8. GUERRERO, DE NUEVO NOS VEMOS #3
Todos sus pensamientos se paralizaron un instante cuando él hizo un gesto casi imperceptible elevando los hombros. Ella no pudo distinguir si se estaba rindiendo o la instaba a contestar un «sí».
―Supongo que, después de las dos largas jornadas de camino que nos ha costado llegar hasta aquí, oír el murmullo del río junto al crepitar de las hogueras puede ser lo que… necesite.
Él formó una efímera sonrisa y avanzó una mano a modo de invitación a fin de que fuese delante.
Recortó el camino yendo entre las tiendas para que los que se cruzaban con ellos dejaran de observarlos.
Era imposible que no ocurriera. Todos los errantes reconocían el aura de la Elegida, así que aceleró para dejarlos atrás.
De pronto, se lamentó por no haberle ofrecido el brazo. Hubiera sido la ocasión perfecta para poder rozar la piel de su mano. El Destino fue muy considerado con él, puesto que, antes de llegar, Alana tropezó con una raíz saliente que no vio al haber mirado un momento las estrellas.
―¿Estáis bien? ―dijo mientras la sujetaba entre sus brazos.
Yngvar, perdido en el azul oscuro de sus ojos, supo que jamás habría una errante para él.
Si Dios había decidido que caminara solo por la tierra, lo aceptaría de buena gana; pero nunca sentiría aquel fuego en sus entrañas y el deseo de hacer el mundo desaparecer solo por estar un instante devorando su boca.
―Sí, gracias ―respondió, apoyándose en sus fuertes antebrazos.
Alana se debatió entre alargar un poco más ese roce o salir huyendo. Esa dualidad que ya empezaba a serle conocida, la hizo sonreír.
―¿Qué? ―preguntó él al ver aquella expresión que no logró descifrar en su rostro.
―Ya podéis soltarme.
―Lo sé ―susurró.
Acto seguido, se mordió ligeramente el labio inferior y asintió antes de retirar sus manos, que ahora sentía vacías al estar alejadas del contacto de su cuerpo.
Esta vez, no se lo pensó y le ofreció una, deseando con todas sus fuerzas que ella la aceptara.
Alana, sobrecogida por aquel atrevimiento, pestañeó varias veces al entender por fin sus intenciones.
Sin ser consciente de que estaba atento a todos sus movimientos, dejó escapar un leve suspiro antes de notar cómo él ceñía con suavidad sus dedos alrededor. En realidad, no supo por qué accedió, pero todo en ella le había pedido sentir aquel calor que desprendía su piel.
―Solo os he ofrecido la mano para evitar que tropecéis y os caigáis de bruces ―bromeó, tratando de que volviera a recuperar la sonrisa.
Y lo logró. Su comentario la animó a continuar con aquel juego inocente. Al fin y al cabo, no se conocían. Y eso era algo que su alma rogaba porque dejara de ser así.
―Muchas gracias, guerrero ―agregó con un tono burlón―. En todas partes es conocida la torpeza de las inglesas caminando.
Alana puso los ojos en blanco. Él rio al ver aquel gesto, algo que la animó a continuar.
―Pero no os riais, ¡es cierto! ―Y prosiguió―: ¡Solo Dios sabe cuánto he rezado para que apareciera un hombre fuerte y valeroso con un brazo lo suficientemente fornido que me sujetara con firmeza con el fin de evitarme pulir el suelo con mi rostro!
Ambos dulcificaron el gesto por aquella enrevesada invención hasta que el silencio tomó las riendas y los empujó a continuar caminando.
La noche se extendió sobre ellos cual manto infinito de sombras y estrellas.
El viento frío del norte sopló a través de los árboles, como si susurrara secretos olvidados.
Al llegar, ella se soltó. Después, se arrodilló en la orilla y hundió la otra mano en las heladas aguas. Cerró los ojos, disfrutando de aquel instante de libertad que la transportó a su anterior vida durante el tiempo que dejó que el agua corriera entre sus dedos.
Yngvar hizo lo mismo al tiempo que mantenía una lucha entre ceñirse a su deber u oír a su corazón.
Deseando que le diera una pista para tomar un camino u otro, se apartó y acabó apoyando la espalda contra el tronco de un roble centenario.
Con la vista perdida en el perfil de las copas de los árboles, que apenas estaban iluminados por la luz de la luna, notó cómo la mano con la que había sujetado la de ella se cerraba sobre el mango de su daga.
Alana se mantuvo a dos codos de distancia, mirando hacia el río.
Su mente le jugó una mala pasada y volvió al instante en que oyó a Alistair confesar que empezaba a amar a aquella muchacha.
Después se recreó en el beso que compartieron.
Uno muy similar al que le había dado a ella nada más prometerle amor eterno.
Mientras lidiaba por dejar atrás esos recuerdos, Yngvar sintió su esencia tan palpable que lo obligó a cerrar los ojos para no ceder a la tentación de volver a mirarla.
Pero era inútil. La incontrolable y febril atracción que sentía por ella era como si la luz del mismo sol corriera por sus venas.
Esa obsesión ilícita lo estaba volviendo loco desde la primera vez que la vio en el bosque.
Pero ahora era mucho peor. Y esa dulce llama lo subyugaba cada vez más.
Todo se debía a su mera proximidad, y contra eso no podía luchar.
―¿Y ahora… qué? ―preguntó él en voz baja. Casi un susurro que el viento se llevó con su gélida danza.
La Elegida tardó en responder. Cualquier palabra que dijera podría ser un error.
―Ahora seguiremos adelante ―dijo al fin, sin mirarlo.
―¿Eso es todo? ―preguntó algo decepcionado. Esperaba que ella le contara por qué había regresado al castillo.
Alana se dio la vuelta y caminó un par de pasos hacia él.
Uno de sus mechones se soltó sin permiso y ondeó con la brisa durante un momento.
Yngvar imaginó lo fácil que sería atraparlo entre sus dedos y olvidarse de cuanto se esperaba de él.
Podría rendirse al deseo que lo estaba consumiendo para forzar ese beso en el que era incapaz de dejar de pensar.
Sin embargo, no se movió.
―¿Qué esperabais? ―dijo sorprendida. Su voz sonó más áspera de lo que pretendía, como si esas palabras escondieran un reproche.
Él no respondió enseguida, sino que se quedó observándola en silencio mientras trataba de descifrar aquello que parecía atormentarla.
La mirada que le devolvió terminó de minar la entereza del guerrero. Yngvar sintió como si pudiera leer sus intenciones, sus más profundos anhelos. Aquellos preciosos ojos parecían ver más allá, y a él le estaban atravesando el alma.
―Respuestas, Alana.
Oír cómo Yngvar decía su nombre le erizó la piel de la nuca.
―¿A qué…?
Entrecerró los ojos hasta que entendió qué era lo que le estaba pidiendo. Negó con la cabeza mientras una sonrisa en forma de susurro se escapaba de entre sus labios.
―Queréis saber por qué me fui.
―Sé que no tengo derecho a preguntaros.
―Y aun así lo hacéis.
Se retaron en silencio. Un duelo efímero que interrumpió el ulular de una lechuza en una rama.
―Regresé para asegurarme de… algo.
Yngvar soltó una risa seca, amarga.
―¿Y os… asegurasteis?
Alana miró al suelo, aunque poco después clavó sus ojos en el guerrero, que parecía estar exigiéndole explicaciones.
Como si un halo de energía hubiese impactado contra su pecho, distinguió en él el reflejo de su propio tormento.
Lo que presenció en el castillo la había cambiado para siempre, y lo que dijera a continuación también sellaría el destino de quien esperaba frente a ella con el corazón retumbándole en el pecho de tal forma que no tuvo dudas de cuál era el motivo.
La Elegida trató de decirlo en voz alta. Lo intentó con todas sus fuerzas. Solo que no pudo. Lo que calló fue lo único que quedó flotando en el aire, ahora cargado de secretos y emociones contenidas.
―Yngvar… ―susurró su nombre en un tono que lo atravesó como una daga afilada.
Él apretó los puños, defraudado. Aquel silencio le dolió mucho más que oír de sus labios que aún amaba al príncipe. Pero no debía desfallecer. No podía permitirse caer en la trampa de sus propios sentimientos. No con ella. No ahora, después de haber confirmado lo que más temía.
―Será mejor que nos vayamos ―dijo el errante. Su tono sonó como un murmullo de desesperación y algo más.