6. UN REY JAMÁS DEBE HACER CONCESIONES #2
Rău se hallaba en el centro, arrodillado y encadenado.
Su piel, demasiado blanquecina incluso para un vampiro, contrastaba con el seco carmesí que manchaba su rostro.
A pesar de la situación, mantenía la barbilla alzada.
Sus ojos, del color del hollín, fulguraban con una mezcla de desdén y provocación.
La cadena que sujetaba sus brazos estaba anclada al suelo de piedra, y los grilletes, ajustados con crueldad, habían comenzado a desgarrarle la carne cerca de las muñecas.
Sin embargo, él no mostraba ningún signo de dolor.
Alistair endureció el gesto al pasar a su lado, pero no dijo nada.
Como si el mismo infierno hubiera decidido arder en su pecho, se debatía entre aceptar que su lealtad debía ser con la casa Ursu o desollar a aquel que había admitido querer asesinar al hombre que le enseñó a luchar, y en quien llevaba confiando su propia vida desde que nació.
Sostuvo un instante más la mirada con el general y avanzó hasta colocarse junto a su padre.
No sabía en qué momento lo habían encadenado, pero la presencia de Helmet con el rostro marcado por la satisfacción le hizo pensar que lo había ordenado él mismo.
En el trono, Athelstan observaba la escena con el ceño fruncido, tamborileando los dedos sobre el reposabrazos de roble macizo.
Sus ojos, tan claros como el azul del día, aunque hundidos, eran los de un hombre acostumbrado a tomar decisiones muy duras.
Sin embargo, la tensión que ahora se acumulaba en su mandíbula traicionaba su bien conocida entereza, puesto que lo único que deseaba era descuartizar al ser que tenía enfrente si se reafirmaba en que él era el responsable de lo que le había sucedido a Landon.
El líder Drăgoi avanzó hasta colocarse a su derecha, obligando al heredero a cambiar de asiento.
Ante la mirada de indignación de Alistair, Athelstan se acercó a su oído y le susurró unas palabras tan severas que terminó asintiendo.
Helmet hizo un gesto que ambos ingleses entendieron de agradecimiento.
En realidad, solo estaba dejando claro quién ostentaba el mismo poder que el rey, aunque ni el padre ni el hijo habían captado semejante sutileza.
El fiero vampiro no se detuvo a sacarlos de su error, sino que enderezó aún más su alta y esbelta figura, que ahora parecía la de un espectro acechante.
Todo él emanaba una amenaza silenciosa, como si su mera presencia pudiera arrancar la valentía de los corazones de los hombres.
Al igual que siempre, vestía de negro de pies a cabeza, solo que ahora había añadido una larga capa que se arrastraba tras él como si un humo lóbrego lo acompañase.
Sus ojos, dos gélidos pozos oscuros, estaban fijos en Rău.
Nadie albergó duda alguna acerca de que sus intenciones eran castigarlo con dureza.
Athelstan lo miró un instante antes de volverse hacia el Ursu.
Nadie podía sospechar que entre ellos había una alianza.
Más bien parecía que el inglés solo estaba soportando su presencia porque no le quedaba más remedio.
Cuando al fin intervino, sus palabras fueron dichas con rabia y su tono dejó al descubierto la promesa del horror.
―Habla, Rău. ¿Tiraste a Landon desde las almenas? ¿Quebraste la lealtad que exigía mi acuerdo con Abbadon?
El vampiro esbozó una sonrisa ladeada mostrando los colmillos, afilados y relucientes, a la luz parpadeante de las teas.
―¿Y si así fuera…? ―respondió desafiante―. Aunque yo no fui ni tuve la culpa de que Youngblood pensara que era un pájaro y que se creyera capaz de volar. No veo cómo mi mano podría ser culpable de que no lo lograra.
El rey golpeó el trono con el puño, y el eco resonó igual que si un trueno hubiera impactado en mitad de la sala.
―¡Basta de juegos, maldita rata! ¡Hablarás antes de que termine esta noche o juro que nunca volverás a ver la luna llena! ―Su voz retumbó cargada de autoridad y furia.
Helmet, enardecido aún más si cabe por la declaración de Athelstan, caminó hacia el prisionero.
Sin apartar los ojos del que lo miraba con insolencia y moviéndose con la elegancia de un depredador, se inclinó lo suficiente como para que sus rostros quedaran a la misma altura.
Se dirigió a él con un tono suave, pero cada palabra llevaba consigo una advertencia.
―Cambia ya esa expresión, Rău. Sabes que no estás en posición de hacer o decir sandeces ―dijo, apartándose enseguida tras oler el hedor que desprendía―.
Podría arrancarte las palabras de los labios, una por una, para luego escribirlas en tu pecho con una daga al rojo vivo.
―Caminó de nuevo hacia el trono y, con parsimonia, volvió a sentarse―.
Xwînxwar me ha revelado que ya has admitido tu culpabilidad.
Por supuesto, lo creo. Aun así, antes de empujar al rey de Inglaterra a declarar una guerra contra tu venerado amo ―Athelstan aguantó la respiración al oírlo―, primero escucharemos tu versión. Dinos, ¿fuiste tú?
Rău dejó escapar una risa seca, casi un susurro que heló la sangre a Alistair; y luego escupió al suelo.
Un gesto conocido que hizo que algunos de los vampiros que lo rodeaban dieran un paso hacia adelante, como si con ese movimiento le estuvieran advirtiendo de que a la siguiente estupidez lo iba a lamentar.
El general Ursu dirigió una mirada de desdén hacia los tres que estaban sentados unos escalones por encima y se detuvo en Helmet.
―Arranca lo que quieras, escoria Drăgoi. Si piensas que con eso me vas a doblegar, entonces subestimas a los Ursu. No le temo al dolor. ¡No le temo a nada!
El príncipe y Xwîn cruzaron miradas. No entendían el cambio de actitud del vampiro, que ahora no quería admitir lo que antes había soltado con tanta facilidad.
Helmet gruñó como una fiera a punto de lanzarse sobre su presa y se enderezó.
Hizo una señal discreta con la mano, y dos de los suyos salieron con pasmosa rapidez.
Al poco, regresaron llevando consigo una mesa baja cubierta con instrumentos que brillaban con un resplandor acerado.
Pinzas de distinto tamaño, largos clavos, una barra de hierro y una daga que desprendía un brillo desconocido descansaban allí, esperando a ser usados.
―¿Qué vais a hacer? ―preguntó Athelstan, que fijó en él una expresión de inquietud.
―Cuanto sea necesario para conocer la verdad ―respondió, impasible―. Si ha herido a uno de vuestros soldados más fieles, está en vos la decisión de obrar en consecuencia. Podéis exigir su cabeza o comenzar una guerra. Sin duda, si fuera uno de mis generales, tendría claro cuál sería mi decisión.
El rey no movió ni un músculo, pero entendió al momento lo que acababa de decirle Helmet.
Si el vampiro Ursu admitía su culpabilidad, bien podía exigir lo que considerara oportuno.
Su vida o la guerra. La razón no le parecía tan importante como para llevarlo hasta tal extremo; no obstante, tendría que ser suficiente dada la alianza que ambos habían sellado con el fin de librarse de Abbadon.
Sin perder el aplomo, dijo lo que el líder Drăgoi necesitaba oír.
―Haced lo que tengáis que hacer para que confiese la verdad.
Helmet asintió y se dirigió hacia la mesa.
Rău lanzaba improperios y maldecía tirando de las argollas con tanta fuerza que las muñecas comenzaron a derramar un goteo incesante de sangre.
Pero el primer hijo de Mørket no se inmutó.
Con deleite, alzó un clavo, que examinó a propósito con lentitud a la luz de las antorchas, girándolo entre sus dedos con una precisión casi delicada.
―No le temes al dolor, ¿eh? ―murmuró con una sonrisa helada, volviéndose hacia el que estaba arrodillado―. Veamos si tu valentía puede igualar a tu afilada lengua.
Athelstan lo observó desde el trono. Su rostro era una máscara de piedra.
Seguía cada uno de sus movimientos con tensión contenida.
Por un lado, quería destrozar a Rău. Por el otro, pese a haber hecho uso de ellas en incontables ocasiones, detestaba las torturas.
Alistair, a su vez, se debatía entre tomar parte por uno de los que ahora eran los suyos y detener aquella barbarie, o permanecer impasible.
Ante la situación inminente, con la indecisión tomando el mando de sus actos, buscó a su padre con la mirada.
Este la mantenía fija en el que sostenía el enorme clavo en la mano.
El rey, absorto en sus gráciles gestos, estaba seguro de que jamás sería amigo de ningún vampiro, ni siquiera de Helmet.
Pero el intento de asesinato de Landon, su capitán más leal, requería medidas extremas.
Al menos eso fue lo que se repitió mientras trataba de convencerse a sí mismo.
Porque una cosa era pensar en la guerra y otra tener la certeza de que aquella bajeza cometida por ese vampiro justificaba que se desatase.
Una pregunta de su hijo lo distrajo de presenciar cómo Helmet se acercaba de nuevo a Rău.
―¿Vas a permitir esto? ―soltó sin más, horrorizado por lo que imaginaba que vendría a continuación.
―Un rey jamás debe hacer concesiones ―dijo en voz alta y miró al vampiro a punto de ser atravesado como un simple madero―. Todavía estás a tiempo de confesar la verdad.