Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 4. ¿POR QUÉ HAS REGRESADO?
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4. ¿POR QUÉ HAS REGRESADO?

E l alba avisó de que el amanecer llegaría en breve; sin embargo, unas nubes oscuras y amenazadoras de lluvia se acercaban por el este.

Yngvar, que no podía quitarse de la cabeza a Alana, salió de su tienda y miró al cielo.

Formó media sonrisa al ver que en poco tiempo llovería a cántaros.

Detestaba aquella isla tanto como a los enemigos que habitaban ahora en ella.

Se echó una capa gruesa sobre los hombros y caminó hacia el río.

El campamento aún estaba en silencio. Solo algunos errantes iban y venían de los hornos, en los que ya se estarían haciendo las hogazas de pan.

En el camino, se cruzó con varias patrullas de centinelas que estaban de guardia.

Todos cuidaban con fiereza a los suyos, aun así, agradeció que el manto de protección se extendiera hasta más de media milla al otro lado.

Esto les garantizaba que ningún vampiro o cualquiera de los secuaces de Mørket los atacaran.

Aunque, de todos modos, era imposible. El mismo campo desprendía una especie de rechazo natural hacia el lugar, por lo que, de forma inconsciente, cualquiera que se acercara cambiaba de opinión y tomaba otra ruta.

La luz del amanecer comenzó a filtrarse entre los árboles, creando haces dorados que danzaban sobre el suelo cubierto de hojas secas. La primavera estaba llegando; sin embargo, el frío y la humedad de aquellas tierras calaba sin misericordia.

Jamás se había sentido de ese modo, cansado de mantenerse a la espera de recibir una nueva orden.

Sabía bien por qué su cuerpo rogaba por la acción.

La impaciencia, tras enterarse de que ella se había marchado, lo estaba destruyendo.

Aunque apenas habían transcurrido unas pocas jornadas, se moría de ganas por verla de nuevo.

Avanzó con pasos firmes pero silenciosos hacia el río que corría cristalino a pocos metros.

Su figura destacaba entre las sombras del bosque.

Era muy alto, con una presencia que parecía llenar el espacio a su alrededor.

Su forma de caminar era la de alguien acostumbrado al esfuerzo físico y a los interminables días de entrenamiento.

E impregnaba a cada uno de sus movimientos con un atractivo natural y contenido del que se había beneficiado en muchas ocasiones.

Sin embargo, aquello ya quedaba muy atrás.

Al llegar a la vereda, se detuvo un momento.

Dejó que el hipnótico sonido del agua llenara sus sentidos y se quedó absorto un instante en la belleza del entorno.

Inglaterra era hermosa, aunque nada comparado con la tierra de sus ancestros.

Aun así, había algo en aquel lugar que lo atraía, algo que lo conectaba con una tranquilidad que solo había experimentado al pisar su suelo.

Cerró los ojos y respiró hondo, permitiendo que el aire fresco de la mañana llenara su pecho.

Después, se acercó al borde y tocó el agua.

Helada como la nieve de las montañas, pero no lo suficiente como para impedir que se zambullera.

Decidido a despejar su mente de sus más profundos anhelos, comenzó a desnudarse.

Primero, se desató las botas; dejando al descubierto unos pies firmes y fuertes, endurecidos por los incontables caminos recorridos.

Luego, con gestos lentos y meticulosos, se quitó la camisa, revelando un torso esculpido y amplio, donde las sombras jugaban sobre los surcos de su musculatura.

Sin pretenderlo, la prenda cayó al suelo.

Sus hombros, anchos y poderosos, y el contorno de su cuello mostraron una tensión elegante mientras se inclinaba para recogerla y dejarla colgada en una rama.

Al deslizarse los pantalones por las caderas, quedó expuesto por completo.

Una brisa vespertina pareció querer advertirle de que tal vez no fuera buena idea entrar en la gélida corriente.

Pero todo él ardía de una forma muy extraña desde que había conocido a Alana, por lo que le fue imposible no sucumbir al placer de sentir aquel contraste.

Su piel, dorada por el sol de incontables días al aire libre, reflejó los primeros rayos matutinos con un brillo cálido.

Los músculos de sus brazos se tensaban con cada paso, evidenciando la fuerza adquirida tras años de adiestramiento y trabajo duro.

Pectorales bien formados. Abdomen plano y definido con esmero, cincelado con una precisión casi sobrehumana.

La perfección de su cuerpo, que parecía estar hecho para luchar y resistir, quedaba manifiesta en cada línea y curva.

Yngvar se adentró en el río, sintiendo el gélido suelo bajo sus pies.

Al volver a tocar el torrente con los dedos, un estremecimiento recorrió su cuerpo, pero no vaciló.

Avanzó un poco más, dejando que el agua helada trepara por sus piernas, endureciendo cada fibra de su ser.

Cuando le llegó a la cintura, se detuvo de nuevo, esta vez levantando la vista hacia el cielo, como buscando respuestas entre las nubes que se acercaban de forma inminente.

Se frotó la cara para concentrarse y se zambulló de golpe, desapareciendo bajo la superficie.

El agua lo envolvió como un manto de hielo, robándole el aliento por un instante.

Pero pronto, la frialdad inicial dio paso a una energía renovada, una sensación de plenitud que comenzó a calmar sus pensamientos.

Cuando emergió, su cabello oscuro estaba empapado y pegado a su rostro.

El agua goteaba por su barbilla y recorría su cuello, deslizándose por el contorno de su pecho y abdomen antes de unirse de nuevo al río.

Sacudió la cabeza para apartárselo de los ojos, revelando una expresión reflexiva y serena.

Sus pensamientos, ahora más calmados, estaban muy lejos de aquel lugar.

Todos se concentraban en repetir de forma incesante la imagen de la primera vez que vio a la Elegida.

Parecía que estaba grabada a fuego en su mente y le era imposible olvidarla.

Sus ojos, de ese azul oscuro intenso, profundos y llenos de vida, lo estaban torturando.

El recuerdo de ellos bajo la lluvia, mientras lo observaba como si pudiera leerle el alma, lo destrozó una vez más.

En realidad, se moría por que lo hiciera, por que descubriera cuánto de bueno había en él y que ella era la responsable de que hubiera perdido la cordura por un amor que sabía que era imposible, pero por el que rogaba al Creador día sí y día también.

Mucho más desde que se había enterado de que estaba libre de ataduras.

No sabía cómo, pero Alana había conquistado su corazón de una manera que jamás pensó que ocurriría.

Y, aunque apenas la había visto unos pocos instantes, era incapaz de olvidar su sonrisa.

«¿Por qué has regresado?», se preguntó en silencio.

Pese a estar convencido de que no existía sobre la faz de la tierra ningún ser más poderoso que ella, había algo en él que lo impulsaba a protegerla mucho más allá del deber.

Sabía que los superaba a todos en fuerza y rapidez; no obstante, no podía evitar desear estar a su lado para tratar de salvarla de cuanto pudiera lastimarla de algún modo.

Volvió a sumergirse con ímpetu, dejando que nuevamente el agua enfriara sus ideas recurrentes y suavizara las emociones que se agitaban en su interior. Cada vez que emergía, respiraba para llenar sus pulmones, como si intentara inhalar no solo aire, sino también claridad de mente y resolución.

El río, ajeno a los sentimientos que atormentaban al errante y que iba desbordando en su cauce, siguió su curso.

Encontrándose algo mejor, salió del agua con pasos lentos pero seguros mientras se dirigía a la orilla.

El aire helado lo envolvió de nuevo, él lo soportó sin titubear.

Las gotas corrían por su piel en delgados hilos, resaltando aún más los contornos de su cuerpo.

Cada cicatriz y cada marca eran un testimonio de las batallas que había librado y de los muchos obstáculos que había superado.

Descolgó su camisa y comenzó a secarse con movimientos tranquilos y metódicos.

Sus pensamientos seguían con Alana, con el deseo de volver a verla y de confesarle lo que sentía.

Pero también sabía que las palabras no serían suficientes.

Si quería ganarse su corazón, tendría que demostrar con acciones que era digno de ella; aunque en el fondo más recóndito de su alma supiera que aquello era un error y que lo más probable fuera que Eirik quisiera matarlo con sus propias manos por querer intervenir en el Destino de todos.

Mientras terminaba de vestirse, el sol se elevó un poco más en el cielo, llenando el bosque con una luz que pronto desaparecería.

Se puso las botas y recogió sus pertenencias, lanzando una última mirada al río antes de alejarse.

Sabía que aquel día traería nuevos desafíos y oportunidades.

Por un lado, estaba feliz con la unión de su amigo con la princesa.

Por el otro, lo echaba de menos. Necesitaba consejo urgente.

De pronto, pensó en Borgervern. La idea de abrirse a él no le pareció tan mala.

Y así, resuelto a buscarlo, regresó a su tienda, dispuesto a enfrentar lo que fuera necesario para proteger a Alana y al futuro que deseaba construir junto a ella. Solo esperaba que el viejo rastreador le diera la razón y se pusiera de su parte.

Mientras Alana y Nîga avanzaban a un ritmo frenético por el bosque, flanqueadas por aquellos cuatro vampiros que iban muy atentos a cualquier amenaza, las hojas de los árboles parecían susurrar entre sí, como si compartieran secretos ancestrales.

Finalmente, llegaron a las afueras de Felsted. Aquella parte del pueblo aún estaba en silencio, aunque las luces en algunas ventanas mostraban que los aldeanos ya comenzaban a despertar.