5. ESTO SOLO ACABA DE EMPEZAR #2
Desde la linde del bosque más cercana al castillo, donde casi acababa el campamento de los «No Muertos», antes de entrar al patio de armas, emergió una figura que arrastraba a otra con brusquedad.
El general Drăgoi, de mirada feroz, haciendo uso de una brutalidad que impresionó de mala manera al heredero, avanzaba a grandes zancadas hacia ellos.
Su rostro formaba una expresión delirante de triunfo.
Al verlos, las exigencias de Alistair para que soltara a Rău no se hicieron esperar. Sus órdenes retumbaron con fuerza por los rincones en cuanto vio el estado en el que se encontraba.
Xwîn, no porque el príncipe se lo hubiera gritado a todo pulmón, sino porque había logrado su propósito, lanzó al primero de Abbadon como si fuera un saco de desechos y este cayó a solo tres codos de distancia de donde se encontraba el heredero.
El rostro del Ursu mostraba sin disimulo una mezcla de desprecio y odio profundo, un gesto que no dejó dudas de quién había quedado en segundo lugar.
Cuando se puso en pie, Xwîn lo agarró con fuerza por la nuca.
Era evidente que el general Drăgoi se había empleado a fondo con él.
El de Abbadon, aunque recuperado de la cruenta lucha, mostraba en su rostro las secuelas de la batalla.
La sangre seca manchaba su pálida piel, y sus ropas, ahora hechas jirones en parte, colgaban de su cuerpo como trapos viejos.
Cada movimiento de Xwînxwar era un recordatorio de su derrota, y el peso de la humillación se hacía más evidente con cada paso.
Y es que Xwîn, dado el resultado del combate de su señor con Alistair, había perdido cualquier tipo de autocontrol, compasión o deferencia.
Tampoco había tenido que medir las consecuencias que sus actos acarrearían, puesto que la guerra entre ambos bandos era inminente; aunque uno de ellos ni siquiera lo sospechara.
―No vales ni el polvo que ensucia mis botas ―dijo el primero de Helmet con altivez.
El príncipe, que entendió lo que había ocurrido entre ellos, los miró de arriba abajo con una expresión de asco mal disimulado, aunque sintió cierto alivio al ver de nuevo al general, pese a que este había sido tratado como escoria.
Ese sentimiento le duró solo un breve instante, ya que una oleada de rabia irrefrenable lo devolvió a la realidad.
Si él había empujado a Landon, no vería anochecer.
Caminó con decisión hacia los dos, deseando que Hereward estuviera equivocado.
No quería sentir ningún tipo de clemencia por el estado deplorable de Rău hasta que le confirmara lo que deseaba oír.
Parecía que le hubiese pasado por encima una estampida de caballos salvajes, o, en este caso, los puños del Drăgoi.
Había que admitir que la imagen del vampiro daba pena.
Su rostro manchado de sangre le repugnaba, y todo él apestaba a sudor y a sexo.
A Alistair ya no le quedaba ninguna duda de dónde había estado. Aun así, miró a Xwînxwar y le preguntó para asegurarse.
―¿Dónde lo has encontrado?
―En un burdel, alimentándose y follando como un animal ―rugió al tiempo que le clavaba los dedos en la nuca mientras le obligaba a hincarse de rodillas frente al príncipe.
En realidad, a Xwîn le traía sin cuidado qué estaba haciendo allí Rău.
Lo que había logrado que perdiera por completo la paciencia era que había desperdiciado toda la noche en dar con él, de modo que la sesión de sexo que pensaba tener con Wêranker nada más entregárselo a Helmet se había ido al garete por su culpa.
Pocos instantes después, el sonido de los pasos apresurados de Cainan y la patrulla interrumpió un instante aquella confrontación. Rodearon al retenido y esperaron las órdenes de su general. Sus gélidas miradas, que brillaban con la luz del amanecer, mostraban desprecio y sed de sangre.
Rău cayó con un gruñido, pero no hizo ademán de levantarse. Se limitó a sonreír con los colmillos asomando entre sus labios, todavía manchados de sangre.
―Abbadon te despellejará en cuanto sepa lo que me has hecho. ―rio enloquecido―. Esto solo acaba de empezar…
Alistair lo fulminó con la mirada y, sin previo aviso, lo levantó por el cuello de lo que quedaba de su camisa. Su voz era un susurro gélido, cargado de amenaza.
―Mírame a los ojos y dime que tú no has empujado a Landon.
Él, cuyo rostro aún mantenía una expresión de mofa, soltó una risa ronca mientras su mirada se ensombrecía de pura maldad.
―¿Acaso importa? Youngblood solo es ganado. Si te preocupas por él, es que no te he enseñado una mierda.
Xwînxwar gruñó y dio un paso al frente, pero Alistair levantó la otra mano para detenerlo. Su rabia era un torbellino contenido a duras penas, pero necesitaba respuestas antes de arrancarle esa maldita sonrisa a dentelladas.
―¿Fuiste tú quien lo lanzó desde las almenas? ¡Respóndeme!
Rău, cara a cara frente a él, ladeó la cabeza y lo observó como el que contempla con curiosidad algo que considera insignificante. Esa fingida apatía que marcaba su rostro dio paso a algo mucho más oscuro: una expresión de satisfacción rebosante de altanería y desdén.
―Puede que lo empujara un poco. ―Elevó ambos hombros, como si aquel acto deleznable no tuviera ninguna importancia―. La verdad, no pensé que fuera tan frágil como una mujerzuela siendo un «hombre del rey» ―agregó recreándose en cada palabra mientras empleaba un odioso tono burlón.
El silencio que siguió fue sepulcral. Alistair lo soltó bruscamente, dejándolo caer de nuevo al suelo como el peso muerto que era.
La forma en la que el general Ursu se había tomado a broma el ataque a Landon le heló la sangre.
Ese no era un simple error, había sido un acto deliberado. La cuestión era por qué.
Xwînxwar cruzó los brazos, mirando a Rău con desprecio.
―Eres bazofia. Ni siquiera tienes la decencia de arrepentirte.
El príncipe, sin embargo, se mantuvo inmóvil. Su mente trabajaba a toda velocidad, considerando las implicaciones que iban a tener para su padre lo que había escuchado.
Colérico, con los ojos inyectados en sangre, rompió el silencio. Su voz fue más suave al principio, pero infinitamente más peligrosa.
―Rău, has cometido traición. No solo contra Landon, sino contra el reino. Contra mi padre ¡y contra mí! ―terminó vociferando con la mirada cargada de odio.
El vampiro intentó levantarse, pero Xwînxwar le hizo una señal a Cainan, quien, con una amplia sonrisa, lo sujetó de los hombros, manteniéndolo en el suelo a la fuerza.
―Vaya, vaya… ¿Así que necesitáis más de veinte de los vuestros para retenerme?
―dijo, sentándose con las piernas cruzadas mientras se pasaba la mano por el cabello, pegajoso de su propia sangre―.
¿Y qué harás, mi príncipe? ―agregó, escupiéndole la última palabra como un insulto―. ¿Me ejecutarás aquí mismo?
A Alistair aquella idea no le desagradó. Por suerte, recobró el juicio justo a tiempo.
―No. No te ejecutaré… hoy ―sonrió―. Eso sería demasiado fácil, aunque me «muero» por ver cómo le dices a mi padre y al propio Landon lo que hiciste.