Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 3. OS PERDONO #2
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3. OS PERDONO #2

Con un ligero movimiento, se acercó y le colocó una mano en el brazo, apretándolo suavemente.

Azuzado por su cercanía y por sus palabras, volvió a besarla.

Aun estando cegado por el calor de su boca y la timidez con la que lo estaba acariciando con la lengua, volvió a admitir para sí que la joven normanda, con su porte regio y mirada lánguida, había logrado desarmar todas sus defensas.

Herleva, con su naturalidad y cándida inocencia, estaba ganándose su corazón.

Además, sus exquisitos modales y su voz, suave y cariñosa, habían penetrado hasta lo más profundo de su ser.

A todo eso debía añadir que había aceptado de buen grado su lugar, con lo que no podía estar más satisfecho.

―Me empujáis a pecar continuamente… ―susurró él antes de apartarse de nuevo.

―No es mi intención, pero debéis saber que mi corazón rebosa de alegría porque nuestra unión estará colmada de felicidad. Y solo gracias a vos. A vuestra paciencia. A vuestra gran entereza.

―Mi entereza está a punto de resquebrajarse, mujer. Creo que será mejor que me vaya antes de forzaros a una situación de la que luego me arrepentiré, pero a la que estoy deseando llegar porque estáis logrando que pierda la cabeza.

Ella se llevó las manos a las mejillas, como si tratara de ocultar que sus palabras habían provocado que se sonrojara. Después, bajó la mirada al suelo y simuló una tímida sonrisa.

De repente, un golpe en la puerta interrumpió aquel momento tan íntimo y especial. Una criada entró con paso vacilante, inclinándose con una mezcla de respeto y miedo.

―Mi señora ―dijo con un hilo de voz al ver al príncipe―, os traigo la cena que habíais pedido.

Herleva elevó el mentón mostrando serenidad; pero, por dentro, estaba a punto de arrebatarle el cuchillo que aquella basura inglesa llevaba en la bandeja para clavárselo en mitad de los ojos.

―Será mejor que os deje ―dijo Alistair, que, con una expresión de incredulidad, dejó claro lo poco apropiado que le había parecido que ella estuviera más preocupada por la comida que por su tutor―. Disfrutad de la cena, voy a ver a Landon.

Ella sonrió con la intención de despedirse, pero él no le dio opción. Salió de la alcoba a grandes zancadas, dejándolas solas.

Cuando la puerta se cerró tras él, la sonrisa forzada de la bastarda se desvaneció.

―Maldita zorra entrometida… ―escupió colérica.

Se acercó a la chica y hundió una mano en sus cabellos. Acto seguido, tiró con tanta fuerza que casi la obliga a soltar la bandeja.

―Jamás, óyeme bien, escoria inglesa. ¡Jamás vuelvas a entrar en mis aposentos si está él!

¿Te queda claro? ―la amenazó entre dientes.

La joven, aterrorizada, asintió repetidas veces―.

Si me entero de que le cuentas nuestra pequeña conversación a alguien, te garantizo que no llegarás a la mañana siguiente.

¿Me he explicado con suficiente claridad?

―Ssssíii… ―tartamudeó la pobre.

La soltó de malas maneras y se separó de ella.

―Ahora quítate de mí vista y llévate esa bazofia.

La muchacha no esperó a que le repitiera la orden. Hizo una leve genuflexión y salió de la alcoba escopeteada. Corrió hacia las cocinas con el miedo atravesándole el cuerpo.

La normanda cerró los puños con rabia y dejó escapar una queja gutural en la que imprimió su frustración. Se acercó al hogar y arrojó un tronco con tanta fuerza que faltó poco para que las decenas de chispas que habían aparecido tras el impacto le saltaran encima.

Se revisó la falda, temiendo por si se la había estropeado.

Por fortuna, seguía intacta. Irritada, se dejó caer en el sillón junto a la chimenea, donde ahora el fuego ardía con más brío.

Observó las llamas danzar, hipnotizada por su movimiento caótico pero armonioso.

En su mente resonaba una y otra vez el reproche de Alistair.

Había algo en su tono, en su mirada… Era como si un solo desliz le sirviera como pretexto para estallar y hacerla perder todo cuanto había logrado con esfuerzo.

Con demasiado esfuerzo, dado el asco que sentía por él.

«Malditos ingleses. Son todos fríos por dentro y por fuera», se dijo mientras recordaba que siempre su tacto le resultaba como si se encontraran en plena ventisca.

Disgustada, chasqueó la lengua. Estar tan lejos de su mentor y amante era un fastidio, pero Blanchard no llegaría con su hermanastro hasta que el resto del ejército desembarcara.

Rio para sí pensando que esa treta no se la esperaban ni el rey ni los inútiles que lo rodeaban.

Alterada, se repitió que necesitaba desposarse con el heredero lo antes posible para poner en marcha sus planes.

Estaba tranquila porque, en cuanto llegaran los suyos, Étienne exigiría que las nupcias se formalizaran de inmediato.

Para su fastidio, debía engendrar un heredero para que no hubiera dudas sobre la legitimidad del matrimonio, y, más que nada, para que Athelstan tuviera la certeza de que aquel niño llevaba su sangre.

Por mucho que quisieran, no podían acabar con todos los ingleses; pero sí usurpar su trono.

Una vez que hubiera nacido su vástago, se desharía de Alistair aquella misma noche.

Echó otro tronco a las llamas y se levantó para beber un poco de vino.

Estaba hambrienta, pero no podía correr el riesgo de que él regresara y la viera engullendo como si aquel moribundo no le importara, como era el caso.

En realidad, dado lo que le había sucedido, esperaba que muriese antes del amanecer, de ese modo no tendría que preocuparse más por aquel asunto.

Todo dependía de la fortaleza del infeliz, que esperaba que no fuera suficiente.

Cogió la jarra y llenó la copa de aquel líquido que poco se parecía a los que tenían en su tierra.

Tras beber el primer sorbo, frunció el ceño con una mueca de repugnancia.

Por desgracia, aquello tendría que valer para engañar a su estómago.

Apuró lo que le quedaba y volvió a sentarse.

De pronto, se relajó. Según sus cuentas, a los suyos les quedaba poco para aparecer; aunque el mar era impredecible y las fuertes tormentas podían retrasar días que llegaran a puerto.

Con la vista fija en el humo que de forma insinuante salía de un pequeño orificio de uno de los troncos, se angustió al pensar qué pasaría con su vida si todo por lo que iba a sacrificarse tal vez no sucediera nunca.

Aquella duda, surgida de lo más profundo de su alma, la tomó por sorpresa.

Era un pensamiento que nunca había considerado.

Su posición como bastarda la había relegado a un segundo plano, y, para colmo, era mujer.

Jamás podría dirigir el reino, pero sería la madre del futuro rey.

Y, mientras él crecía como un verdadero normando, Blanchard y ella harían y desharían todo cuanto quisieran.

Con la rabia mordiendo su alma por todo lo que aún tendría que esperar hasta que ese momento llegara, se puso en pie y caminó hacia la ventana. La noche ya había cubierto el castillo con su manto oscuro hacía rato, y las luces a sus pies titilaban al son impuesto por la brisa.

Apoyada en la fría piedra, unió los labios. Había un brillo especial en sus ojos, uno que denotaba determinación. Nada ni nadie iba a detener su ascenso al trono, aunque tuviera que matar con sus propias manos a cada maldito bárbaro inglés para conseguirlo.

Alistair había salido de la alcoba dando un portazo, dejando tras de sí el eco de su furia resonando en las paredes de piedra. Las antorchas que iluminaban el pasillo proyectaban sombras inquietantes sobre los tapices que narraban gloriosas batallas pasadas.

Avanzó con pasos largos y decididos, intentando controlar la rabia que sentía porque Herleva, su prometida, que siempre tenía una buena palabra y un gesto dulce para él, ahora se había mostrado como una egoísta redomada, además de frívola.

La incomprensión le ardía en el pecho, y una mezcla de decepción y rabia lo había empujado a volver a su alcoba lleno de frustración.

A medida que recorría los fríos pasillos, un pensamiento repetitivo lo atormentó más que el resentimiento, y es que debía tener mucho cuidado porque la atracción que sentía por ella lo desestabilizaba demasiado.

Jamás había conocido a una mujer que pudiera desarmarlo con tan solo unas palabras.

Había algo en su manera de hablar, en el tono ligero que empleaba incluso en las más severas circunstancias, que lo dejaba sin aliento.

Cuando sus labios se movían, caía en su embrujo.

No era solo su belleza, aunque esta era innegable; era más bien su esencia, esa mezcla de sumisión y elegancia que lo descolocaba como ninguna otra había logrado.

Ni siquiera Alana, de quien estaba convencido de que había amado por obra de un hechizo, había despertado en él algo remotamente parecido.

Lo suyo fue tan distinto, tan simple… Pero Herleva tenía una calidez y un fuego interior cuando se entregaba que, en realidad, temía ser consumido por esa llama incendiaria que prendía en su interior y que amenazaba con hacerlo arder por completo.

Le costaba admitirlo; pero, cuando estaba con ella, apenas lograba pensar con claridad porque solo deseaba poseerla en todos los sentidos. Incluso sus decisiones, que hasta el momento habían sido firmes, parecían tambalearse en su presencia.

Aun así, ella debería estarle agradecida de por vida porque, a pesar de ser quién era, le había concedido el privilegio de convertirse en su esposa.

¿Y cómo se lo había pagado? Preocupándose por la cena cuando Landon, su tutor y amigo, se debatía entre la vida y la muerte.

Así era de forma literal, aunque esperaba que su ponzoña fuese lo suficientemente fuerte como para que la transformación se completara.

Por desgracia, todavía era muy pronto como para confiar en que lo que había hecho funcionase.

Él había tardado dos días completos, así que no podía prever cuánto le llevaría.