Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 8. GUERRERO, DE NUEVO NOS VEMOS #4
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8. GUERRERO, DE NUEVO NOS VEMOS #4

Se apartó del árbol y comenzó la vuelta al campamento, incapaz de ofrecerle de nuevo la mano. De hecho, se preguntó por qué ella había accedido antes si todavía pensaba en Alistair.

―Yngvar ―repitió su nombre para retenerlo―, ¿a dónde vais?

―Lo entiendo. Él es… fue vuestro esposo.

―Os equivocáis, guerrero. ―Sus palabras sonaron con el peso del dolor―. Él no me importa. De hecho, ya no tengo la menor duda de que nunca me quiso. Cometí el error de dejarme llevar por un sueño infantil que me empujó a aceptar su descabellada proposición.

El errante se mantuvo con el rostro impasible; pero, por dentro, deseaba despedazar a aquel que la había engañado y traicionado.

―¿Y qué es lo que os ha inducido a creer que os mintió? ―dijo, obligado por su necesidad flagrante de conocer toda la historia―. En la posada, no parecíais… desencantada.

El semblante de Alana se ensombreció al oír aquel reproche. No se lo esperaba y tampoco creyó merecerlo.

―Disculpadme ―se retractó enseguida, dando un paso hacia ella―. No he tenido ningún tacto y os pido perdón.

―No sé qué os llevó hasta allí.

―Mi deber de protegeros.

―¿Y vuestro «deber» era entrar en nuestra alcoba para decirme que él no me merecía?

Esta vez, fue Alana quién reclamó una compensación por su comportamiento.

―No. Sabéis que no ―confesó sin dejar de mirarla.

Ella afirmó, sintiendo que sus ojos se empañaban.

―Debía estar segura. Necesitaba oírlo y verlo por mí misma.

Al advertir cómo caían las primeras lágrimas por sus mejillas, él eliminó la distancia que los separaba y se atrevió a borrarlas de su rostro.

Encontrarse con su mirada fue una tortura, y se arrepintió en el acto por haberla tocado.

El fuego en sus ojos volvió a consumirlo y lo desarmó por completo.

No existía una sola parte de su ser que no anhelara rozar su piel de nuevo, que no deseara romper la barrera impuesta que existía entre ambos.

―Debí acompañaros al castillo ―murmuró mientras interceptaba el camino de otra lágrima.

―¿Y qué hubierais hecho? ―replicó expectante, recreándose en el calor de sus dedos.

El silencio que se coló entre ellos no estaba vacío, sino repleto de todo lo que no se atrevían a decir. Él, porque era un sacrilegio. Y ella, al no sentirse preparada para enfrentar aquello que el guerrero despertaba en su interior y que aún no era capaz de aceptar.

―¿Por qué abristeis la puerta de nuestra alcoba, Yngvar? ―susurró, deseosa de conocer la verdad.

Él cerró los ojos un instante. Hubiese sido más fácil darle la espalda y marcharse.

Se dijo que tenía que enterrar esos sentimientos que habían nacido en su corazón nada más verla.

Sin embargo, el hechizo que parecía tenerlo atado a ella con cadenas invisibles le impedía irse sin más.

Cuando volvió a mirarla, Alana seguía esperando una respuesta.

―Mi deber era protegeros. ―Volvió a escudarse en aquella verdad.

―Y el mío, salvaros a todos. Pero eso no es lo que acabo de preguntaros.

―No lo sé ―admitió en voz baja―… o tal vez sí. Si el rey sospechara de mí, de lo que siento, de que me he enam… ―se detuvo, incapaz de continuar.

Se separó de ella, dudando de que lo que sentía no fuese un error. En el último momento, se dio la vuelta y la miró. Alana se humedeció los labios. Un gesto simple, pero que en él provocó un torrente de emociones. Sus dedos se crisparon de nuevo sobre su daga, su única ancla en ese momento.

―Ni siquiera Eirik puede ir en contra de Sus designios.

―¿Y esto lo es? ―La señaló a ella y después a sí mismo.

El silencio los envolvió de nuevo. La distancia entre ambos era escasa, aunque parecía un abismo imposible de cruzar. O tal vez solo fuese miedo. Miedo a lo que sucedería si daban un paso más allá de lo que se esperaba de ellos.

―Es tarde, guerrero. Mañana he de partir de nuevo hacia mi hogar. Vidar y los suyos me acompañarán.

―Iré con vos.

―Os lo iba a pedir, pero ya no sé si es buena idea.

Yngvar recorrió los pocos pasos que los separaban y la miró desde su altura. Sin prestar atención a quién pudiera estar observándolos, la sujetó con suavidad de los hombros.

―Iré con vos ―repitió sin titubear―. Y es verdad, nos salvaréis a todos. Pero yo… iré… con vos ―insistió una vez más cerca de sus labios.

Alana esbozó una sonrisa que iluminó su rostro.

―Está bien, guerrero. Como desees.

Aquella fue la primera vez que lo trató como a un igual, y no sería la última.

Él, emocionado por ese significativo acercamiento, le ofreció la mano, que ella entrelazó con la suya sin titubear.

Caminaron hacia la tienda que la joven tenía asignada y se despidieron con la promesa en firme de verse a la mañana siguiente.

En cuanto la vio entrar, Nîga se levantó de su lecho. Leala ya estaba durmiendo, pero ella había sido incapaz. Tenía demasiada curiosidad y le era imposible quedarse sin saber qué había ocurrido.

―Alana, ¿qué ha pasado? ¿Por qué has tardado tanto?

―Tenía que aclarar algo con… él.

―¿Y lo has hecho? ¿Ya te ha dicho que te ama?

―¡Nîga!

Ambas rieron por aquella pregunta, que, pese a ser demasiado precipitada, no era para nada errónea.