6. UN REY JAMÁS DEBE HACER CONCESIONES #3
Rău volvió a reír como un loco y tiró una vez más de las cadenas.
―¡No os diré una mierda! Aunque os aseguro que me deleitaré con la venganza de Abbadon.
―Ya veo. Entonces, no me das otra opción ―agregó Athelstan―. Helmet…
Él asintió y le pasó el descomunal clavo a Xwînxwar, quien sonrió sin tapujos. Se acercó al general y le sujetó con fuerza de la barbilla, obligándolo a alzar la mirada. Sin apartar los ojos, presionó lentamente hasta hundir el frío metal en su pálida piel a la altura del hombro. Rău no parpadeó.
―Landon parecía un hombre fuerte, ¿verdad?
―dijo el prisionero a Athelstan con un tono de voz que rayaba en la burla mientras ladeaba la cabeza como si estuviera considerando algo―.
Pero incluso los hombres más fuertes caen desde las almenas.
¿Llegasteis a verlo? ―Sonó ido―. ¿Pudisteis oír el crujido de sus huesos cuando golpeó el suelo?
El rey se puso en pie al mismo tiempo que Alistair.
Aquel malnacido se estaba mofando de Youngblood, y eso sí que ninguno de los dos iba a permitirlo.
Helmet, con un movimiento fluido, cogió otro clavo y deslizó la punta por su mejilla, dejando una línea delgada y sangrante que comenzó a cerrarse casi de inmediato.
Después, sin previo aviso, se lo clavó con furia en el otro hombro y hundió sus pulgares para provocarle aún más dolor.
El vampiro Ursu apretó los dientes un instante; sin embargo, no emitió ni un solo sonido.
―Estaba dispuesto a ser razonable ―continuó el dueño y señor de Inglaterra―, pero ya veo que disfrutas tanto del dolor ajeno como del propio, ¿verdad, monstruo?
Helmet, cansado de esperar una confesión que no llegaba, cogió la barra de hierro.
Se acercó a una de las chimeneas que calentaban la sala y la hundió en las llamas.
Cuando estuvo al rojo vivo, le hizo una indicación a Xwînxwar para que le descubriera el pecho.
Disfrutando por adelantado el sufrimiento que sabía que iba a causarle, la presionó a la altura del corazón.
Un siseo brutal llenó el aire, junto con el olor acre de carne quemada.
Esta vez, el general Ursu dejó escapar un gruñido sordo, aunque no pidió clemencia.
El sonido fue suficiente para que el rey Athelstan se pusiera en pie como advertencia.
―¡Habla ya, Rău! ―vociferó con la voz llena de autoridad―. Si no confiesas, ¡conseguiré que me supliques que le pida a Helmet que termine con tu vida!
Él levantó la cabeza. Su respiración agitada iba acompañada de una sonrisa torcida en los labios. Clavó sus ojos negros primero en el rey, después en Helmet y por último en Xwînxwar, al que odiaba con todas sus fuerzas por haberlo vencido.
―De acuerdo, el capitán voló ―siseó al fin con un tono casi divertido―; pero yo no tuve nada que ver. Aunque debo decir que fue un espectáculo digno de ser admirado.
Helmet retrocedió un paso, con la barra de hierro aún en su mano, y se volvió hacia el rey.
―Miente ―dijo con vehemencia―. Lo conozco lo suficiente como para deciros con seguridad que es culpable.
Athelstan descendió los escalones con pasos lentos pero decididos. Se detuvo frente a Rău y lo miró con desprecio.
―Landon Youngblood es mi hombre de confianza. Un guerrero fiel que está luchando con uñas y dientes por sobrevivir, ¡y todo por vuestra culpa! Si te niegas a confesar, no serás más que un ejemplo de lo que ocurre con los que me desafían.
―¿A qué viene esto, Rău? ¿Es que de verdad quieres morir? ―bramó Alistair, que no entendía por qué ahora no quería admitir su culpabilidad cuando antes no le había importado hacerlo.
Él no respondió, sino que alzó las cejas.
También trató de elevar los hombros, pero los tenía inmovilizados y le dolían como dos demonios.
A pesar de su lamentable estado, le imprimió a su expresión un gesto de desafío.
Helmet, a su lado, se preparaba para continuar con la tortura, pero fue el rey quien decidió pararla antes de que se le fuera de las manos.
―Llamad a uno de los suyos y que corra a avisar a Abbadon.
El líder Drăgoi dejó el hierro encima de la mesa y asintió, aceptando la resolución del rey.
―¿Sabes lo que va a hacerte, perro traidor? ―El general Ursu trató de intimidar a Helmet, mirándolo con altanería.
―Nada comparado con lo que yo voy a hacer contigo.
Sin mediar palabra y obviando lo que acababa de ordenar el rey, Xwînxwar le dio un puñetazo con todas sus fuerzas, reforzando así la idea de que tal vez debería empezar a tomarse en serio su situación antes de seguir lanzando amenazas.
Mientras escupía en el suelo la sangre que se le había acumulado en la boca, Rău trató de recordar si los Drăgoi habían logrado vencerlos en algún momento.
La respuesta que voló a su mente fue «nunca».
En realidad, no sabía cómo Abbadon iba a vengar aquella afrenta, pero esperaba que las llamas fuesen las responsables de separar la piel de sus cuerpos mientras él, junto a su amo, desangraba y mancillaba a todas las mujeres del castillo delante de sus narices.