Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 4. ¿POR QUÉ HAS REGRESADO? #2
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4. ¿POR QUÉ HAS REGRESADO? #2

El ambiente se sentía extraño, pesado y asfixiante. Hasta la Drăgoi lo había notado, solo que prefirió no decir nada. Hacía poco que el sol estaba oculto tras decenas de nubes amenazantes de un color ceniza profundo, que parecían traerles la promesa de una imponente tormenta.

En el último recodo, Alana adelantó al grupo para guiarlos hacia su casa, situada en el extremo más alejado. Modesta pero acogedora, a ella le resultó la visión más maravillosa del mundo. De pronto, la certeza de que debían marcharse de allí cuanto antes la golpeó.

Detuvo al grupo y se dirigió a ellos.

―Marchaos a vuestro puesto y olvidad todo lo ocurrido desde que nos visteis. Ninguno recordará nuestro paradero ni mi rostro. Nîga es libre para siempre, y jamás la perseguiréis.

―Sí, mi señora ―respondieron los cuatro.

Tras asentir, se marcharon por donde habían llegado; dejándolas por fin a solas.

―Si Helmet o Abbadon averigua que podéis someterlos… ―dijo la «No Muerta» con un tono evidente de preocupación.

―No estoy aquí para eso, sino para vencer. De un modo u otro, esta era de terror terminará.

―Lo sé. Tú y los errantes acabaréis con todos nosotros ―añadió, asumiendo que ese sí sería su fin.

―Acabaré con el Mal, querida Hawin, y tu corazón hace mucho que no lo alberga.

―¿Estás segura de eso, Alana?

―¿Acaso podría mentirte?

La vampira solo se mantuvo un breve instante en silencio antes de responder lo que de verdad pensaba.

―Nunca.

―Exacto. Ahora, entremos en casa. Tenemos poco tiempo. Hemos de partir hoy mismo.

Nîga entendió la prisa por volver al campamento errante, solo que no captó el significado completo de las palabras de Alana.

La joven inglesa llamó tres veces, tal y como habían acordado antes de que se fueran al castillo. Los tiempos cada vez eran más convulsos, y no era cuestión de confiar en cualquiera.

Oyeron unos pasos raudos al otro lado que se acercaban a la puerta. Un tosco pestillo se deslizó antes de que la abrieran.

―¡Alana! ¡Nîga! ―dijo Leala emocionada, abriendo los brazos para recibir a las dos.

Su hija corrió a abrazarse a ella. Nîga unió los labios en una sonrisa comedida, sintiendo un nudo en la garganta mientras la miraba con los ojos llenos de gratitud y algo más que no pudo expresar con palabras.

Hasta que la madre de Alana la atrajo hacia sí, y las tres se fundieron en un solo abrazo.

Ese gesto genuino y hecho con el corazón derribó las defensas de la vampira, que cerró los ojos y se dejó llevar por el amor que desprendía aquella humana que la había aceptado como a una más.

―Pasad ahora mismo. Dejadme que cierre la puerta.

Al entrar, una sensación de tranquilidad las arropó. La pequeña chimenea crepitaba suavemente, llenando el espacio con un calor que les resultó muy reconfortante.

―Padre se ha esmerado en colocar el cerrojo ―dijo satisfecha―. Parece bastante resistente.

―Lo cierto es que ahora nos sentimos más seguros, pero Dios sabe que de poco servirá si siguen apareciendo más tropas y deciden atacarnos de improviso.

―Madre, ¿dónde están él y Wade? ―dijo Alana, que se desilusionó un poco al ver los lechos con las mantas arregladas.

―Se marcharon ayer con el tío para estar con tu abuelo. Al menos pasarán allí una semana porque el pobre no se encuentra demasiado bien y quieren asegurarse de que no es nada grave.

―No te preocupes, aún le queda mucho por vivir ―respondió convencida.

―Eso espero. Yo quería ir con ellos, pero dijiste que volverías en dos días, así que decidí quedarme para que no te preocuparas.

Sin previo aviso, Nîga se tambaleó un poco y acabó por dejarse caer en una silla. De pronto, se sentía algo mareada y agotada. La tensión que había mantenido desde que había descubierto que era descendiente directa de Helmet parecía haberla golpeado de lleno al sentirse a salvo y… en casa.

―¿Te encuentras bien? ―preguntó Leala, tocando su frente.

―Yo… ―susurró, exhausta, mientras la miraba con una expresión de incredulidad― he sentido una debilidad inmensa. Es muy extraño. Desde mi conversión, os aseguro que jamás me había ocurrido nada parecido. Un cansancio extremo me ha arrollado, y he sido incapaz de dar un solo paso más.

―Es totalmente comprensible, Hawin ―dijo Alana, agachándose mientras apoyaba con cariño las manos en las rodillas de Nîga.

―No te entiendo ―respondió ella, entrecerrando los ojos.

―Por primera vez, desde hace mucho, no has de estar alerta.

Con nosotras estás a salvo. A eso tienes que añadir que mi madre y yo portamos Su sangre.

ÉL está ahora mismo aquí, entre nosotras; y su halo destruye todo mal.

La ponzoña que corre por tus venas es lo que te mantiene en ese limbo, porque lucha por sobrevivir y ganar la batalla.

―Pero ya he estado con vosotras antes. No entiendo por qué me sucede esto ahora.

―Llevas una luna conmigo. Entonces tan solo habían pasado unos días. ÉL lo cambia todo. Abarca todo. Y libera de todo.

―¿Me estás diciendo que voy a dejar de ser vampira? ―preguntó con un tono de esperanza que tomó por sorpresa a madre e hija.

―Por desgracia, yo no puedo concederte eso, Hawin.

Ella frunció los labios y asintió. Sus ojos se enrojecieron por las lágrimas que contuvo.

―Por desgracia… ―repitió bajito mientras inclinaba la cabeza.

Alana puso la mano en su mentón y la obligó a mirarla.

―Tu corazón alberga amor, compasión y valentía. No desesperes, «todo» llegará a su tiempo.

―¿Qué quieres decir?

―Que ÉL no se equivoca nunca. Ten fe, querida Hawin.

―Yo no creo en tu dios.

―Pero ÉL sí cree en ti.

―¿En mí?

―Alana, puede que Nîga no esté preparada aún ―intervino Leala, colocando la mano en su hombro.

―Solo una cosa más ―dijo ella, poniéndose en pie―.

Nuestros actos nos definen, eso está claro.

Pero la vida no es tan simple como decir que todo es blanco o negro.

Cuanto sucede tiene un motivo, y a veces no tenemos la oportunidad de elegir.

Las tres lo sabemos de sobra. Piensa que ahora eres libre, y que no volverás a su lado si es eso lo que quieres.

―No quiero verlo nunca más.

―Nunca es una palabra muy dura. Por el momento, es mejor…

―No, Alana ―la cortó―. No puedo perdonarle lo que me hizo.

―Créeme. A estas alturas, él tampoco.

―Si no te importa, no quiero hablar de Helmet.

―Está bien…

―Alana ―añadió con determinación, sintiéndose algo mejor―, por mucho que me duela, Hawin hace siglos que desapareció. Y los rescoldos más que proporcionarme consuelo, me hieren.

―Tranquila, volveré a llamarte por tu verdadero nombre cuando estés preparada ―prometió.

―Gracias.