8. GUERRERO, DE NUEVO NOS VEMOS #2
―Eirik ―dijo la Elegida―, el motivo de pediros asilo para mi familia es que Alistair no va a parar hasta encontrarme en cuanto se declare la guerra entre Abbadon y la alianza que han formado Helmet y Athelstan.
Por eso he traído conmigo a mi madre, pero necesitaré volver a mi hogar para avisar a mi padre y a mi hermano, que regresarán en unos días.
Os pido como favor personal que una de vuestras patrullas me acompañe para protegerlos hasta llegar aquí.
Ninguno de los tres puede volver a Felsted. Es… Su palabra.
―Por supuesto que vuestra familia y vos podéis quedaros. Siempre os protegeremos.
―Gracias, Eirik.
―Pero, Alana, ¿os he entendido bien? ―preguntó Eirik―. ¿Habéis dicho que habrá una guerra entre vampiros? ¿Es esa la que he visto en mis visiones?
―Sí. Ahora he de pediros algo que vais a rechazar de pleno, pero que es vital que aceptéis para que la verdadera batalla que hemos de librar contra Mørket comience en el momento preciso.
―Perdonad ―intervino Gudrun―. No os comprendo, Elegida. ¿Si Abbadon y Helmet luchan entre ellos, no creéis que este sería el «momento perfecto» para tratar de acabar con ambos, aprovechando que se están matando entre sí?
Vidar asintió. Incluso el propio Eirik terminó por darle la razón.
Brina, angustiada por la posibilidad de que alguno pereciera, se sentó.
Asvoria se colocó a su lado y le sostuvo la mano.
Sus dos hermanos, sin embargo, caminaron hasta posicionarse entre su padre y el de la casa Strøm.
Los príncipes lo admiraban desde hacía siglos, y más aún por todo lo que les había enseñado en las últimas semanas.
―Es razonable que penséis así, general Gudrun ―prosiguió ella―.
Quizás en otra época no hubieseis dudado en aprovechar tal ventaja, pero no se está decidiendo la guerra que lleváis tanto tiempo esperando.
Esto solo es el principio. Deberéis tener paciencia.
Miles de años os separan desde vuestra creación hasta hoy.
Ha sido un largo camino, y aún habréis de esperar un poco más. Es lo que ÉL os pide.
―Eirik, ¿de verdad vamos a ser testigos de cómo ambos bandos luchan sin intervenir? ―dijo Vidar, que hasta ahora se había mantenido en silencio.
―Guerrero, entiendo vuestras reticencias. ―La voz de la Elegida sonó mucho más grave―. Es más, formar parte de esa batalla sería lo más razonable. Pero ni vos ni yo debemos cuestionar Sus decisiones.
―¿Y no podéis estar equivocada? ―agregó el rey―. Me dijisteis que no volvería a tener visiones y acabo de describiros dos de las más nítidas que he experimentado nunca.
―Buena apreciación. Vuestros dones os han sido devueltos porque necesito que protejáis a mi familia. ÉL me ha concedido lo que le pedí después de mi visita al castillo. Todo, en realidad, forma parte de Su plan.
―Entiendo. ¿Y pudisteis aclarar…?
―No hizo falta ―lo cortó―. Y tampoco importa ya. En poco tiempo, cinco lunas máximo, comenzará esa guerra. Van a unirse muchos más. Los dos harán acopio de fuerzas oscuras que hace siglos que no veis. Aun así, permaneceréis en la sombra hasta que seamos convocados.
―¿Estáis convencida de eso, Alana? ―inquirió Eirik.
―Por ahora, sí. Os confieso que es una sensación muy desalentadora tener la seguridad de algo que luego puede que cambie.
Mi intención no es causar el caos, sino todo lo contrario.
―Miró a los presentes uno a uno―. Hay algo que debéis entender, y es que el futuro no está escrito por completo.
Las múltiples opciones que se nos ofrecen cambian las ramas que tomamos por el árbol de decisiones de nuestra vida.
Por ejemplo, en función de que hoy elijáis confiar o no en mí, el mañana de todos será diferente.
El rey paseó sus ojos por los suyos y respondió por ellos.
―Nosotros siempre confiaremos en vos, Elegida ―dijo con devoción y se arrodilló.
Acto seguido, como si aquel movimiento hubiese sido ensayado con anterioridad cientos de veces, algo que ella supo que jamás había ocurrido, la familia al completo y los dos generales hicieron lo mismo.
―Nuestro Padre está en vos ―continuó Eirik―. Y solo ÉL tiene la última palabra. Si no entendemos sus designios es porque nuestra mente aún está demasiado obtusa y es incapaz de ver el tapiz final de su obra. Perdonadme si he dudado un instante. Nunca volverá a ocurrir.
A Leala se le hizo un nudo en la garganta. Nîga, impresionada por aquella declaración, jamás pensó que sería testigo de la fe inquebrantable de sus peores enemigos. Alana dibujó una preciosa y consoladora sonrisa en sus labios antes de asentir.
―En pie, errantes ―pidió con orgullo―. Dios espera grandes cosas de nosotros, pero todo será a su debido tiempo.
Primero, Thyra y Oskar han de regresar. Este periodo de calma es un regalo que se nos hace para afrontar lo que ha de venir.
Descansaré esta noche y volveré mañana a mi casa.
Como ya os he dicho, necesito que una de vuestras patrullas nos proteja en el camino de vuelta.
En cuanto la obedecieron, el de la casa Eide no dudó en ofrecerse para llevar a cabo tal misión.
―Si me lo permitís, mi rey, me gustaría ir con ella. Sé exactamente qué guerreros formarán la escolta.
―Por supuesto, si le parece bien a la Elegida.
―Os lo agradezco mucho, Vidar. Solo os haré una petición, y es que el guerrero Yngvar de la casa Knutsen nos acompañe. Conoce a mi hermano, y sé que él estará más tranquilo si hay una cara amiga entre vuestras filas.
―Por supuesto ―aceptó el primer general.
―Podemos salir al amanecer. Ellos tardarán unos cuantos días en regresar, pero prefiero esperarlos a no llegar a tiempo.
―Sí, Elegida ―añadió Vidar.
―Mi hija Asvoria os acompañará a vuestra tienda ―dijo el rey.
La joven errante, feliz por estar a su lado, se puso en pie.
―Yo también iré con ellas, Eirik ―anunció Brina.
―Os lo agradezco de todo corazón ―expresó Leala.
Tras despedirse, Alana miró a su madre y después a Nîga, quien tenía el gesto serio, como si estuviera sopesando algo importante.
Ya le preguntaría cuando se encontraran a solas.
Ahora debía afrontar a alguien del que había estado huyendo en cierto modo y del que no volvería a separarse cuando el Destino tuviera a bien unirlos para siempre.
Cuando salieron de la tienda principal, Brina y Asvoria comenzaron una conversación un poco más distendida con Leala y Nîga sobre cómo había sido el camino hasta llegar al campamento.
Alana no les prestó atención. Estaba demasiado sumida en sus pensamientos, esperando a alguien. Sin darse cuenta, caminó más lento, quedándose rezagada unos cuantos pasos. Necesitaba sentir el fresco de la noche, hasta que oyó la voz del errante reverberando dentro de su cuerpo.
―Habéis regresado ―dijo Yngvar, aproximándose.
Al ver que ella se detenía en seco para hablar con el joven, las cuatro hicieron lo mismo con la intención de esperarla.
Nada más reconocerlo, la vampira las azuzó sin recato.
Sentía que ambos necesitaban un poco de intimidad.
Estaba convencida de que entre ellos había «algo», aunque aún no sabía cómo definirlo.
Ninguna se atrevió a oponerse.
―Guerrero, de nuevo nos vemos ―respondió ella, ladeando ligeramente la cabeza mientras lo observaba a través de sus rubias pestañas.
―Vestís como una campesina. ¿Y las ropas del ejército Drăgoi con las que partisteis?
―preguntó de forma hosca. Ni siquiera supo por qué soltó aquello―.
Quiero decir ―carraspeó para tratar de suavizar aquel comentario inoportuno―, que me he fijado en que ni la «No Muerta» ni vos las lleváis puestas ya.
Nada más acabar, se arrepintió. Avergonzado por ser incapaz de dirigirse a ella sin parecer un necio, desvió la mirada hacia la hoguera más cercana.
Temía haberla importunado. Temía que ella pensara que su única preocupación fuese que las hubieran seguido los vampiros.
Aquellas suposiciones acabaron por resquebrajar la confianza con la que se le había acercado.
Sabiendo que no podría desdecirse, guiñó con ambos ojos un instante y se regañó por haber empleado ese tono acusador que no venía al caso.
―Bueno, no queríamos alertar a vuestro pueblo sin necesidad ―aclaró ella―. Ambas decidimos que cambiarnos antes de llegar al campamento era la mejor opción.
Su voz llevó a Yngvar a regresar a su rostro. El tono que empleó le sonó más dulce y perfecto que el canto de cualquier pájaro. Además, no halló ningún tipo de inflexión en él que pudiera dar pie a que pensara que se había molestado por su impertinencia, sino todo lo contrario.
Agradeció en silencio su suerte.
―¿Sabéis…? ―agregó divertida, sosteniendo a duras penas media sonrisa―. Acabo de darme cuenta de que sois muy observador.
El brillo enigmático en sus ojos y cómo acarició con su aliento aquellas tres últimas palabras lograron que él perdiera el hilo de lo que iba a decir. Aunque se había propuesto no hacerlo, se quedó con la mirada fija en sus labios mientras aguantaba la respiración.
―Lo soy ―acabó reconociendo―. ¿Os apetece dar un paseo hasta el río? Aún es pronto para…
Yngvar no pudo terminar la frase. En realidad, no supo si fue por tener que aceptar que esa noche también dormiría solo o por si ella podía oír que su pulso se había disparado al imaginar cómo sería besarla.
Alana lo miró a los ojos y acabó entreabriendo ligeramente los labios mientras sopesaba su respuesta.
Aquellos dos pozos oscuros parecían estar rogándole en silencio que aceptara su proposición.
En realidad, no estaba cansada. Y ni siquiera sabía si sería capaz de dormir con la tensión de tener que volver a Felsted.
Tal vez, cuando toda su familia estuviera a salvo, podría tomar una decisión en firme de cómo llevar esa situación.
Solo habían pasado unos días desde que había encontrado a Alistair con…