Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 6. UN REY JAMÁS DEBE HACER CONCESIONES
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6. UN REY JAMÁS DEBE HACER CONCESIONES

C ainan, con desprecio y a empujones, condujo hasta la sala del trono a Rău, que amenazaba sin reservas con matar a todos si no lo dejaban marcharse de inmediato.

La patrulla del capitán Drăgoi, disfrutando al máximo de lo que estaba presenciando, no se había despegado de ellos ni un instante.

Los humanos, sin entender qué había sucedido, los seguían en silencio tras la orden del heredero; aunque se mantuvieron unos cuantos pasos por detrás.

Alistair y Xwînxwar aparecieron al momento. El vampiro se acercó a los suyos y dispuso que lo retuvieran allí. Mientras, el príncipe y él subirían al piso superior para avisar al rey y a Helmet. Ninguno de los dos había optado por arriesgarse a no dar la noticia de primera mano.

―Nos vemos ahora ―dijo el joven con un fuego arrasándole por dentro hasta el tuétano.

Tras avanzar por varios pasillos, llegó a la puerta de su estancia.

Al entrar y ver aquella triste estampa, habría jurado que la ira que lo corroía por dentro parecía haber logrado que le latiera el corazón de nuevo.

Por supuesto, sabía que aquello era imposible; pero la maldita sensación no lo abandonaba y le impedía pensar con total claridad.

Aquel tibio intento de recuperar algo de humanidad se desvaneció en cuanto vio a Landon, quien todavía luchaba por sobrevivir; aunque estaba mucho más próximo a la transición de lo que todos creían.

Su padre y Hereward se volvieron hacia él. Ambos con el gesto contraído de preocupación y pena.

―¿Lo has encontrado? ―preguntó Athelstan, cuyas oscuras ojeras mostraban en su rostro la fatiga acumulada.

―Lo ha hecho Xwînxwar. ―Torció el gesto, molesto por no haber sido él mismo. Inspiró por inercia para tratar de controlarse―. Ha ido a informar a Helmet. Nos esperarán en la sala del trono.

―¿Qué ocurre, Alistair?

Él asintió varias veces, tratando de asimilar lo que aquel malnacido había hecho y las repercusiones que traerían sus actos.

―Hereward tenía razón ―agregó mirándolo―. Rău lo empujó. El hijo de puta lo ha confesado sin más.

Terrel, con el rostro desencajado por la ira, se puso en pie, dispuesto a matar a aquel vampiro con sus propias manos. Athelstan lo detuvo poniéndole la suya en el pecho.

―Espera, amigo mío. La venganza se sirve con el corazón frío ―agregó mirándolo a los ojos―. Tienes todo el derecho a querer arrancarle la garganta y ver cómo se ahoga en su propia sangre, pero Abbadon no tendrá clemencia con nuestro pueblo si acabamos con él sin que sepa lo que ha hecho.

―Mi rey, él, todos estos años, ha sido mi hermano en la batalla y fuera de ella. Pero tenéis mi lealtad, y acataré vuestra orden. Aunque juro que, si Landon no se transforma, no habrá lugar en la tierra en el que no lo busque para terminar con su vida.

Alistair elevó el mentón al escuchar aquella declaración que parecía ser a la vez un ultimátum y una promesa.

Algo se removió en su interior. Pese a querer colgarlo hasta ver cómo su cabeza se separaba del cuerpo, Rău era uno de los suyos.

La misma sangre prohibida corría por sus venas, y, aunque antes pensaba igual que Hereward, ahora empezaba a ser consciente de que tendría que rendir cuentas a su «nuevo amo» si formaba parte de su final sin haberle consultado antes.

―¿Qué ocurre, Alistair? ―le preguntó su padre al ver cómo su expresión era algo distinta a la que tenía cuando entró.

―Que os doy la razón.

―Está bien. ―Athelstan, agotado, elevó las comisuras como acto reflejo―. ¿Puedo confiar en que te quedarás aquí? ―le pidió una vez más a Terrel.

Su capitán asintió mientras bajaba la mirada. El cansancio también estaba haciendo mella en su cuerpo y en su mente; por lo que aceptó la orden de su rey, aunque todo en él gritara venganza.

Padre e hijo se dirigieron a la sala del trono con el convencimiento de que aquello iba a suponer un antes y un después. Ninguno de los dos estaba equivocado.

Brina se despertó sobresaltada al notar cómo Eirik se removía en el lecho. Tenía la frente perlada de sudor y el rictus que antes formaban sus labios se había visto interrumpido por un galimatías ininteligible, pero que dejaba claro que algo terrible iba a suceder.

De pronto, se vio pensando si era un sueño o una…

visión. No podía ser lo segundo, ¿verdad?

La Elegida le había asegurado que los suyos nunca más poseerían ese don.

Sin embargo, por todo lo que había compartido con su esposo a lo largo del tiempo, podría jurar que aquello parecía serlo.

¿Era cierto? ¿Su gracia había regresado? Pero ¿por qué?

Con la angustia cruzándole el rostro, preocupada por lo que con toda probabilidad le estaría siendo revelado, se sentó en la cama.

Ahora no le quedaba más remedio que esperar a que abriera los ojos.

No podía despertarlo mientras se encontraba en ese estado.

Tampoco lo había conseguido nunca. Ese trance lo transportaba a una realidad que aún estaba por llegar, y no se le permitía volver hasta que todo lo que debía cumplirse terminaba de mostrársele.

La espera se le estaba haciendo eterna. Incapaz de quedarse quieta, se levantó y caminó hasta la entrada.

Descorrió la pesada tela. Los suyos ya iban de un lado a otro, centrados en sus quehaceres.

Miró al cielo. El amanecer hacía rato que había llegado, aunque las espesas nubes negras parecían querer descargar un diluvio en aquellas sombrías tierras.

La reina conocía demasiado bien las inclemencias del tiempo.

Pese a ser una errante, era incapaz de acostumbrarse al constante frío y a esa luz tenue, que daba la sensación de que rechazaba la presencia de su pueblo.

Cerró y se dio la vuelta con la esperanza de que Eirik despertase. Sus plegarias fueron escuchadas, puesto que estaba parpadeando. Él estiró la mano hacia su lado. Al notar su ausencia, se sentó de golpe.

―Estoy aquí ―dijo ella, acercándose.

―Brina, no puedo creerlo. Ha sido…

―Una visión.

―No. Una no, dos ―reconoció él frotándose la cara con energía.

―¿Cómo dos?

Ella se sentó en el lecho, esperando una respuesta. Eirik bajó la mirada un instante mientras ordenaba sus pensamientos para describirle lo que se le acababa de mostrar.

―Así es, y las he visto con la claridad del principio. De siempre.

―¿Y qué has visto, Eirik? ―insistió.

―La Elegida está regresando, pero no viene sola.

―¿Quién la acompaña?

―La Portadora. Leala, su madre.

―No… no puede ser, esposo mío. ¿Acaso su destino era conocer a nuestro pueblo?

―Alana ha tomado esa decisión y, con ello, ha comenzado el camino que debemos recorrer para llegar a la guerra.

Brina no pudo evitar que sus ojos se empañaran. Eso suponía que muchos de los suyos morirían, pero el Creador los había traído al mundo para ese fin. Y nada impediría que cumplieran con su deber.

―¿Y cuándo será… esa guerra?

―Dentro de trescientos años. Falta muy poco. Pero, antes, habrá una alianza. Un pacto que marcará la diferencia entre ganar o perder.

―¿Un pacto? ¿Con quién?

―Eso no puedo decírtelo, puesto que no me ha sido revelado. Pero sí he sentido que éramos un solo ejército, y el aliento de Dios nos guiaba.

―Eirik, nuestros hijos…

―Todos vamos a la guerra, Brina. Tú, yo. Todos ―recalcó.

―Hemos esperado tanto este momento… ¿Y si se retrasa? ¿Y si solo ha sido un sueño y no una visión?

―Amor mío, creo que sé distinguirlos ―dijo con media sonrisa.

―Pero habías perdido tu don. ¿Y si lo que has decidido que eran visiones tan solo son tus temores?

―Brina ―sostuvo con delicadeza su rostro entre sus enormes manos―, tenemos una oportunidad. No sé por qué mis visiones han regresado. Eso es algo que deberé preguntarle a la Elegida. Tal vez sea porque necesitamos más ayuda de la que pensamos.

―Y ÉL nos la ha concedido ―susurró, dejando que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas.

―Así es. Gudrun ha de partir con Vagn y Thorkell en cuanto ella regrese. Ahora, más que nunca, deben tener éxito.

―Sabes que es un imposible lo que les estás pidiendo.

―No hay nada imposible, amor. ―Se acercó un poco más y depositó un suave beso en sus labios―. Preparémonos, mañana llegarán al campamento y hemos de tener claro por dónde vamos a empezar. Estoy seguro de que Alana sabrá decírnoslo.

―Eso espero yo también.

Eirik se abrazó a ella y terminó de enjugarle las lágrimas. Después de tantos milenios, veían cómo se acercaba el fin. Quizás esos tres siglos parecieran estar muy lejos, pero tan solo eran una diminuta gota que formaba parte del mar del tiempo. Y este comenzaba a agotarse.

La sala del trono siempre había sido un lugar intimidante que sobrecogía a cuantos eran allí recibidos.

El silencio sepulcral con el que Athelstan se encontró al entrar ahora era muy diferente.

Aquella mañana el aire estaba cargado de una tensión densa y sofocante, como un campo de batalla justo antes de que se desatara el caos.

Las antorchas chisporroteaban con llamas oscilantes, proyectando sombras que tal vez pertenecían a almas pasadas que aún penaban entre los muros del castillo.

Al fondo, plasmado en un enorme y basto tapiz, colgaba inmóvil el emblema de la casa de Wessex.

El teñido de sus oscuros azules y dorados parecía querer acaparar la poca luz que alumbraba.

Athelstan y Alistair entraron con la determinación proyectada en cada uno de sus movimientos.

Los únicos que allí se encontraban eran los de la casa Drăgoi, por lo que el príncipe supuso que ellos habían sido los responsables de que sus soldados se marcharan para no ser testigos de un interrogatorio a uno de los de su raza.