Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 7. ¡ME ATREVO! #3
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7. ¡ME ATREVO! #3

―¡Eso no va a pasar! ―intervino Athelstan con el semblante algo demudado mientras el otro continuaba vociferando.

―¿Acaso creéis que voy a dejaros con vida después de esto? ―agregó Abbadon, barriendo con la mirada a cuantos allí se encontraban.

―Espero, entonces, que empieces por él ―rugió el rey señalando al prisionero.

―¿De qué demonios habláis? ¿Por qué está preso?

Helmet se mantuvo en silencio. Xwîn se colocó a su lado, satisfecho por haber provocado que el hermano de su señor perdiera los estribos.

―Vuestro general ha arrojado a mi mano derecha, el capitán Landon Youngblood, por la almena. ¡Su vida pende de un hilo! ―exclamó Athelstan, golpeando el brazo de su trono.

Abbadon se volvió hacia Rău, pidiéndole respuestas con la mirada. Él bajo la suya y torció el gesto. A su amo no podía mentirle.

―¿Has hecho lo que dicen? ―Silencio―. ¡Mírame y responde!

―Lo hice, amo ―reconoció al fin―, ¡pero Alistair lo ha convertido sin obtener vuestro permiso, señor!

―¿Qué tú qué…? ―gritó Abbadon―. ¡De rodillas!

Alistair, sin poder controlar sus movimientos, acabó tal y como había demandado el Ursu.

―Contesta, ¿por qué lo has hecho? ―agregó, adelantando un paso hacia él.

―¡Era la única manera de que viviera! ―rugió el heredero con la voz rasgada por la desesperación.

―No tenías ningún derecho a utilizar mi sangre para tal empresa. ¡No sin mi autorización!

―¿Es que vais a criticar que haya tratado de salvarle la vida cuando ese perro es el culpable de la situación en la que nos encontramos? ―bramó Athelstan, golpeando de nuevo con el puño.

―¿Y tú no dices nada, «hermano»? ―le reclamó a Helmet―. ¿Cómo fuiste capaz de permitírselo? ¡Sabes que está prohibido!

Él sonrió y sopesó muy bien sus palabras antes de responder.

―Primero, no puedes culparlo por lo que ha hecho.

―Su voz sonó gélida como el acero. Elevó el mentón y se deslizó por la estancia―.

Y, Segundo, me parece irónico que, precisamente tú, seas capaz de decir eso cuando los tuyos convierten a diestro y siniestro.

¡Tú mismo lo hiciste con él! ―gritó enfurecido, señalando al príncipe―.

De todos modos, Alistair tiene razón. No había otra manera.

Eso sí, Rău es el único culpable, y sabes que, según nuestras leyes, su existencia ahora le pertenece al rey.

―¡Tú no puedes decidir qué voy a hacer con mi general! ―espetó Abbadon con los ojos inyectados en sangre.

―Y yo, como rey de Inglaterra, ¡no acataré vuestras órdenes tampoco! Así que tenemos un dilema, porque no voy a ceder más. Si Youngblood muere, quiero su cabeza.

―¡No! ―gritó Rău.

―¡A callar! ―ladró Abbadon fuera de sí.

Se acercó a él y lo golpeó en la nuca con la mano abierta. Su general miró al suelo, apretando la mandíbula.

―Rey Athelstan, olvidáis el trato que tenemos…

―Y vos no sois consciente de que prefiero morir antes que permitir que vuestro perro se salga con la suya. Landon es un gran soldado. Fiel como nadie. El mejor hombre de todos los que hayáis conocido.

―¿Incluido vos? ―se burló el Ursu.

―Cuidado, «hermano» ―soltó Helmet.

―¿Te atreves a contradecirme?

―¡Me atrevo! ―Avanzó un par de pasos más hacia él―.

Te juro por nuestro padre que, como no permitas que Athelstan decida sobre el animal al que un día nombraste «general», no podré apoyarte.

El rey está en su derecho. Teníais un trato, y esa escoria lo ha pulverizado.

Si fuese al revés, «hermano», ¿¡qué harías! ?

Abbadon se sorprendió al ver que él apoyaba al inglés. En cierto modo, tenía razón. Si alguien hubiera intentado acabar con la vida de Rău, ninguno de ellos podría hablar, puesto que ya los habría aniquilado.

Miró a su vampiro y después al impertinente humano que ocupaba el trono. El príncipe aún seguía de rodillas con una expresión de querer arrancarle la cabeza.

―Él ya es uno de los nuestros, Athelstan ―murmuró el Ursu con una sonrisa sutil en la que mostró sus afilados colmillos―. Matar a mi guerrero no le devolverá la humanidad.

―Lo sé, pero saciará mi sed de venganza ―contestó, poniéndose en pie.

Su cabello rubio brilló con la luz de las antorchas―.

Youngblood es mi mano derecha y Alistair es mi hijo.

Ahora están bajo vuestra influencia, pero no permitiré que él ―agregó, mirando con desprecio a Rău― no responda ante sus actos.

De pronto, la discusión se vio interrumpida por un grito femenino de puro terror que procedía de las escaleras.

Herleva, cansada de que su prometido se decidiera a hacer acto de presencia, había seguido a una criada para bajar por otro camino distinto.

Allí se topó con una veintena de hombres enormes con colmillos amenazadores.

Dos de los más fieros, nada más verla, la habían aprisionado entre sus cuerpos.

―¡Dejadme ir! ―exigió Alistair.

―¿Y ella es…? ―quiso saber Abbadon.

―Su prometida ―intervino Athelstan―. La moneda de cambio del ejército normando.

―Traedla aquí ―exigió el vampiro.

El líder Ursu hizo un gesto con la mano, liberando al heredero. Él, sintiendo un extraño nudo en las entrañas, salió corriendo en su busca para salvarla.

Herleva, en cuanto fue capaz de tomar resuello, gritó su nombre.

―¡Alistair!

―¡Soltadla! ¡Es una orden!

Los vampiros obedecieron al instante; pero solo porque Abbadon, mentalmente, les había obligado a ello.

―¿Qué está pasando? ―preguntó ella entre hipidos.

―Que vuestra realidad está a punto de cambiar.