Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 9. SI GUERRA QUERÉIS, GUERRA TENDRÉIS #3
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9. SI GUERRA QUERÉIS, GUERRA TENDRÉIS #3

Xwînxwar no había presenciado nunca una discusión como esa entre ellos.

De hecho, jamás había visto que su señor se lanzara a tratar de hacerle perder el control a su hermano de forma tan evidente.

Comprendía sus razones y hacia donde llevaba aquella pelea.

Faltaba muy poco para que ambos llegaran a las manos.

Es más, si de él dependiera, ya la habría comenzado.

Tenía claro quién caería primero: Rău. Con un simple movimiento de cabeza, su capitán lo degollaría.

De pronto, pensó en Qiloçker y en que, si eso ocurriera, no podría llevar a cabo su venganza.

Lamentaría arrebatarle la oportunidad de regodearse en el último estertor de aquel que aniquiló a su familia, pero no iba a renunciar a hacerlo desaparecer si se presentaba la ocasión.

Miró al rey y le indicó con los ojos que se pusiera detrás de él.

No estaba seguro de si Helmet acabaría luchando con Abbadon, y era mejor proteger a un aliado cuyo ejército podría suponer la diferencia entre ganar o perder esa guerra.

Su señor estaba tocando cada uno de los resortes necesarios para que su hermano acabara cayendo en la trampa.

Lo veía claro. Eso sí, el tiempo que le había prometido le parecía un poco justo para organizar y entrenar a los humanos.

Además, Qil debía regresar con el ejército de Gunnar. Aunque eso era especular demasiado.

Athelstan entendió aquel gesto y se colocó tras él. Xwîn lo protegió con su cuerpo y le susurró:

―No os separéis de mí.

El rey asintió mientras el enorme vampiro le ocultaba de los dos hermanos, que no dejaban de gritarse el uno al otro.

―Solo te daré una oportunidad para retractarte, Helmet ―dijo Abbadon, sintiéndose extrañamente acorralado por su insistencia, pero dispuesto a no ceder.

―¡No me pienso retractarme! No le temo a padre ni a sus castigos. Esto se decide aquí. Tu general trató de asesinar a su capitán ―gritó señalando al rey―. Si te niegas a que Athelstan decida su destino, iremos a la guerra.

―¿Qué demonios estás diciendo? ¿Qué guerra?

El señor de Inglaterra se movió hacia un lado y respondió a esa pregunta con la hiel devorándole las entrañas.

―La guerra contra vos. Ingleses, normandos y Drăgoi se unirán para aniquilaros, ¡sucio carroñero sin alma! ¿Queréis a vuestro perro? ¡Lleváoslo! Youngblood vivirá, solo que vos no podréis tocarlo.

―¡Soy el amo de vuestro hijo! ―bramó Abbadon.

―Lo sé. Pero os juro que antes acabo con su vida que permitir que vuelva a arrodillarse ante vos.

―Sí que habéis llegado a un acuerdo. ¿Verdad, «hermano»? ¡Ten los huevos que crees que me faltan y respóndeme!

―Guerra.

―¿¡Guerra!? ―soltó una carcajada bestial, como si naciera de las entrañas de la oscuridad misma―. Está bien ―agregó, mirando a los dos que acababan de retarle―. Si guerra queréis, guerra tendréis. Cinco lunas, ni un día más. Iré a ver a padre y le contaré cuanto me habéis dicho.

―Hazlo, Abbadon. Ya no te tengo miedo.

―Tal vez, pero volverás a tenerlo. Ahora, ¡soltad a Rău!

Helmet miró a Xwînxwar, quien con un movimiento indicó a Cainan que lo hiciera.

El general Ursu, al verse liberado, sacó fuerzas de donde pudo para arrancarse él mismo los clavos que seguían atravesados en su carne.

La sangre salió a borbotones durante un momento, pero la rápida cicatrización comenzó a cerrar las heridas, devolviéndole casi al instante la fuerza a sus extremidades.

―Juro que te mataré yo mismo, Xwînxwar ―lo amenazó Rău en cuanto acabó de curarse.

―Te estaré esperando al lado de la tumba que cavaré para ti.

Abbadon miró a Athelstan y a Helmet antes de emprender la marcha. Nunca imaginó que pudieran formalizar una alianza, pero aquel insensato pacto le daba la oportunidad de tener a su padre aún más de su lado en cuanto conociera la desobediencia de su segundo hijo.

A él no se le ocurriría jamás llevarle la contraria.

Sus castigos poco tenían que ver con los juegos infantiles a los que ellos habían recurrido durante su existencia.

Le resultó muy satisfactorio pensar que tener el beneplácito de Mørket, para que pudiera dar rienda suelta a sus más profundos deseos, iba a concederle por fin lo que este le había prometido.

―Disfrutad de lo que os queda de… vida. Os obsequio con el regalo de la compañía de Alistair hasta mi regreso. Después, ni vos ni nadie evitará que engrose mis filas.

―Eso ya lo veremos ―replicó el rey.

Su respuesta hizo sonreír a Abbadon, que caminó pausadamente hacia la salida, seguido de Rău y de la patrulla Ursu.

Tras verlos abandonar el salón del trono, Athelstan suspiró.

―¿De verdad creéis que podemos ganar? ―le preguntó a Helmet.

―Venceremos, no albergo ninguna duda.

Su respuesta se quedó en el aire, envolviendo los corazones de aquellos que arriesgarían sus vidas por algo más que un ideal.

La supervivencia del pueblo inglés y de los suyos estaba en juego, pero «ella» le aseguró que ganaría.

Antes de marcharse, le había pedido que se dejara llevar por el corazón, aunque su mente le exigiera lo contrario.

Es lo que había hecho, oír los deseos más profundos que albergaba dentro de sí. Sin embargo, un repentino malestar se apoderó de él al sentir que esa decisión nada tenía que ver con la guerra que acababa de propiciar, que, pese a aquel ínfimo temor, esperaba ganar a toda costa.