8. GUERRERO, DE NUEVO NOS VEMOS
C on la noche ganándoles terreno, Alana, Leala y Nîga prosiguieron hacia el campamento de los errantes.
El bosque se alzaba ante ellas como un manto de sombras vivientes.
Las ramas de los árboles, desnudas por el frío y retorcidas por el paso del tiempo, parecían querer arañar el cielo parcialmente encapotado.
El viento se filtraba entre el follaje con un susurro como de advertencia, que ignoraron a propósito, mientras la tierra bajo sus pies, mullida por las hojas caídas y la humedad, absorbía cada una de las livianas pisadas con las que se desplazaban.
Alana, de repente, bajó el ritmo frenético que mantenían desde mucho antes del alba y comenzó a andar con la mirada fija en un punto que solo parecía ver ella.
Su cuerpo estaba tenso, atento a cuanto sucedía a su alrededor.
Su madre la seguía en silencio. Con el rostro contraído por el cambio tan grande que veía en su pequeña, tenía los labios apretados y la vista anclada en un camino por el que jamás había transitado antes.
Temía que fuesen atacadas por las almas oscuras que acechaban no muy lejos y que llevaba presintiendo desde bien entrada la tarde.
Compartirlo en voz alta había sido un acierto, puesto que su hija también las había notado.
Nîga, quien con una seguridad apabullante le prometió a Leala que nadie lograría hacerles daño, cerraba la marcha.
Su figura espectral, que ahora iluminaba con timidez la luna, parecía fundirse con las tinieblas.
Sin esperarlo, el aire frío trajo consigo el aroma de varias fogatas lejanas y piezas asadas. Eso significaba que el campamento de los errantes estaba más cerca de lo que pensaban.
La Elegida se dio la vuelta y las miró.
―¿Oléis eso? ―les susurró.
―¿El qué, hija?
―Fuego y carne a la brasa.
―Yo no huelo a nada ―reconoció Nîga.
―Yo tampoco ―se sumó Leala.
―Bueno, yo…
Alana se quedó callada al entender que solo ella era capaz de atravesar la protección del campo Parêzvanan, que impedía que ambas percibieran aquellos deliciosos olores.
De hecho, cayó en la cuenta de que la primera vez no le había prestado atención a que también pudo hacerlo.
Ser quien era le proporcionaba ciertas ventajas, y cualquier ayuda en mitad de aquellos sombríos bosques era inestimable.
―No te preocupes, cariño. ―Leala le puso la mano en el antebrazo con la intención de darle ánimos―. Venga, continuemos.
―Sí, madre. Falta poco para llegar ―añadió, y se llevó un dedo a los labios a fin de que se mantuvieran calladas. Alguien se acercaba.
De la nada, ocho fornidos errantes las rodearon. Sin mediar palabra, hincaron la rodilla en el suelo y dijeron en voz baja:
―Bienvenidas, Elegida y Portadora.
Su madre se tapó los labios con las manos y ahogó un grito. Aquellos guerreros, con las cabezas gachas, no solo mostraban sus respetos hacia su pequeña, sino también a ella misma. Leala se sintió sobrecogida y, por primera vez, fue consciente del duro camino que le esperaba a su hija.
Tras ponerse en pie, uno se dirigió a ellas.
―Señoras, no estamos lejos ―dijo con suavidad―. Por favor, manteneos dentro del círculo que formamos a vuestro alrededor.
Alana asintió. Mostrando una leve sonrisa que iluminó su rostro, respondió:
―Sí, guerrero. El rey Eirik nos espera.
Nîga, un poco molesta por haber sido ignorada, frunció el ceño.
―Desde luego, los errantes no son nada amables con los vampiros aliados. Y si nos reciben, es por obligación.
Leala, incluso con lo poco que la conocía, le lanzó una mirada de reprimenda.
―No digas eso, por favor ―la regañó Alana―. Guerreros, ella es Nîga, de la casa Drăgoi. Os garantizo que es y siempre será nuestra aliada. Así que os ruego que la tratéis como tal.
Ellos se miraron entre sí sin entender por qué la Elegida les pedía algo que sabían que iba contra natura. Confiar en una enemiga acérrima no era algo que pudieran hacer sin más.
―Mi señora ―dijo el que había hablado antes―, comprended que lo que nos pedís es un acto de fe.
―Exacto. Y os aseguro que yo tengo fe en ella.
Los guerreros asintieron, tratando de asimilarlo.
―Acompañadnos las tres, por favor ―acabó diciendo.
―Gracias ―respondió Alana.
El grupo se internó en el bosque justo en el momento en que las nubes despejaron la luna decreciente para permitirle que alumbrara un poco más el camino.
De manera inesperada, ante ellos, extendiéndose en un inmenso claro, preservado por la naturaleza misma y los dones de los protectores, se alzaba el campamento.
Leala se quedó maravillada al ver cientos de tiendas de lona oscura que se dispersaban en líneas bien trazadas.
Cada poca distancia, habían colocado una antorcha, y, separadas por diez o doce codos, ardían varias hogueras para mitigar el frío de la noche.
Figuras envueltas en capas de piel y tela gruesa patrullaban en los límites del asentamiento y dentro de él.
Las miradas agudas de aquellos guerreros eran una dura advertencia, hasta que reconocieron el aliento de Cristo en dos de las recién llegadas.
Uno de los guardias dio un paso hacia ellos.
Era un errante de estatura imponente, con el rostro marcado por cicatrices y una armadura ligera que llevaba los signos de muchas batallas.
Su mano descansaba sobre la empuñadura de su espada, pero no la desenvainó.
Sus ojos grises se fijaron en Alana con un brillo de esperanza y admiración.
―Buenas noches, Elegida ―la saludó con un tono quebrado. Sin duda, la herida en su garganta era la responsable de su peculiar voz grave y rasgada.
Ella se acercó mostrando en su mirada un profundo agradecimiento por su sacrificio en una lejana batalla de la que tenía la seguridad de que jamás oiría hablar.
―Hermano ―dijo el líder del grupo que las había acompañado―, protegedlas con vuestra vida.
―Buenas noches, guerrero ―respondió ella en nombre de las tres―. Venimos a ver al rey. Os ruego que nos llevéis ante él, hace rato que nos está esperando. ―Se giró hacia la patrulla y agregó―: Gracias a todos por vuestra entrega y valentía durante tanto tiempo.
Ellos bajaron la cabeza, agradecidos ante aquella declaración, y volvieron a sus puestos.
―¿Portadora? ―susurró él al percatarse de la esencia de su alma. Avergonzado, hincó la rodilla en el suelo.
―¿Vuestro nombre? ―preguntó Leala con un hilo de voz al ser testigo del fervor de aquel errante.
―Oddvar, mi señora.
―Poneos en pie, por el amor de Dios ―insistió ella.
Él obedeció al instante.
―Disculpadme por no haberos reconocido.
―Ni lo mencionéis. Ahora, si sois tan amable, necesitamos descansar un poco. Si podéis indicarnos dónde podemos hacerlo… ―dijo como excusa para apartarse de aquellos que, con devoción, la miraban sobrecogidos. Se sentía abrumada por tal deferencia.
―Antes iremos a ver al rey ―añadió Alana con un gesto amable.
―Por supuesto ―dijo el guerrero―. Por favor, acompañadme.
Esa noche Eirik estaba cenando en la tienda principal con su esposa y tres de sus hijos.
En cuanto le fue anunciada su presencia, ordenó que las dejaran pasar.
Al ver de nuevo juntas a madre e hija, sintió una fuerte descarga que le recorrió todo el cuerpo.
Como si aquello fuera una señal para despertar algo que había dormido en su interior a la espera de ser activado de alguna manera.
De repente, supo que nunca le sería revelado, puesto que no era necesario. Por acto reflejo, sonrió.
―Habéis regresado… ―dijo él, levantándose de su asiento.
―He cumplido mi promesa y he llegado antes de los diez días que os aseguré, rey Eirik. ―Alana le devolvió la sonrisa―. Y veo que estaba equivocada ―soltó sin más―. Vuestras visiones han regresado, y por una buena razón.
Brina, al reconocer a Leala, se llevó una mano al corazón y se puso en pie. Formando en su bello rostro una expresión que contenía júbilo e incredulidad, caminó hacia ella.
―Dios ha oído nuestras plegarias ―susurró con los ojos llenos de lágrimas, mirando a una y a otra.
Al momento, Vagn, Thorkell y Asvoria también se levantaron e hicieron una reverencia.
La vampira sintió que estaba fuera de lugar. Miró al rey y bajó la cabeza un instante. Después, se dirigió hacia la salida.
―No te vayas, Nîga ―agregó Alana con firmeza.
―Yo creo que no debería estar en esta reunión ―respondió confundida.
―No, amiga mía. Precisamente tú… has de quedarte. Sin ti, no hubiera sobrevivido. Te ruego que dejemos de discutir esto una y otra vez. Mantente siempre a mi lado, es lo único que te pido.
La vampira asintió, volviendo a colocarse donde le había indicado.
―Ahora, Eirik ―prosiguió la Elegida―, necesito que me contéis con detalle qué es lo que habéis visto en ambas visiones.
―No entiendo cómo sabéis que he vuelto a tenerlas, pero os aseguro que no qué se me ha enseñado en ellas.
―Tampoco yo elijo lo que se me muestra. «Su» sangre me habla. Me dice lo que necesito conocer y cuál es el siguiente paso.
―Si preferís que mis hijos se marchen…
―No ―dijo con una leve sonrisa―, han de quedarse. ¿Vuestros generales ya están al corriente de…?
―Solo lo he compartido con Brina ―agregó, poniéndose a su altura y pasándole una mano por los hombros.
―Será mejor que los hagáis llamar. Hay algo que has visto que también me ha sido revelado. Algo de lo que debemos hablar y que no os va a gustar nada.
Eirik ordenó que sus generales Vidar y Gudrun se presentaran en la tienda enseguida. Tras llegar, el rey les informó del regreso de su don y cuanto había visto en cada uno de aquellos sueños vívidos.
El primero acababa de cumplirse. La Elegida y la Portadora estaban allí, aunque aún no sabían cuál era el motivo.
―Nunca esperamos veros en el campamento, Leala ―confesó el líder errante.
―Lo cierto es que yo tampoco pensé que vendría ―contestó ella.