9. SI GUERRA QUERÉIS, GUERRA TENDRÉIS
A listair, obligado a hacer oídos sordos ante las carcajadas y comentarios obscenos que susurraban los Ursu, condujo con paso firme a Herleva hacia el interior del salón.
Las preguntas se agolparon en la garganta de la normanda, pero no se atrevió a hacer ninguna.
Aterrorizada por las miradas y gestos explícitos de aquellos gigantes, que parecían querer mancillarla y devorarla al mismo tiempo, se aferró con desesperación al antebrazo de su prometido.
Él sabía que lo que estaba a punto de presenciar iba a marcarla para siempre, aunque quizás no tuviera que recordarlo. Abbadon no le había prohibido que no lo hiciera, así que mantendría sus intenciones a buen recaudo, a no ser que su «amo» le exigiera lo contrario.
«No te preocupes. Haré que lo olvides todo», se dijo mientras los pasos de ella se ralentizaban conforme se acercaban al trono.
―Tranquila… ―le susurró.
La joven no respondió. No podía. Era la primera vez en su vida que sentía pavor y la certeza de que podría morir allí mismo sin que nadie pudiese evitarlo. Ni siquiera Alistair.
El silencio angustioso del que se hizo eco la enorme sala al entrar solo fue perturbado por el sonido de sus pasos y de las cadenas de las que un reo trataba de deshacerse. Este los observaba desde el suelo con una expresión similar a la de los hombres que la habían apresado.
Pese a notar bajo sus pies el helor y la dureza de la piedra, Herleva tuvo la sensación de que flotaba. Quizás aquello solo fuera una horrible pesadilla de la que pronto despertaría entre sudores fríos, tal y como había ocurrido en las noches anteriores.
Ni siquiera se inmutó cuando la gélida mano del heredero se ciñó sobre la suya, aunque sintió un escalofrío al notar cómo la apretaba ligeramente.
Tal vez intentaba darle ánimos o advertirle de que no tenía escapatoria.
En ese momento, fue incapaz de distinguir el propósito y también de mirar a quien la obligaba a avanzar.
Toda su atención estaba centrada en el prisionero encadenado al que habían atravesado los hombros con unos enormes clavos.
No entendía por qué Alistair la estaba forzando a ir allí para que presenciara tal atrocidad.
Jamás había sido testigo de una tortura, pero si Blanchard tenía conocimiento de que aquello iba a suceder y se lo había ocultado, no dudaría en degollarlo en cuanto pusiera un pie en el castillo.
―¿Qué hago aquí? ―balbuceó como pudo.
―Os lo he dicho antes. Vuestra realidad está a punto de cambiar. No habléis a menos que os pregunten.
―Pero…
―Silencio y ¡obedeced!
Aquella orden la devolvió a la realidad. Solo era un simple objeto de trueque para él. Para todos. Bajó la mirada, imaginando los horrores por los que podría pasar si cualquiera de ellos la exigía como pago para saldar alguna deuda.
Abbadon se fijó en que los Drăgoi no reaccionaron ante la presencia de la humana.
Esa respuesta le dio a entender que ya la habían visto con anterioridad.
Sin embargo, los ojos curiosos de su general le revelaron que él no la conocía, lo que le resultó chocante.
En realidad, no sabía cuánto llevaba la joven en el castillo, pero estaba a punto de averiguarlo.
Athelstan observó al líder Ursu con un gesto austero.
No sabía qué pretendía al obligar a su hijo a que llevara a aquella frágil muchacha ante casi una veintena de temibles vampiros.
Al menos estaba seguro de que Helmet y los suyos la respetarían en todos los sentidos.
Si no, recurriría a su pacto en el caso de que fuera necesario.
Sin embargo, Abbadon era harina de otro costal.
No sabía qué era lo que esperaba descubrir de ella, aunque no permitiría que la interrogara sin más o que pretendiera hacerle algo mucho peor.
Herleva era doncella. La prometida de su hijo y la garantía de que su reino tendría un ejército digno del rey que era.
No había sacrificado a Alistair de todas las formas posibles para que ahora aquel malnacido quisiera arruinar sus planes por yacer con ella solo por el placer de humillarlos aún más.
―Acercaos ―dijo el rey con firmeza.
―¿A quién tenemos aquí? ―preguntó Abbadon con una mirada hambrienta.
Arrastrado por un deseo súbito e incontrolable, se sintió intoxicado por el delicioso y embriagador aroma que ella desprendía.
La hipnótica melodía que producía el fuerte martilleo de su corazón fue inmediatamente eclipsada por la perfección que exhibía con descaro su nívea piel en contraste con aquellos rosados y tentadores labios.
Ignorando que se trataba de la prometida del heredero y que él aún la llevaba del brazo, se acercó a ella y le ofreció la mano. Necesitaba tocarla. Sentir de cerca el calor que desprendía y provocar en su cuerpo una reacción.
Terror. Curiosidad. Excitación. Cualquiera le valía.
Sin poder contenerse, se pasó la lengua por el labio inferior mientras se recreaba en un pensamiento escabroso que no compartió. Ese gesto grotesco suscitó en la joven aquello que realmente buscaba: repulsión.
Alistair la acercó aún más a su cuerpo y trató de retroceder un paso. Su amo se lo impidió con una orden mental que después dijo en voz alta.
―No tan deprisa, príncipe. ¿Es que no vais a presentármela?
Él trató de negarse. Lo intentó con todas sus fuerzas, solo que fue incapaz de no hacer lo que le había «pedido».
―Abbadon… ―comenzó a regañadientes.
Ante aquella mirada tan parecida a los «hombres» de los que él acababa de salvarla, sin darse cuenta, la joven hundió las uñas en el brazo del inglés, donde su mano temblorosa descansaba.
De forma instintiva, él volvió a ejercer presión, dándole a entender que estaba a su lado y la protegería. Carraspeó y prosiguió.
―Abbadon, «mi» prometida, Herleva ―enfatizó a propósito su posesión hacia ella.
―Herleva ―repitió el Ursu muy despacio, acariciando cada sílaba.
Esta vez, curvó los dedos, cerrándolos sobre la palma con fastidiosa lentitud, incitándola a avanzar.
Sacó la punta de la lengua y se la pasó por la comisura del labio.
Aquel movimiento repetitivo de su mano continuó sin alterarse.
Atrayéndola, insistiendo en que debía aceptarla.
Su deseo por tocarla aumentó aún más. Ella miró con una expresión de horror al heredero, quien, con el ceño fruncido y contra sus propios deseos, asintió para que obedeciera.
Después de ver aquel gesto, incluso Helmet tuvo ganas de incrustar el repugnante rostro de su hermano en la rugosa piedra que estaba bajo sus pies.
Conocía de sobra el tono meloso y lascivo que empleaba antes de violar sin contemplaciones a una mujer.
Lo había oído demasiadas veces, y, aunque la virtud de la bastarda no le importaba en absoluto, no iba a permitir que, por un mero capricho, se desbaratasen todos sus planes.
Miró a la normanda y sonrió para sí. Ella también podría servir como excusa para comenzar la guerra.
Sin duda, aquel era el día de suerte de la joven.
Iba a tener de su lado un ejército de vampiros dispuestos a matar solo por impedir que él se saliera con la suya.
Athelstan se revolvió en su trono y se agarró con fuerza a los reposabrazos ante aquel despliegue de impudicia.
Esperaba que el Drăgoi le diera una señal para terminar con aquella situación, solo que él tenía la vista fija en Abbadon.
Decidió que, por el momento, guardaría silencio; aunque si el Ursu se atrevía a tocar a la muchacha, desataría la tempestad que estaba desarrollándose en su interior.
A Herleva, que se sentía asqueada y aterrorizada al mismo tiempo, le fue imposible comprender por qué Alistair le exigía aquello. Con la respiración entrecortada, casi a punto de perder la consciencia por la ansiedad que le estaba produciendo tener que obedecer, estiró el brazo.
Abbadon entreabrió los labios y se acarició el borde de los dientes superiores con la lengua.
Sujetó la mano de la joven entre las suyas y se deleitó con su tacto.
El contraste de su calor con el frío de su propio cuerpo fue como si un latigazo le cruzara la espalda.
Aquella sensación acabó dirigiéndose de inmediato a su entrepierna, despertándola ante todos.
Ignorando a cuantos lo observaban, el líder Ursu imaginó que la chica y él se encontraban a solas.
Se tomó más tiempo del razonable para acariciarle con el pulgar el dorso de la mano porque estaba imaginando cómo sería tenerla bajo su cuerpo o arrodillada.
La maldita normanda lo excitaba y atraía de una forma que dudaba mucho que no terminara en su lecho.
Si no esa noche, pronto. Muy pronto. Quisiera o no.
―Abbadon ―intervino Helmet, cansado de verlo babear por una humana que no tendría de ninguna manera.
―¿Sí, «hermano»? ―Se llevó a la nariz la mano de ella para recrearse en su aroma.
―Rău, tu general, está esperando.
―¿Y…? ―sonrió mientras besaba la piel de Herleva.
Aquello fue el colmo.
―¡Apartaos ahora mismo de ella o lo vais a lamentar! ―le gritó el señor de Inglaterra, entendiendo que su hijo no había podido hacerlo por hallarse bajo su control.
El líder Ursu se giró hacia el rey y chasqueó la lengua.
Perfiló una sonrisa cargada de deseo cruel, promesas de placer y dolor entremezclados que solo Helmet fue capaz de captar.
Para el resto, su semblante parecía el de un desquiciado a punto de lanzarse al cuello de cualquiera con la intención de alimentarse hasta matarlo.
Al menos eso fue lo que vio Athelstan en él.
―No os exaltéis, mi «rey» ―respondió Abbadon en tono burlón. Acto seguido, soltó la mano de la joven―. ¿Veis? ―agregó, abriendo los brazos y mirando en rededor―. Solo quería… presentarme.
―Pues ya lo habéis hecho. Alistair, llévala a sus aposentos ―ordenó el inglés sin mucho éxito, puesto que su hijo no se movió.
―Aún no he acabado con ella.
―Sí lo has hecho, Abbadon ―lo cortó Helmet, cansado de tanta estupidez.
―No sabéis divertiros ―dijo el Ursu con un tono quejicoso.