurrirían al líder Ursu? Prefería no imaginarlo.
Herleva llevaba golpeándole el pecho desde que, impulsado por la ira, la había cogido en brazos. Subir los escalones de dos en dos le proporcionó cierto desahogo. No sentía cansancio alguno, sino ganas de destripar a Abbadon sin piedad.
Volvió a mirarla. Ella gritaba, estaba seguro.
Veía cómo movía sus labios con desesperación y arremetía contra él, aunque era incapaz de oírla.
Sus quejas, su llanto, sus miedos expresados abiertamente desaparecerían en cuanto llegasen a su alcoba.
Tendría que haberla sometido nada más subir al primer piso; pero estaba tan colapsado por su propia inutilidad que lo único en lo que se concentró nada más recuperar el control de sus movimientos fue en sacarla de allí.
Alejarla lo más posible del cuerpo y la mente de su amo, que a buen seguro estaría pensando en forzarla de las maneras más humillantes.
Debía impedírselo. Pero ¿cómo? Hacerla su esposa no serviría para pararlo.
Aunque… ¿Y si ella quedara en cinta? ¿Lo detendría?
¿Podían engendrar los vampiros? Esa pregunta no la había formulado nunca y ahora se arrepentía de no haberlo hecho.
La única opción que le quedaba era acudir a Helmet o a uno de los suyos.
¿Le dirían la verdad, teniendo en cuenta que se suponía que eran enemigos?
En alguna ocasión le había oído nombrar a sus cuatro generales como sus hijos.
¿Lo serían o solo los consideraba como tales por haberlos transformado?
Sus pensamientos caóticos lo apartaron de los reproches de Herleva hasta que, desmadejada por la tensión a la que la había sometido, dejó caer la cabeza en su pecho mientras sollozaba de forma angustiosa.
―¿Por qué no me defendisteis? ―dijo angustiada entre fuertes hipidos, aferrándose a su chaqueta―. ¿Por qué…?
―No podía ―respondió antes de dejarla en el suelo.
―¿Qué queréis decir?
―Ven, entremos en tu alcoba ―dijo, dejando a un lado el lenguaje formal que siempre había empleado con ella.
Alistair miró a ambos lados del corredor antes de pasar y después cerró despacio. Apoyó la espalda en la puerta y se fijó en la muchacha desvalida que tenía enfrente y que, incluso con la expresión de pavor que mostraba su rostro, le exigía una respuesta.
―Voy a contarte una historia que no creerás. Tampoco importa, puesto que la olvidarás antes de que yo abandone esta alcoba.
―No os comprendo.
―Herleva, puedes hablarme en confianza.
―De acuerdo, Alistair. No comprendo qué intentas decirme.
―Los humanos no son los únicos que caminan sobre la tierra. Hay otros seres, otras razas.
―¿Te refieres a los animales? ―preguntó con el ceño fruncido, secándose las lágrimas con un pequeño pañuelo con su inicial bordada.
―Se hacen llamar… vampiros.
Ella entrecerró los ojos y formó una efímera sonrisa porque él creía en historias que solo servían para asustar a campesinos.
―«No Muertos» ―aclaró incrédula, empleando un tono cargado de burla―. Alistair, son leyendas. No existen los…
Sin mediar palabra, el heredero abrió la boca y le mostró sus afilados colmillos. Mucho antes de que Herleva pudiera terminar de coger aire, él estaba a su lado, tapándole la boca con una mano. La sujetó de la cintura con la otra y se acercó a su cara.
―Entonces, formo parte de la leyenda.
La normanda intentó gritar. Sus ojos mostraban que estaba a punto de perder la razón. Él tuvo claro que, en su hogar, aquellas historias habían sido transmitidas como meros cuentos para niños.
Alistair reconoció con cierto pesar que, por un momento, tuvo la esperanza de poder decirle la verdad y no tener que borrarle la memoria.
Pero su reacción ante la realidad puso de manifiesto que no podía compartir con ella más que mentiras piadosas.
Sabía que su matrimonio no iba a ser un camino de rosas, y, por esa razón, le costó aún más admitir que las esperanzas que había albergado para los dos se acababan de esfumar tras las lágrimas que su prometida estaba derramando.
―Shhh… Mírame, Herleva ―dijo con un tono que reverberó dentro de la mente de la muchacha.
Ella obedeció―. Te has pasado el día durmiendo en tu alcoba porque tenías un fuerte dolor de cabeza.
Tienes hambre, y me vas a pedir que ordene una cena ligera que te traerá una criada.
Estás feliz, recuperada. Te sientes relajada y profundamente enamorada de mí.
Tanto, que vas a querer entregarme tu honra esta noche.
Tu cuerpo y tu mente te lo piden, te lo exigen.
No puedes resistir que estemos separados, y yo voy a aceptar porque…
«te amo» ―enfatizó―. Nuestros esponsales se celebrarán lo antes posible, y me serás fiel durante toda tu vida. ¿Lo has entendido?
Él separó la mano de su rostro y se alejó un par de pasos para que ella no se sintiera cohibida al volver en sí.
―Sí, Alistair.
―Siéntate en esa silla. Ahora vuelve a ser tú misma. Lo que acabo de decirte quedará impregnado en tu alma para siempre. ¿Está claro?
―Sí, Alistair.
―Despierta, Herleva.
Ella pestañeó confundida pero feliz. Se pasó el dorso de la mano por la frente y dibujó una sonrisa al comprobar que el molesto dolor de cabeza había desaparecido.
―Entonces, ¿de verdad te encuentras mejor, querida? ―preguntó él, mostrando verdadero interés.
―Sí, gracias. Me siento recuperada por completo. De hecho, me he pasado todo el día descansando, ¡y ahora me siento hambrienta!
―Te pediré la cena, me tenías preocupado.
―Te amo, Alistair ―dijo sin saber por qué―. Eres el mejor hombre que he conocido nunca. ―Bajó la mirada al suelo, ruborizada por lo que había dicho.
Él se acercó y se agachó hasta ponerse a su altura.
―Vas a ser mi esposa, Herleva. No sé si podré esperar mucho más para tenerte entre mis brazos.
Ella colocó las manos en sus mejillas y susurró en sus labios:
―Yo tampoco.
Alistair sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Pese a las muchas voluntades que ya había robado, ninguna le había parecido tan seductora y brutalmente atrayente.
El fuego de la chimenea fue el único testigo del momento en el que él se lanzó a besarla. El aire olía a la cera de las velas, a hierbas secas y al leve perfume del jabón que utilizaba Herleva.
Durante unos instantes, ella se sintió confusa. Quería entregarse al príncipe, pero sentía que no era por las razones que ahora la empujaban a desnudarse mientras él arrasaba su boca con su experta lengua.
Jamás había deseado tanto ceder al anhelo de su cuerpo.
Justo donde la unión de sus piernas, que ahora mantenía abiertas para dejarle espacio a Alistair, reclamaba atención urgente.
Se sentía muy húmeda y dispuesta como nunca.
Olvidando la frialdad de su piel por lo mucho que la estaba excitando, supo que no desearía estar en ningún otro lugar, sino bajo el cuerpo desnudo de aquel que estaba recorriendo su pierna por debajo de la falda.
―Ahhh… ―susurró entre sus labios al sentir su gélido tacto.
Aquel sonido instigó al príncipe para llegar más lejos. Y lo hizo. Rozó con la punta de los dedos sus rizos y la recorrió de arriba abajo, despacio. Sin prisas. Empapándose de sus fluidos para incitarla aún más y que se entregara por completo.
Sabía que había dejado de ser un hombre.
Ahora era un vampiro. Pero, por primera vez, deseó no serlo para complacerla sin tener que retenerse.
Ella era virgen. No podía dar rienda suelta a lo que le estaba exigiendo su nueva naturaleza.
Quizás, con el tiempo, con la experiencia, pudiese intensificar el ritmo que le pedía su ser.
Solo que, de momento, sería más delicado y contenido.
Herleva lo merecía, y él estaba dispuesto a concederle una tregua hasta que rogara por mucho más.
Se separó un instante y la miró a los ojos, pidiéndole permiso.
La joven asintió con los labios entreabiertos, enrojecidos e hinchados por sus besos.
Alistair dejó escapar un gruñido en voz baja y hundió un dedo con cuidado.
Aquella helada intrusión la hizo estremecer.
Enseguida, él volvió a cubrir su boca y a jugar con su lengua, moviéndola lánguidamente para calentarla aún más. Y lo consiguió.
Comenzó a entrar y a salir de su cuerpo con más facilidad. Llegando con cada empuje un poco más lejos, tratando de romper la barrera que no podría solo con sus dedos. Al menos eso era lo que él creía.
―Alistair… ―rogó ella en sus labios.
Él comprendió que la estaba llevando al límite.
Lo entendía. Él mismo la deseaba con una urgencia que jamás había sentido, pero debía esperar.
Hacer que ella alcanzara antes el clímax con sus dedos la ayudaría a tenerlo en su interior.
Decidido a que aquel trance le fuese lo menos doloroso posible, utilizó un segundo dedo y arremetió más profundo, buscando aún más su placer.
―Abre un poco más las piernas, Herleva ―replicó, mordiéndole apenas el labio inferior.
Por supuesto, ella obedeció.