4. ¿POR QUÉ HAS REGRESADO? #3
Las tres se sonrieron como muestra de que acababan de sellar un pacto.
La joven que había vivido miles de años atrás necesitaba un tiempo para emerger, y ni Leala ni la propia Nîga sabían si eso podría llegar a ocurrir.
La Elegida, a la que poco a poco se le iban mostrando cómo se unirían las piezas del rompecabezas que abarcaba a todas las almas sobre la tierra, estuvieran condenadas o no a la vida eterna, prefirió no insistir.
En su interior sentía que, llegado el momento, aquella elección que les fue robada se vería compensada, solo que aún no sabía cómo.
Leala se sentó en la mesa y su hija ocupó la otra silla.
―Alana ―dijo la «No Muerta» mirándola con seguridad, algo más repuesta―, creo que ahora deberías contarle a tu madre lo que ha sucedido con Alistair ―agregó para cambiar de conversación lo antes posible. Quería dejar de ser el centro de atención.
―Supongo… ―musitó con un tono de decepción que a su madre no le pasó desapercibido―. En realidad, no hay motivo para retrasarlo. Es más, creo que deberíamos marcharnos después.
―¿A qué se refiere Nîga? ―preguntó sorprendida Leala―. ¿Por qué ibais a tener que marcharos ya? ¡Si acabáis de llegar!
―Madre ―expresó con la voz llena de dolor e indignación mal disimulada―, ha ocurrido algo que…
Alana le contó de corrido lo sucedido en el castillo con Alistair, aquella joven y el líder Drăgoi. Leala, cuyo rostro iba cambiando de la más pura indignación al asombro conforme iba oyéndola, se mantuvo en silencio mientras intentaba procesar todo lo que le estaba diciendo.
Ahora entendía por qué Nîga había llegado a su límite, y no era para menos.
―Nunca imaginé que él fuera de esa clase de hombre ―admitió la Elegida enfadada. Se levantó para beber un sorbo de agua, tenía la garganta seca.
―Hay muchos hombres como él, hija. ―Leala mostró en su rostro la rabia que sentía―. Pero ya no es tu dueño y señor. Piensa en quién eres ahora, en el destino que te aguarda.
―Él ya no importa. Tendrá lo que se merece y no podrá librarse, aunque lo desee con todas sus fuerzas.
Las dos la miraron sin entender qué quería decir. Sin embargo, Alana no profundizó en cuánta verdad había detrás de sus palabras, sino que tomó otro sorbo de agua y volvió a sentarse.
―Madre, antes de que padre y Wade vuelvan, regresaré a por vosotros y dejaréis nuestro hogar.
―¿De qué estás hablando, Alana? ―preguntó la mujer con miedo en la mirada.
―Alistair pasará las próximas semanas muy ocupado con su deber.
Ha de desposarse con la normanda y, además, ha de procrear un heredero.
Dudo mucho de que eso suceda dada vuestra naturaleza ―dijo mirando a Nîga, que asintió para darle la razón―; así que, en cuanto se dé cuenta de que no tendrá hijos propios, vendrá a buscarme con la esperanza de que yo pueda arreglarlo.
―¿Crees que haría eso? ―Leala se llevó la mano al corazón, impresionada.
―Estoy convencida. Por eso debéis abandonar esto ―agregó, señalando alrededor―. El único lugar seguro es el campamento de los errantes, pero antes he de hablar con Eirik. Le pediré que envíe a sus guerreros para protegerte; sigues portando Su sangre.
―Alana ―intervino Nîga―, yo podría quedarme hasta que ellos llegasen, solo que me preocupa dejarte marchar sola.
―Hay otra opción ―habló su madre―: iré con vosotras. Tu padre y Wade tardarán en volver una semana o más. Si el campamento no está lejos, lo más seguro es que yo os acompañe y sean sus guerreros los que protejan la casa hasta que estén de vuelta.
La Elegida y la vampira se miraron y asintieron al mismo tiempo. Aquella era la opción más sensata, y sabía a qué guerrero iba a pedirle a Eirik que enviara para proteger a los suyos.
―Madre, has encontrado la mejor solución. Apenas despunta el día. Recojamos lo que necesites y pongámonos en camino. Cuanto antes estés bajo su protección, antes respiraré tranquila.
―Ahora mismo, hija.
Entre las tres hicieron un hatillo con lo mínimo y partieron sin que se hubiese puesto a llover.
Ninguna de las dos esperaba que Leala fuese capaz de ir a su par, y es que habían olvidado por un instante quién había sido y aún era.
Como si el mismo aliento de la tierra las empujara, avanzaron a un ritmo frenético por el bosque.
Mientras corría, Alana trató de asumir que cada paso la estaba acercando un poco más a su destino, que, conforme pasaban los días, veía con más nitidez.
Aun así, feliz por contar con la compañía de su madre y dejar atrás todo aquello que pudiese ponerlos en peligro, marchó con mucha más confianza para ir al encuentro de los errantes.
Además de pedirle a Eirik que aceptara a su familia entre los suyos, debía hablar de algo que aún la preocupaba más.
Al instante, Thyra y Oskar se les colaron en la mente.
Los echaba de menos, y estaba deseando volver a verlos para saber cómo de especial había sido su unión.
Mientras recordaba el ritual, sin esperarlo, alguien más decidió formar parte de sus pensamientos. Alguien de piel tostada y cuya sonrisa arrolladora ahora deseaba ver con premura.
Ajena a la respuesta de su propio cuerpo, se mordió el labio inferior al tiempo que soñaba con sus ojos, tan oscuros como la noche antes del alba, y con su apariencia imponente, que superaba con creces a cualquier otro guerrero.
De pronto, la visión del futuro cercano la hizo inspirar con más profundidad. Ya no tenía ninguna duda sobre cómo sería, y tampoco de que Yngvar, ese errante del que le quedaba mucho por conocer, estaría a su lado.