7. ¡ME ATREVO! #2
Antes del mediodía, un mensajero Ursu irrumpió en el campamento de los suyos como alma que lleva el diablo.
Al llegar a la tienda principal, se detuvo solo un instante a pedir la venia, aunque no esperó a que lo anunciaran.
Aquella temeridad podría acabar con su existencia, pero la información que le traía a Abbadon era demasiado importante como para perder un tiempo crucial en formalidades.
Sabía que lo que estaba a punto de contarle no iba a gustarle nada.
Y, mucho se temía que, después de todo, no dudara en descargar su cólera en él.
Se acercó a pocos pasos, hincó una rodilla en el suelo y bajó la cabeza en señal de sumisión.
―Señor, os traigo nuevas desde el castillo.
Abbadon, que se encontraba revisando unas misivas con unos informes que llevaba días esperando, ni siquiera apartó la vista del pliego que estaba leyendo antes de responder.
―¿Nuevas? ―preguntó mientras decidía a qué zona enviaría las siguientes diez patrullas.
―Señor ―repitió para recuperar parte del aplomo que siempre se debía mostrar ante él―, el general Rău se encuentra prisionero. El rey lo ha encadenado en la sala del trono y está permitiendo que Helmet y Xwînxwar lo torturen.
El jefe Ursu apartó un poco las cartas de su rostro, incrédulo. Esta vez, lo miró directamente. Con seguridad, había oído mal sus palabras.
―Eso es imposible ―dijo con vehemencia―. Mi hermano no se atrevería a ponerle la mano encima ni tampoco permitiría que Xwînxwar lo hiciera. ¿Por qué estás ante mi presencia inventándote esa falsedad? ―agregó, poniéndose en pie.
El joven vampiro, cuya lealtad le pertenecía a la fuerza, bajó aún más los hombros hacia el suelo.
―¡Mírame, muchacho! ―exigió Abbadon. Él obedeció.
―Lo he visto con mis propios ojos, señor. He olido su piel abrasada y la sangre derramada de sus muñecas y… de todo el cuerpo.
Sin casi poder apreciar el movimiento, el líder avanzó hacia él y lo sujetó del mentón para escudriñar sus ojos.
―¿¡Han osado torturarlo!? ―gritó a su acólito, acercándose un poco más. El infeliz tembló como una hoja ante su feroz agarre.
―Sí… sí, señor ―balbuceó.
―Pero ¿por qué? ¿Qué razón han dado para semejante ultraje? ―escupió con los ojos desorbitados.
―No lo sé, señor. Tampoco me dieron oportunidad de preguntar. Me sacaron a rastras de allí. Querían que os lo comunicara cuanto antes.
Abbadon rechinó los dientes y lo soltó de malos modos. El esbirro se sintió aliviado al instante. Pensaba que se había librado de su ira.
Craso error.
Al siguiente pestañeo, recibió el impacto de su puño en plena mejilla.
Aquel golpe lo impulsó varios codos hacia atrás y le produjo un feo corte por el que sangró profusamente.
De forma instintiva, se llevó la mano a la cara.
Bajó la mirada, convencido de que era preferible aceptar lo que viniese a continuación sin resistirse.
Prefería mostrar sumisión antes que arriesgarse a que empeorara el castigo.
―Prepara una patrulla de cincuenta guerreros. Cuando los tengas, avísame. Iremos al castillo a por Rău, y, de paso, tal vez me entretenga arrancándole los ojos a Xwînxwar por su atrevimiento.
El joven asintió una vez y salió para hacer justo lo que le había pedido. En cuanto comenzó a buscar a los capitanes, cayó en la cuenta de que marcharían hacia una situación de la que jamás pensó que sería parte. Y de la que, sin duda, desearía no haber sido nunca testigo.
Abbadon, cegado por la indignación, ordenó a un sirviente que le llevara a tres doncellas. No necesitaba sexo, sino la tibieza de su sangre para sentir todo el empuje y vigor que esta le proporcionaba.
Tal vez les arrebataría la vida.
Tal vez las dejara vivir.
El sabor de la primera muchacha lo apaciguó un poco, hasta que una verdad surgida de la nada le dio de lleno. Desde hacía un tiempo, Rău no estaba cumpliendo con sus expectativas. Días atrás, había perdido ante Erke y ahora se había dejado atrapar. Algo no encajaba.
De pronto, tuvo la sensación de que su general parecía haber olvidado que su ineptitud sería castigada con dureza. Cerró los ojos, y la debilidad de la segunda chica le recordó que ninguno de ellos debía tenerla en ninguna circunstancia.
Al enterrar los colmillos en la tercera, se colmó de vida y resolución. Se encontraba cerca de averiguar qué había ocurrido y también de exigir satisfacción por el ultraje contra su vampiro más devoto.
El paso del tiempo fue lento y agobiante. Sobre todo, para Rău, quien no dejaba de exigir que lo liberaran, ignorando las heridas en sus muñecas, que se curaban y laceraban sin descanso por el roce de las cadenas con sus frenéticos movimientos.
Con cada queja obtenía como recompensa un golpe, un insulto o alguna parte de su cuerpo bajo las brasas.
Contó todas y cada una de aquellas vejaciones.
E igual que el hierro que hundían en su carne, se le grabaron a fuego en la mente.
Colérico, juró a los presentes que acabaría con sus vidas y les prometió que, por mucho que le rogaran la muerte, no se la concedería hasta que, enloquecidos, amaran la tortura a la que iba a someterles.
En un momento dado, Athelstan, Alistair y Helmet abandonaron la sala.
Los dos ingleses necesitaban un descanso, y el vampiro debía alimentarse.
Abbadon llegaría en cualquier momento. Sabía que recibirlo sin beber aquella cantidad de sangre era un riesgo que no estaba dispuesto a asumir.
En cuanto se saciara, enviaría a Xwîn a hacer lo mismo.
Cinco soldados para cada uno serían más que suficiente para enfrentarlo en el caso de que se le ocurriera comenzar una pelea.
Padre e hijo volvieron a los aposentos de Alistair. Querían comprobar el estado de Landon. Terrel les comunicó que cada vez estaba más apagado, pero que aún no había fallecido.
De pronto, los soldados abrieron la puerta y apareció Helmet con Wêranker y Bêwestan.
―¿Qué hace ella aquí? ―preguntó el heredero de malos modos al líder Drăgoi. No soportaba a Bêw, ya que la culpaba de lo que había sucedido con Alana.
Helmet pasó por delante del príncipe, ignorando a propósito su queja, y se dirigió al rey.
―Ellas acompañarán a vuestro hombre en la transición ―dijo, acercándose―. Athelstan ―obvió el tratamiento para que el humano viera en él a un amigo, no solo a un aliado―, hoy no podéis distraeros con nada ni con nadie. Hay mucho en juego.
El inglés asintió, bajando la mirada. Todo por cuanto había luchado estaba a punto de desmoronarse, y temía que su reino jamás llegara a recuperarse de esa batalla.
El enfrentamiento cuerpo a cuerpo iba a ser descarnado, cruel y muy desigual para los suyos.
Pero ¿qué otro remedio le quedaba? Ser el esclavo de Abbadon hasta su propia muerte sería el peor de los castigos.
Y no estaba dispuesto a que su pueblo fuese el alimento de aquellos monstruos durante el resto de sus vidas.
Mostrando arrestos en sus ojos, se dirigió a Hereward, quien no esperaba tener que compartir esa situación con las dos vampiras.
―Ellas te protegerán, amigo mío. Haz cuanto te digan porque de eso dependerá tu vida.
―Mi rey, ¿creéis que es seguro? ―dijo el capitán con un gesto de preocupación al fijarse en ambas.
―Jamás has estado más seguro que con ellas ―afirmó Athelstan dibujando una sonrisa cansada.
Un soldado volvió a abrir la puerta, Xwînxwar pasó y cerró tras él mostrando una expresión decidida.
―Están cerca, señor ―se dirigió primero a Helmet y después miró a los demás―. Será mejor que bajemos.
Su líder enderezó la espalda, sintiendo un cosquilleo en la nuca por el enorme enfrentamiento que estaba a punto de acontecer. Se dirigió al señor de Inglaterra y dijo con voz firme:
―Detrás de vos, rey.
Ellas se miraron y se acercaron a la mesa. Se sentaron lo más alejadas de Terrel a fin de no empeorar la situación. Bastante tenía ya el humano como para llevarlo más al límite.
―Bien, capitán ―comenzó Wêranker―. Ahora debéis prepararos para un cambio en Youngblood que tendréis que asumir sin discusiones. Seguid nuestras órdenes y manteneos en segundo plano cuando os lo digamos. En el momento en que despierte, necesitará alimentarse para completar la transformación.
―No soporto que habléis de él como si fuese a comportarse como un… como un…
―Como un vampiro ―dijo Wêr, acabando su frase―. Si confiáis en él y no os protegéis, moriréis.
―No son noticias halagüeñas.
―No.
―Me encargaré yo misma de traer a dos criadas para su sustento ―intervino Bêwestan―. Si no podéis soportar verlo beber sangre, tendréis que salir de la alcoba.
Él asintió despacio mientras miraba a su compañero de batalla y fiel amigo. Todo estaba cambiando para los dos. Y Landon sería testigo de cuanto sucediera de ahí en adelante… hasta la eternidad.
El sol comenzaba a descender cuando Abbadon llegó al castillo rodeado de su tropa. Frenético, irrumpió en la sala del trono. La estampa que vio allí acabó por incrementar su enojo y a punto estuvo de perder el control.
Rău, su primer general, se hallaba encadenado como un ladrón. El resto miraba impasible mientras Xwînxwar laceraba su pecho con un hierro al rojo vivo y gritaba:
―¡Voy a atravesarte como a un cerdo!
Abbadon fue incapaz de asimilar que uno de los suyos, un Ursu, estuviera siendo ultrajado de aquella manera.
Como si el mismo dios del viento lo empujara, se acercó al acólito de su hermano y lo sujetó del brazo.
El Drăgoi, sin inmutarse, clavó sus ojos en él, conteniendo una sonrisa de satisfacción.
―Abbadon, ¡suéltalo! ―exigió Helmet.
Con la mirada turbada por la ira, desoyó aquella advertencia y lo empujó contra la mesa.
El enorme estruendo que produjeron todos los elementos de hierro al caer no le supuso ningún inconveniente a la voz del líder Ursu, que tronó sin problemas por encima del ruido exigiendo que liberaran a Rău mientras extraía aquella mortífera lanza de su guerrero.
Al acabar, la arrojó con rabia al otro extremo del salón.