Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 5. ESTO SOLO ACABA DE EMPEZAR
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5. ESTO SOLO ACABA DE EMPEZAR

E l eco de las pisadas de Alistair llevaba resonando en los pasillos desiertos del castillo buena parte de la noche con un compás que marcaba su creciente impaciencia.

Resuelto a encontrar a Rău a toda costa, había regresado un momento a su alcoba para coger la capa, los guantes y la espada como si hubiera presentido que los iba a necesitar.

Aprovechó para comprobar el estado de Landon.

Las largas horas ya transcurridas no habían producido un gran cambio en la agonía del capitán, que seguía consumiéndose a pasos lentos pero inexorables.

Tras volver a salir a toda prisa, sus dorados cabellos y la capa oscura ondeaban tras él dada la velocidad que le imprimía a cada zancada. Sus manos, enfundadas en guantes de cuero, apretaban el pomo de su espada con una fuerza que amenazaba con romperlo.

Había interrogado a cuanto sirviente con el que se había cruzado, revisado las cocinas, cada maldita alcoba y vuelto a bajar incluso a las pestilentes mazmorras.

Nada. Se había esfumado.

Febril por dar con él, subió a las almenas. Los soldados que las protegían juraron no haber visto nada. Le resultó muy extraño, puesto que todos aseguraban que en ningún momento habían abandonado su puesto desde el día anterior.

Alistair se acercó a la zona por donde se suponía que había caído su tutor.

Miró hacia abajo para calcular más o menos el lugar exacto.

Revisó con cuidado cada unión entre las enormes piedras para encontrar alguna pista que pudiera aclararle cómo un soldado experimentado había resbalado para caer por un hueco en el que difícilmente cabría.

Cada vez más convencido de que Hereward podía tener razón, se apoyó en los salientes y gritó:

―¡Rău! ¡Maldito seas, aparece de una vez! ―Su voz reverberó desde lo alto mientras el viento gélido de la madrugada golpeaba su rostro sin piedad.

El vampiro no estaba allí. ¿Habría huido como una rata tras lanzarlo al precipicio?

El heredero se frotó la cara con energía para centrarse.

Primero debía hablar con él. Según le dijera, ya decidiría si creía en sus palabras o, por el contrario, lo degollaría por haber tratado de asesinar a un hombre al que apreciaba de veras.

Las estrellas comenzaban a desvanecerse en el horizonte, y una tenue claridad anunciaba la llegada del amanecer. Sin embargo, Alistair no sentía cansancio alguno. La rabia y la desesperación le daban aún más fuerzas de las que ya poseía, y esa mezcla ardiente le consumía la razón.

Los guardias se apartaron de su camino, temerosos de que recayese sobre ellos la frustración que veían en él.

Pensando que ya no le quedaban más sitios en dónde buscar, bajó a toda prisa una vez más las escaleras que habían cambiado todo su mundo y salió para interrogar a los soldados que allí se hallaban.

El aire en el patio de armas estaba cargado de humedad y cenizas.

Una ráfaga helada provocó que los estandartes que colgaban pesadamente desde lo alto, ahora algo deslucidos por la lluvia y el viento, ondearan de forma perezosa.

El eco de las herraduras de los caballos resonaba entre los muros de piedra gris oscura, y el sonido metálico de espadas chocando en prácticas lejanas formaba un telón de fondo constante y conocido.

Alistair miró hacia el cielo un instante. La paleta de colores anaranjados y violáceos trataba de ganarle terreno a los oscuros nubarrones que se veían aproximándose, pero la experiencia le decía que no conseguirían su objetivo.

A pocos pasos, distinguió a un grupo de soldados que lo miraba de reojo, preguntándose qué hacía allí tan temprano. Algunos eran humanos, con pesadas armaduras que tintineaban al moverse; otros, cuyos ojos rojizos brillaban con una mezcla extraña de curiosidad y arrogancia, eran vampiros Drăgoi.

Sabía que, si alguien había visto algo, sería alguno de ellos; de modo que se acercó para interrogarlos.

―¡Eh, vosotros! ¿Ha pasado Rău por aquí? Vamos, ¡responded! ―bramó, girándose hacia todos.

Un soldado negó con un gesto vacilante antes de responder.

―No sabemos a quién os referís, mi señor.

Uno de los vampiros se quedó mirándolo con altanería. Su atrevimiento captó de inmediato la atención del heredero, que caminó un par de pasos hacia él y volvió a hacerle la misma pregunta.

Aquel «No Muerto», de figura imponente, sin duda era un depredador con forma de hombre.

Aunque eso fuese imposible, su piel pálida, casi traslúcida bajo la luz de las antorchas, daba la sensación de estar surcada por finas cicatrices que se entrecruzaban como una telaraña.

Sus ojos, de un rojo intenso, parecían perforar el alma de quien se atreviera a sostenerle la mirada.

Vestía con una capa negra que apenas disimulaba el filo de las armas que cargaba consigo, y su sonrisa mostraba unos colmillos demasiado largos incluso para un vampiro.

Alistair pensó que aquel grupo había tenido que someter a los hombres de su padre, si no, le resultaba impensable que se mostraran tal y como eran sin que los suyos salieran despavoridos.

Hasta donde él sabía, sus tropas desconocían su existencia.

Todo se estaba complicando tanto que ya no tenía claro si iba a tener solución.

Aun así, se acercó un poco más, esforzándose por mantener la compostura mientras su instinto le gritaba que tuviera cuidado.

No conocía a ese vampiro, pero algo en él inspiraba respeto y temor en igual medida.

―¿Tu nombre? ―preguntó con tono autoritario.

El del ejército Drăgoi dibujó una sonrisa ladeada e inclinó la cabeza tomándose su tiempo. En aquel gesto no había rastro alguno de sumisión. Su actitud era más bien la de un cazador hastiado decidiendo si la presa merecía la pena.

―Capitán Cainan ―respondió con voz profunda y arrastrada, como el eco de una caverna.

―Cainan ―El hijo de Athelstan obvió a propósito su rango, aunque repitió con retintín su nombre, sin apartar los ojos de él―, ¿has visto a Rău esta noche?

Él negó despacio, mostrando los colmillos y chasqueando la lengua.

―No, Alistair ―respondió alargando su nombre y con el mismo tono de desprecio―. No he visto a ese cobarde. Lo más seguro es que esté en las pocilgas, yaciendo como un animal.

El inglés apretó los dientes, harto de que aquel bastardo estuviera jugando con él. Era evidente que no respetaba a ninguno de los dos, pero eso no resolvía el problema del paradero del general Ursu.

―Cuidado, «Capitán Cainan» ―Esta vez añadió su rango, aunque su voz sonó como una advertencia.

El «No Muerto», impasible ante su infantil advertencia, se cruzó de brazos con sus movimientos calculados y felinos.

―Señor ―soltó uno de los guardias humanos―, tal vez en el campamento lo hayan visto. ¿Deseáis que vayamos a preguntar?

El vampiro observó cómo el inglés procesaba la información. Le hicieron gracia aquellos ojos, teñidos de un escarlata suave, brillando con un interés extraño. Aquella reacción despertó su curiosidad.

―Tú y tú ―Alistair señaló al soldado que le había hablado y al vampiro―, vendréis conmigo.

―Príncipe ―intervino Cainan utilizando un marcado tono de condescendencia―, yo solo recibo órdenes de Helmet.

―Y yo te recuerdo que todos estáis bajo «mi» techo ―agregó fuera de sí.

Esas palabras no impresionaron a ninguno de los Drăgoi, y menos aún a quien había tenido la deferencia de prestarle atención.

―Príncipe neófito ―recalcó para ponerlo en su lugar―, no me hagáis perder la paciencia.

Ya nos han informado de que sois un Ursu, convertido nada más y nada menos que por Abbadon ―dijo bajando las comisuras en señal de que aquello parecía ser algo para tener en cuenta.

Alistair, a su vez, elevó el mentón, como si con ese gesto confirmara la diferencia entre ambas casas―; pero me importa una mierda quién os ha convertido.

Como si ha sido el mismísimo Mørket ―agregó, poniéndose en pie y eliminando la poca distancia que había entre ellos.

El Drăgoi lo observó desde su altura. Le llevaba casi una cabeza.

El heredero tragó saliva. Aunque su fuerza fuese considerable, no podía enfrentarse a los ocho que lo estaban mirando con arrogancia.

Los humanos corrieron a protegerlo, pero él sabía que aquellos infelices no les durarían ni un instante.

―Yo solo quiero saber dónde está Rău ―se ratificó, mirándolo a los ojos.

El viejo vampiro rio con ganas. Los suyos se le unieron.

―Como ya os he dicho, no conocemos su paradero ―respondió insolente al saberse vencedor de aquel estúpido pulso―.

De todas formas, puedo sugeriros por dónde empezar.

―Echó un paso atrás y volvió a sentarse donde estaba―.

Buscad en cualquiera de las tabernas cercanas o en algún burdel maloliente.

Todos nos preocupamos con fervor por cubrir necesidades y…

debilidades. ¿Comprendéis? Humanos y placer fácil.

Alistair asintió, tamborileando con sus dedos la empuñadura de su espada.

―Está bien. Vosotros, venid conmigo ―ordenó mirando solo a los soldados ingleses―. Hay que revisar todas las tabernas y burdeles en un radio de tres millas. Si lo encontráis, traédmelo como sea.

Cainan sonrió de nuevo, formando una mueca que podría interpretarse como burla o quizás aprobación.

―Señor, un último consejo. ―Ni se molestó en disimular el tono de sarcasmo―. Tened cuidado. Rău es el mayor sanguinario que habéis conocido nunca. Si sospecha que lo queréis cazar, os despedazará a todos. Incluido a vos.

Dicho esto, el capitán se dio la vuelta. Hizo un gesto con la cabeza a su grupo y se dirigió hacia el interior del castillo. Sus pesados pasos apenas resonaron en el empedrado mientras avanzaba hacia la penumbra con los suyos.

Alistair estaba a punto de comenzar la búsqueda cuando una orden de Xwînxwar a lo lejos atrajo su atención.

―¡Cainan, espera! ―Su voz tronó, provocando que la patrulla se detuviera justo antes de cruzar la enorme arcada.