Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 3. OS PERDONO #3
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3. OS PERDONO #3

Al llegar a su propia habitación, los soldados lo saludaron con un gesto de cabeza antes de abrirle la puerta.

Dentro, la escena que se encontró lo desmoralizó al instante.

Sobre su lecho, yacía Landon con un gesto de tormento en el rostro.

El hombre que recordaba estaba desapareciendo.

Su piel, antes rosada y vibrante, había adquirido un tono cadavérico.

Gotitas de sudor le perlaban la frente, y sus manos temblaban mientras se aferraban a los bordes del colchón.

Junto a él, Hereward continuaba poniéndole paños mojados para bajarle la fiebre.

Y su padre, en el centro de la estancia, se erguía con la gravedad de un hombre que cargaba sobre los hombros el peso de un reino y la pérdida inestimable de un capitán al que tenía muchísimo aprecio.

―Padre ―susurró. Su voz era una mezcla de dolor e indignación, ahora más diluida―. ¿Cómo sigue?

Athelstan se volvió hacia él. La luz de las velas acentuaba las sombras bajo sus ojos. Su cansado rostro, marcado por varias líneas de preocupación, mostraba sus serias dudas de que el capitán se convirtiera.

―Nos aguarda una larga noche ―respondió sin apartar la mirada de Landon―. Su transformación es incierta. La lucha contra la muerte no es sencilla. Creo que responde de forma similar a ti, aunque más…

―¿Más qué? ―quiso saber.

―Hijo, no tengo idea de los tiempos en estos casos, pero me da la sensación de que su evolución es más rápida que la tuya.

―¿Y eso qué significa?

―No lo sé, quizás debas preguntarle al vampiro.

Él asintió varias veces. Al momento pensó en Rău, recordándose que debía encontrarlo cuanto antes. Después, se acercó al lecho y se arrodilló junto a su tutor. Para sorpresa de los tres, Youngblood abrió los ojos con dificultad, dos orbes hundidos que parecían buscar algo que ya no podían alcanzar.

―Alistair… ―murmuró. Su voz apenas era un susurro.

―¡Landon! ―dijeron los tres al mismo tiempo.

―Ha sido él… ha sido… ―balbuceó erráticamente y se desplomó en el lecho, sumiéndose en una quietud angustiosa para los hombres que estaban a su lado.

―¡Landon! ¡Landon! ―repitió el heredero, zarandeándolo con suavidad para tratar de que respondiera.

Alistair miró a su padre con los ojos llameando, cargados de una mezcla de frustración y desconsuelo.

―¿Qué crees que ha intentado decir?

―Señor ―intervino Terrel, mirando al rey―, creo que nos trataba de confirmar que lo que le ha ocurrido no ha sido un accidente. Alguien lo ha empujado por las almenas ―agregó, apretando con fuerza entre sus manos el lienzo que tenía.

El joven se puso en pie de un solo movimiento y agarró al capitán de la garganta, subiéndolo un palmo del suelo sin esfuerzo.

―Alistair, ¡suéltalo ahora mismo! ―ordenó Athelstan.

Él tardó un poco más de lo debido antes de abrir la mano.

Hereward cayó de rodillas y tosió con fuerza mientras trataba de recuperar el resuello.

Desde ahí, miró al príncipe con un gesto de indignación.

Después de todo lo que había hecho por él, recibía un trato denigrante como pago por sus malas decisiones.

―No merezco esto de vos ―dijo a duras penas.

―Pues no pongas en boca de Landon palabras que inciten a creer en una mentira.

Terrel logró ponerse en pie y levantó el mentón antes de replicarle.

―Conozco a Landon desde antes de que nacierais.

Os aseguro que jamás he visto a nadie que no le tuviera miedo a las alturas tanto como él.

Es un soldado fuerte y entregado. No ha podido tropezar o sentir un vahído que lo haya forzado a caer.

Alguien lo ha empujado. Cuando despierte, estoy seguro de que podrá decírnoslo él mismo.

―Eso no lo sabéis.

―Alistair, Terrel tiene razón ―intervino su padre―.

Si hay alguien en el reino que no tema mirar por un precipicio, ese es Landon.

Vamos a tratar de no especular, pero temo que esto no haya sido un simple accidente.

Si alguien puede arrojar algo de luz es Rău.

Aunque me parece bastante sospechoso que no haya aparecido aún.

―¿Crees que él ha podido…? ―El heredero no acabó la frase.

El señor de Inglaterra se quedó pensativo, observando en silencio a su moribundo capitán.

―No lo sé. De todos modos, no me fio de él. De ninguno de ellos.

―Pues yo ahora soy «uno de ellos» por su culpa y la tuya. Así que será mejor que esperemos a saber qué nos dice cuando se convierta.

―Por una vez, tienes razón ―respondió con altivez―. Ahora, dime, ¿has resuelto las cosas con Herleva?

―Sí, padre. Aunque he de deciros que estoy muy decepcionado con ella. Mientras Landon agoniza aquí, ha pedido la cena. ¿Es esa la mujer con la que esperas que me una? Pero, mirándolo desde otra perspectiva, ¿qué demonios puedo esperar de una bastarda?

Athelstan, tratando de mantener la calma, apoyó una mano firme sobre su hombro.

―Hijo, ella es humana. Necesita alimentarse como yo o como Hereward.

Vosotros tenéis más resistencia. No la puedes criticar por eso.

Además, bastarda o no, ella es la clave para nuestra alianza con los normandos.

Necesitamos su ejército. La batalla que se avecina…

―Al darse cuenta de que se había ido de la lengua, se detuvo en seco.

Alistair frunció el ceño, fijando la mirada en los ojos de su padre.

―¿Qué batalla? ¿De qué habláis?

Athelstan pareció vacilar por un instante, un destello de tensión cruzó su rostro antes de recomponerse.

―Solo son rumores, pero sospechamos que los de las Highlands han empezado a reunir un ejército para atacarnos.

No están de acuerdo con que yo sea el rey ―mintió para salir del paso―.

Aunque todo a su tiempo, hijo. Por ahora, céntrate en Landon.

Si sobrevive, necesitará de todo tu apoyo para adaptarse. Recuerda que tú eres su «creador».

Él entrecerró los ojos un momento, dudando de sus palabras.

―¿Rumores? Si hay una amenaza real, tengo derecho a saberlo. ¡Soy tu heredero!

El rey fijó en él una mirada severa.

―Y como tal te trato. Necesito que hagas tu parte, y eso incluye tu matrimonio con Herleva.

Alistair apretó los puños. Su rabia bullía con fuerza justo debajo de la superficie.

―Hijo, si Landon logra sobrevivir, estará a tu lado para siempre. ¿Lo entiendes? Pero si no lo hace, necesitarás ser más fuerte que nunca.

El joven lo miró fijamente, entendiendo qué quería decir. Al fin y al cabo, de él dependía el reino.

―Haré lo que deba, padre. Puedes confiar en mí. Ahora he de encontrar a Rău. Si Terrel tiene razón, él tiene que saber algo.

El rey asintió y se quedó mirando cómo los dejaba. La habitación quedó en silencio, salvo por la lucha de Landon por respirar.

Afuera, la noche se extendía como un presagio de los días oscuros que se acercaban.

Mientras veía cómo su mejor amigo iba apagándose, a Athelstan le resultó imposible no pensar en que, pese a tener una alianza en firme con Helmet y contar con su ejército, tal vez aquellos fueran sus últimos días si los normandos no llegaban a tiempo.