9. SI GUERRA QUERÉIS, GUERRA TENDRÉIS #2
―¡Libera a mi hijo! ―gritó Athelstan, poniéndose en pie.
―No. La quiero ―dijo, elevando el mentón.
A continuación, se giró hacia ella. Entrecerró los ojos y se mordió el labio inferior de un modo lascivo e inquietante. A un ritmo lento, turbador, ladeó la cabeza de un lado a otro, mirándola como si fuese la presa más exquisita de cuantas había cazado.
Alistair trató de responder con todas sus fuerzas, pero estaba paralizado. Las venas del cuello mostraban su frustración. Apenas si podía fruncir el ceño como protesta.
―¡Jamás! ―objetó el rey.
―¿Por qué no? ―añadió dando un paso más hacia la joven, que parecía estar en el mismo trance que el heredero―.
Es un trueque justo por las muchas vejaciones a las que habéis sometido a Rău.
Además, mi intención no es la de desposarme con ella ―miró al rey con un gesto de repulsa―, sino hundirme en su interior y saciarme de su sangre hasta que me canse.
Después, no tengo ningún inconveniente en devolvérosla sin esos molestos… recuerdos.
―Ya está bien, «hermano».
Helmet adelantó un paso y Xwînxwar con él, quien le hizo un gesto con la cabeza a su patrulla. Cainan entendió la orden y le colocó una daga a Rău en el cuello.
Abbadon se volvió hacia el encadenado, que estaba intentando erguirse cuanto podía para separarse de la hoja. No había rogado piedad en voz alta, pero sus ojos lo delataban.
―¿Quieres la cabeza de tu general? ―amenazó el Drăgoi muy en serio―. Porque, si sigues por ahí, daré la orden para que puedas disfrutar de ella en una puta bandeja.
―No serías capaz ―respondió con altanería, pagado de sí mismo.
―Pruébame, Abbadon. Lo estoy deseando.
Él sopesó aquel ultimátum. La zorra normanda lo atraía. De eso no tenía ninguna duda, pero quizás no merecía tanto la pena como para perder a Rău. Por lo menos, de momento.
Aun así, decidió probar la entereza de Helmet. No le había gustado que tuviera la osadía de pensar que podía llevarle la contraria.
―Ya. Si la dejo en paz, ¿qué obtendré a cambio?
―¡Nada! ―gritó Athelstan, interponiéndose entre el Ursu y la pareja, abriendo los brazos como para tratar de protegerlos.
―Esa opción no me satisface.
―Se… señor ―logró vocalizar el encadenado, al que la daga ya había herido su carne y comenzaba a sangrar.
―¡Silencio, Rău! ―lo mandó callar Abbadon―. Helmet, dile a tu perro que lo suelte para que dejemos de oír sus fastidiosos lamentos. Todavía no hemos terminado de negociar.
―¡Y yo os digo que sí! ―volvió a gritar el rey.
―No estáis en posición de exigir nada, Athelstan. Además, ¿qué os importa una zorra normanda? Dejadme usarla, después vuestro hijo podrá jugar con la bastarda todo lo que quiera.
―¡Liberadlo ahora mismo! Y a ella también. No os lo repetiré, Abbadon ―lo amenazó en firme el inglés.
Helmet, con Xwîn pegado a sus talones, caminó hasta ellos.
El lugar donde se colocó mostró alto y claro por quién se había decantado.
Aquella inesperada unión le hizo gracia al Ursu, quien no retrocedió ni un solo paso ante su posición ofensiva y la de su general.
Desvió la mirada hacia la puerta del gran salón.
Sus incondicionales, situados justo donde les había pedido, se hallaban en la salida.
Sin embargo, Helmet y los suyos se encontraban mucho más cerca.
Lo que se traducía en que, en cierto modo, tenían ventaja.
Por muy rápida que fuera su propia tropa, estaba rodeado por Drăgoi.
Su hermano no se atrevería a una lucha cuerpo a cuerpo.
Ambos sabían que no tendría ninguna posibilidad contra él.
Los escasos instantes de ventaja se verían empañados por el resultado, que no sería otro que la muerte permanente de sus vampiros, el rey de Inglaterra y su hijo.
Por supuesto, no iba a desperdiciar el botín.
Herleva podía proporcionarle incontables jornadas de placer y sustento.
No acabaría con ella hasta que se cansara de poseerla una y otra vez.
Aunque aquellos labios entreabiertos, jadeando por el terror al que se había visto arrastrada, quizás la mantuvieran viva un poco más de lo esperado.
―¡Abbadon! ―le llamó la atención Helmet.
Él elevó una comisura de los labios y decidió que ese momento no era el apropiado para enfrentarse a ellos.
Quizás se había visto forzado a tomar dicha elección al ver la daga de acero himmelsk que tenía Xwînxwar en una mano, o porque Cainan había hundido un poco más la hoja en la garganta de su general, que ahora balbuceaba con la boca inundada de sangre.
―Está bien ―accedió, levantando ambas manos mientras daba ese paso atrás que antes le había parecido impensable―. Alistair, llévatela.
En cuanto pronunció aquellas palabras, el príncipe pudo moverse.
Se debatió entre lanzarse al cuello de su amo o arrancarle de la mano la daga al vampiro Drăgoi y degollar a su general.
Ninguna de esas dos opciones era posible, puesto que él tan solo era un peón más.
La ponzoña que corría por sus venas le impedía seguir sus impulsos, aunque eso no significaba que no soñara con ello.
En contra de lo que hubiese querido hacer, como única respuesta, asintió.
Sin dejar que Herleva diera una opinión que pudiera empeorar la situación, la sacó casi a rastras.
Tras verlos salir, Abbadon se dirigió al rey.
―Ya está a salvo la honra de la muchacha. De momento, claro.
―Ella queda fuera de tu alcance ―le advirtió Helmet.
―Todos estáis a «mi alcance» ―amenazó―. Ahora, suelta a Rău o no respondo de mis actos, «hermano».
―Todavía no lo entiendes, ¿verdad? ―replicó el líder Drăgoi con media sonrisa, caminando un paso hacia él―. No puedo permitirlo.
Abbadon soltó una carcajada errática y gutural que reverberó en su garganta, como si mil voces demoníacas rieran a la vez.
―¿Tú, escoria? ¿Tú vas a impedírmelo? ¿Es que has perdido la poca sensatez que heredaste de padre?
¡No eres nadie! Solo el «segundo» ―pronunció con desprecio―.
Incluso nuestro hermano Xerab sería capaz de destrozarte en un instante siendo el tercero ―volvió a reír, mirando hacia Athelstan―.
¿Habéis hecho un pacto con él? ¿Contra mí?
―rio aún más fuerte―. ¡Estáis locos! Eee…
eee… eso es ―tartamudeó de rabia―. ¡Sois dos putos trastornados que habéis pensado que uniendo vuestros patéticos ejércitos podréis vencerme! ¡A mí! ―vociferó.
―Sí, ¡a ti! ―Se adelantó Helmet―. ¿Es que crees que puedes seguir haciendo lo que te venga en gana sin que yo te pare los pies?
―Mequetrefe insignificante ―agregó con más desdén todavía―. ¿Sigues pensando que vas a tener la más mínima oportunidad de vencerme? ¡Llevo más de diez mil años aguantándome las «ganas» de borrarte esa asquerosa sonrisa de la cara! Si no fuera porque…
―¿Porque qué, Abbadon? ¡Habla claro! ―exigió.
―No voy a perder el tiempo contigo.
―¿Padre te lo prohibió? ―preguntó, mostrando los colmillos―. ¿Es eso? ¿Limitó tu locura para… protegerme? Dime, ¿es eso lo que te ha retenido? ―Su voz reverberó por todo el salón, provocando que la patrulla Ursu avanzara hacia ellos.
Al ver la determinación en el rostro de los suyos, Abbadon levantó la mano para contenerlos. Después, miró a Helmet y también enseñó sus colmillos como advertencia.
En medio de aquel despliegue de odio y envidia ancestral, Athelstan se mantuvo inmóvil y aguantó la respiración.
Esa discusión estaba encauzando el camino a lo que habían pensado Helmet y él, pero jamás imaginó que podría funcionar.
Ahora, el tema del intento de asesinato de Youngblood parecía haberse diluido ante la declaración del Ursu.
En realidad, el rey solo era capaz de formarse una leve idea de lo que pasaba entre los dos por los retazos que iba uniendo de su enardecida disputa, que empeoraba conforme proseguían.
―¿Injustamente? ¡Yo soy su primogénito! ¡Yo soy su igual! Xerab y tú solo fuisteis creados para servirme y engrosar mi ejército.
―Eres un maldito bastardo que no debió nacer.
―¿Nacer? ¡Eso solo lo hacen los animales humanos! Yo fui «creado» ―se deleitó en decirlo― con sus propias manos. Diseñado para ser el más fuerte y ¡el único que ha de gobernaros a todos!
―¡Tú no vales una mierda, Abbadon! ¿Gobernarnos? Tú solo sirves para follar y beber sangre. Si no poseyeras el don de robar la voluntad, nadie te seguiría. ¡Sin la ponzoña de padre no eres nada!
―Cierra la boca o te la cerraré yo mismo ―dijo entre dientes.
―Demuéstralo. ¿Dices que él te prohibió luchar contra mí? ¡Contesta de una vez!
―¡Sí, así es! ―gritó como un poseído.
―Bien, ¡pues te doy la oportunidad de resarcirte! A él le debes la vida de su hombre ―dijo, señalando a Athelstan― y, a mí, el respeto que siempre tendrías que haberme mostrado.
―Te aseguro que lo haría sin vacilar, pero padre…
―¡Ve a verlo! Yo no necesito ni su permiso ni el tuyo, pero si crees que has de arrastrarte ante él por la promesa que te hizo… «Gobernarnos a todos» ―dijo con tono burlón―, ¡pregúntale! Te doy cinco lunas.
―¿Quién te crees que eres para pensar que puedes ordenarme…?
―¡El hijo de Mørket, maldito bastardo sin huevos! ¡El hijo de Mørket! ―repitió, recreándose en cada palabra―. ¡Tú solo eres el eco patético de nuestra sangre, hlafscapa [7] ! ¡Eres una aberración dentro de nuestra propia raza!
―¡Y tú un necio! ¡Un inconsciente! ¿Es que lo estás diciendo en serio? ―preguntó Abbadon, desconcertado.
―Pues claro que sí, ¡puto desquiciado! Por una vez, en tu macabra existencia, ¡tómate en «serio» lo que te digo! ―vociferó Helmet con los ojos inyectados en sangre, perdiendo por completo la templanza que lo caracterizaba.