5. ESTO SOLO ACABA DE EMPEZAR #3
―Bueno ―agregó, lamiéndose con parsimonia un resto seco de la comisura del labio―, dudo mucho que el tipo pueda oír nada. ¡Los muertos no oyen! ―susurró haciendo un mohín con la nariz y la boca en señal de burla.
―¡Suéltalo, Cainan! ―clamó Xwînxwar, que adelantó un paso con la intención de golpear el suelo con su fea cara.
Alistair levantó la mano, pidiéndole paciencia con la mirada. Abbadon le había ordenado obedecerlo; no obstante, en ese momento, sentía ganas de arrancarle de cuajo la cabeza. Aunque con ese acto se sentenciase a sí mismo.
El Drăgoi asintió, devolviéndole con ese gesto algo de cordura. La mirada del príncipe comenzaba a mostrar fuertes signos de querer vengarse de aquel perro allí mismo.
No iba a permitirlo. No sin que lo viera Helmet y oyera de sus labios lo que había confesado ante todos. Algo que podría serles de mucha ayuda.
―Eres más estúpido de lo que creía ―soltó Alistair, formando media sonrisa mientras parecía haber olvidado a qué casa le debía lealtad―. Landon no va a morir ―dijo recreándose en cada palabra, dejando al descubierto que él lo había transformado.
―¿¡No te habrás atrevido!? ―preguntó el general Ursu, poniéndose en pie. Esta vez nadie se lo impidió.
―Tu destino está en mis manos, Rău. Vayamos dentro, he de avisar a mi padre y vos a Helmet ―añadió mirando a Xwînxwar.
―Si sigues con esta farsa, ¡te arrepentirás! ―lo amenazó mientras trataba de agarrarlo de la capa.
Cainan lo retuvo hasta que Xwîn lo golpeó en la cabeza con tanta fuerza que perdió el conocimiento unos instantes.
―Como vuelvas a decir algo que me moleste lo más mínimo, juro que te degollaré sin pedir permiso. ¿Entiendes lo que digo o prefieres que vuelva a darte una paliza?
El primero de Helmet estaba deseando cumplir su amenaza; pero, por mucho que quisiera separarle la cabeza del resto del cuerpo, no podía acabar con aquella escoria Ursu.
Ese honor se lo había ganado a pulso, con sudor y lágrimas, Qiloçker.
Y no iba a arrebatarle la venganza al que consideraba su amigo por un simple ataque de furia.
A Rău, su advertencia le atravesó las tripas como si hubiera tomado un sorbo de fuego líquido.
Instintivamente, escupió al suelo, muestra inequívoca de desprecio, y levantó el mentón.
Después, miró en rededor con una extraña mueca en la boca, que ninguno de los presentes pudo concretar si era de satisfacción o de pura locura.
―En serio, todos habéis perdido ¡el puto juicio! ―gritó a viva voz mientras reía sin parar―. Vuestros actos tendrán consecuencias tan duras que voy a disfrutar de cada latigazo que recibiréis por este atrevimiento. Empezando por ti, Xwînxwar. ―Lo señaló con el dedo.
―Dudo mucho de que eso llegue a suceder ―le aseguró él con un tono que imponía respeto―. Ahora, hijo de perra, es «a ti» a quien le va a tocar enfrentarse a las consecuencias de sus actos. ―Miró a su capitán―. Cainan, llevadlo a la sala del trono.
―Como ordenéis, general ―dijo con voz grave.
Todos sus vampiros asintieron y, con movimientos coordinados, levantaron a Rău del suelo.
El traidor trató de resistirse, pero las enormes manazas de Cainan se lo impidieron.
Mientras era llevado hacia el interior del castillo, sus pensamientos se llenaron de planes de venganza y muertes despiadadas.
Los soldados ingleses esperaron las órdenes de Alistair, quien hizo un gesto para que siguieran al grupo al interior.
Xwînxwar observó la escena apenas un momento mientras su mente trabajaba a toda prisa, tratando de urdir un nuevo plan.
Esperaba que a Helmet le complaciera porque a él le parecía la solución más acertada.
El error de Rău les acababa de proporcionar una oportunidad, y estaba seguro de que lo que se le había ocurrido iba a ser la clave de todo.
El viento matutino sopló con fuerza, haciendo que las antorchas parpadearan. Echó un último vistazo al patio de armas y se dirigió al joven heredero, cuya expresión de venganza le resultó muy familiar.
―Detrás de vos, príncipe Alistair.
Él asintió. Con esas palabras, el primer hijo de Helmet selló aquella alianza improvisada entre el heredero y los Drăgoi.
Mientras los dos cruzaban las puertas, el sol comenzó a asomarse por el horizonte, bañando el cielo con tonos de fuego que pronto ocultarían aquellos nubarrones que avanzaban imparables.
Xwînxwar sonrió para sí al pensar que Rău les había proporcionado una ayuda inestimable, aunque Youngblood hubiera sido el daño colateral.
Pero Landon no solo era un soldado con una lealtad inquebrantable hacia Athelstan, que había demostrado con creces a lo largo de los años.
Era un buen amigo. Un ser querido tanto para el padre como para el hijo.
Y, después de lo sucedido, ninguno de los dos dudaría en vengar aquella afrenta hacia ellos y el propio reino.
Mientras subía las escaleras, el general se dijo que aquella excusa tal vez fuese demasiado endeble. Pese a todo, estaba convencido de que Helmet bien podría controlar al rey, y, con ello, con seguridad declararían la guerra.