7. ¡ME ATREVO!
H erleva se despertó de un sobresalto tras sufrir otra horrible pesadilla.
Su respiración entrecortada parecía la de un animal acorralado a punto de ser cazado de la forma más cruel.
No entendía qué le estaba sucediendo. Desde que se encontraba en el castillo, una sensación de intranquilidad se había apoderado de ella.
El aire en esa parte de Inglaterra le resultaba más denso, como si un manto de tinieblas la acechara a todas horas con la promesa de llevarla al borde de un abismo insondable para arrojarla sin piedad hacia el fondo.
Se destapó con brío, disgustada. Al ponerse en pie, el suelo helado enfrió en su cuerpo súbitamente la fina y febril capa de sudor con la que había amanecido.
Retirando con el dorso de la mano los restos que le perlaban la frente, caminó hasta una mesita cuadrada donde había un jarrón y una jofaina.
Echó un poco de agua y hundió un pañuelo.
Después, se enjugó las gotas que le resbalaban por el rostro, el cuello y el pecho.
Allí hacía un frío de mil demonios, pero se sentía como si estuviera en la cueva más profunda del infierno.
Y casi así era.
Cerró los ojos, tratando de recuperar el aplomo y la confianza con la que había llegado. El tiempo pasaba muy lento, demasiado, o quizás fuese que ansiaba con desesperación que los suyos aparecieran de una vez.
El viento matutino rugía furioso a rachas intermitentes, azotando las pequeñas ventanas con saña mientras arrastraba con él jirones de niebla.
La escasa claridad que se filtraba por las espesas nubes le auguraba otra jornada en la más angustiosa oscuridad.
Tal vez fuese porque la única luz que iluminaba su alcoba procedía de una pequeña lámpara de aceite casi extinta.
Ese ambiente le recordó a un ataúd, un encierro impuesto provocado por el inoportuno accidente de Youngblood.
Furiosa, se mordió la lengua y acabó blasfemando por lo bajo.
Era incapaz de dejar de pensar en que aquel apestoso inglés tendría que comportarse como un verdadero hombre y morirse de una buena vez.
Se acercó a la chimenea y añadió un par de troncos. Entre el frío que se colaba por alguna rendija, que no había encontrado aún, y el fuego que ardía en su interior iba a enfermar con tanto contraste.
Decidida a terminar con aquella incertidumbre que la estaba volviendo loca, tiró con rabia de la cinta que colgaba de un lateral del lecho para que la vistieran.
Se había pasado buena parte de la noche con la esperanza de que Alistair utilizara la excusa de su tutor para volver a verla.
Pero el silencio fue la única respuesta que obtuvo, y la estaba devorando.
De malos modos, cogió el manto de piel con el que se había tapado para dormir y se arrebujó con él.
Sus manos, temblorosas por el berrinche, competían con el vaho errático que dibujaba su aliento.
Odiaba Inglaterra, aunque reinaría en esas tierras a costa de su propia vida solo porque él se lo había pedido.
«Étienne, ¿dónde estás?», se preguntó cerca de las llamas, que simulaban un baile sincronizado en los dos extremos de un mismo tronco.
Dejó escapar un suspiro para recomponerse.
Su mente estaba repleta de pensamientos enrevesados que martilleaban su corazón con insistencia.
Enfadada consigo misma por dejarse arrastrar por ellos, se cogió el puente de la nariz mientras le dedicaba innumerables injurias a Alistair.
La luz de la aurora se abría paso tras las colinas, y él seguía sin presentarse.
La sensación de que algo oscuro y terrible se cernía sobre el castillo la inundó.
Conforme se lo dijo, sacudió la cabeza para apartarla.
«Basta, Herleva. Todo se debe a que estás cansada y…
sola». Chasqueó la lengua, decepcionada por la reacción desmedida a la falta de consideración de su prometido, que ya debería haber ido a darle los buenos días.
Tendría que someterse de nuevo. Algo que empezaba a cansarla y que no había hecho más que comenzar.
Pese a todo, no era mujer de esperar. Su impaciencia, aquel veneno que la hacía moverse siempre en busca de su propio beneficio, la espoleó a abandonar la alcoba en cuanto le fuese posible.
Abrió con cautela y oyó unos pasos raudos que parecían acercarse.
Se asomó al corredor y puso los ojos en blanco al reconocer a la insufrible sirvienta que los había interrumpido la noche anterior.
Dejó la puerta entornada. Se conformaría con ella por el momento, más tarde exigiría que la atendiese otra.
―Señora… ―susurró la muchacha aterrorizada, haciendo una pequeña reverencia.
―Vísteme ahora mismo.
A toda prisa, la chica aceptó de buen grado cada una de las exigencias de la normanda, que no dejaba de tratarla de forma denigrante.
En cuanto estuvo lista, le ordenó que, al atardecer, se presentara con la responsable de las criadas.
Necesitaba hablar con ella, ya que no estaba nada satisfecha con sus modales.
La joven, con el rostro demudado por lo que sus quejas le iban a suponer, asintió mientras aguantaba las lágrimas.
Angustiada por el posible castigo, volvió a hacer una genuflexión y salió sollozando hacia las cocinas.
Tras verla marchar, Herleva formó un mohín de desprecio en su rostro que acabó por adornar con una sonrisa ladeada.
Si se la quitaba de en medio pronto, tanto mejor.
Antes de abandonar la alcoba, cerró los ojos un instante e inspiró profundamente.
Se pasó las manos por el pelo para alisárselo una vez más.
La manera de acicalarse de las mujeres francesas era exquisita y muy elegante.
Sus cabellos, recogidos y cuidadosamente peinados, dejaban la cara despejada.
Algo que, entre los suyos, significaba pureza; y daba la sensación de que cuanto decían era verdad.
Se recolocó con cuidado el fino velo de lino y comprobó que estaba bien sujeto a su diadema.
Abrió la puerta con cautela y miró a ambos lados.
Todo estaba en silencio. Mientras avanzaba de forma apresurada hacia el dormitorio de Alistair, trató de no prestar atención a las sombras trémulas que las antorchas reflejaban sobre los muros de piedra.
Por el camino no oyó ni voces ni pasos, solo el silbido del viento y los latidos de su propio corazón.
En cuanto llegó, los soldados le dijeron que el príncipe no se encontraba allí.
La instaron de malos modos a regresar a sus aposentos.
Ante tal despliegue de brusquedad y las miradas de desaprobación que le dedicaron, prefirió no tentar a la suerte.
Al verse de nuevo encerrada entre aquellas asfixiantes paredes, corrió hacia el ventanuco y lo abrió de golpe.
Se ahogaba.
El viento golpeó su rostro con violencia, colándose cual ladrón en cada recoveco.
Nada estaba saliendo según sus planes. A esas alturas, ya debería estar desposada con Alistair.
Quizás Étienne y ella se habían precipitado al pensar que no habría retrasos ante la amenaza de perder a su hermanastro como aliado.
Poco importaba lo que habían dispuesto para lograr meterse entre sus muros. Todos en aquel cochambroso y fétido castillo parecían ser más importantes que ella.
Inmóvil, con los puños crispados sobre el alféizar, permitió que las primeras gotas de lluvia impactaran en su rostro, resbalando en finas hileras que se confundían con las lágrimas que estaban empapando sus mejillas.
Con un gesto brusco, se las enjugó con el dorso de la mano, odiando su propia debilidad.
No. No derramaría más lágrimas por él. No por un hombre que había dado su palabra, que había jurado que la protegería y que ahora la ninguneaba a la más mínima ocasión.
Clavó la mirada en el bosque que se extendía más allá de las murallas.
Las copas de los árboles se balanceaban con el peso de la tormenta que acababa de arreciar, uniéndose a su protesta por el trato recibido.
El corazón de Herleva latía con la misma intensidad que aquella tempestad.
¿Acaso no merecía más que un destino impuesto?
¿Que una vida dictada por hombres que creían saber lo que le convenía?
Primero fue su padre al engendrar una hija bastarda. Todos le recordaban día sí y día también que era la deshonra de los suyos. Y luego Étienne, quien no había dudado en utilizarla para quedarse con el trono.
Por mucho que se repitiera cuán desdichada era por ser una insignificante mujer, nada ni nadie podía cambiarlo.
Apoyó la frente contra la fría piedra y cerró los ojos un instante, ahogando el grito que amenazaba con escapar de sus labios.
Se llevó las manos a la boca y se derrumbó.
Sollozó por cuanto había perdido y por cuanto no tendría jamás.
Cuando volvió a alzar la vista, su expresión ya no era la de una muchacha rota.
Sus ojos, enrojecidos por el llanto, brillaban ahora con otra emoción.
Determinación.
Si creían que podían decidir por ella, estaban muy equivocados.
Se sentía agotada de tanto aguardar. De no ser más que un simple peón que otros movían a su antojo.
Eso cambiaría esa misma noche. Se entregaría a Alistair.
No aceptaría un «no» como respuesta. Forzaría la situación y estaría segura de tener testigos.
Si Athelstan los encontraba en el lecho, no habría ninguna duda de que él la había poseído.
Un devoto creyente no aceptaría jamás que su vástago deshonrara a su familia.
Menos aún, que no cumpliera el trato en el que él era el más beneficiado… por el momento.
Sonrió un instante y cerró la ventanita. El cielo negro podía descargar su furia durante todo el día, pero pronto vería cómo su destino comenzaba a escribirse.
Con Blanchard o sin él, el trono iba a pertenecerle.