3. OS PERDONO
L a luz de las numerosas velas titilaba en las lámparas de la alcoba, proyectando sombras alargadas que parecían cobrar vida.
Alistair, ajeno a que Alana los había estado observando tras la puerta, se esforzaba por contenerse para no arrancarle a la pequeña normanda el fino vestido que llevaba.
Sin ser consciente de sus actos, la asió con fuerza de la cintura y profundizó el beso para tratar de saciar el apetito voraz que sentía, que ahora mismo se limitaba a pensar en cómo sería hundirse en el centro de sus piernas.
Ella, sabiendo que si se dejaba seducir antes de tiempo iba a perder mucho del terreno ganado, soltó una leve protesta. Trató de apartarlo colocando sus manos en el pecho del heredero y lo empujó con calculada determinación.
Necesitaba que creyese que se sentía apabullada por su ímpetu, así que mostró la expresión de pánico que tenía tan bien ensayada.
―Alistair…, no ―dijo con un tono de voz que, pese al rechazo que transmitió con su cuerpo, sonó tan dulce como la melaza.
―Lo siento, no debería haberme permitido abandonarme a tu boca, pero sois tan hermosa… ―susurró en sus labios antes de separarse.
La sangre corría tan rápido por sus venas que no tuvo más remedio que darse la vuelta.
Los colmillos, que había sido incapaz de retener en el último momento, le ardían.
Estaba deseando clavarlos en su piel tanto como arrebatarle la honra mientras la llevaba a deshacerse entre gemidos de placer. Pero debía esperar.
Enfadado consigo mismo por comportarse como un patán, se acercó a la pequeña ventana.
Con las manos entrelazadas a la espalda, suspiró.
Su postura altiva, casi desafiante, contrastaba con los pensamientos de reproche hacia sí mismo.
No estaba nada satisfecho con su forma de proceder.
No obstante, la idea de que pronto sería suya acabó por contentarlo.
Sin ser consciente, enderezó aún más la espalda, reforzando de este modo ante ella la imagen del príncipe acostumbrado a que se hicieran las cosas a su manera, pese a que, en ese momento, se sintiera frustrado por no conseguir lo que realmente deseaba.
Se quedó absorto un instante en el ocaso, que pintaba el cielo con tonos anaranjados y violetas, inundando la estancia de una luz cálida y acogedora.
De manera inesperada, la imagen de Youngblood agonizando se le coló en la mente.
Sabía que en el horizonte no encontraría las respuestas que necesitaba, así que decidió que iría en busca de Rău en cuanto se marchara de allí.
Y debía hacerlo antes de acabar arrastrado por sus más bajos instintos.
Mientras tanto, su falta de respuesta provocó que el silencio en la habitación se hiciera cada vez más pesado. Hasta el punto en el que Herleva, preocupada por su extraña reacción, lo rompió con el suave repiqueteo de sus botas en el desgastado suelo de piedra.
―Yo… ―comenzó sumisa, retorciéndose las manos para que él la viera frágil y desprotegida en cuanto se diera la vuelta―. Mi señor, ¿os he ofendido?
Él se apartó del ventanuco y la miró de una forma que ella fue incapaz de descifrar. Sin darse cuenta, inspiró una vez para tranquilizarse mientras apretaba la mandíbula para no lanzarse a su garganta.
―Os ruego que no me malinterpretéis. ―Avanzó un paso hacia él sintiéndose confusa al ver que no respondía. Se llevó la mano al corazón antes de proseguir―. Creedme, me halagan mucho vuestras atenciones, pero aún no estamos casados. No puedo entregarme si no es ante Dios.
―No es eso, os lo aseguro. ―Se giró con brusquedad y se separó un par de pasos de ella, tratando de mantener el control―. Debéis entender que tengo muchas obligaciones de las que no tenéis conocimiento alguno. A todo esto, hay que añadir que estoy muy preocupado por Landon.
En realidad, no mintió. Aunque la verdadera razón no era esa.
―Es comprensible ―agregó melosa―. Me duele en el alma veros así, tan perturbado por todo lo que está ocurriendo. Eso refleja el gran hombre que sois y el excepcional rey que seréis. Si me lo permitís, mi amado príncipe, yo podría ser vuestro consuelo, vuestra roca.
Sorprendido por sus palabras, se volvió para mirarla.
Ella avanzó un paso hacia él con las manos cruzadas por delante del regazo, en un gesto que parecía humilde, pero que iba cargado de intenciones.
En el último momento, tuvo el atrevimiento de reducir el espacio entre ellos para sostenerle una mejilla con delicadeza.
Ese gesto que él entendió como amor, ella lo hizo para avivar únicamente lo que escondían de forma poco exitosa sus finas calzas.
―Siempre sabéis qué decir para intentar calmarme ―respondió complacido mientras formaba una sonrisa―.
Os agradezco lo que habéis dicho. Por desgracia, esto no es algo que pueda resolverse con bonitas palabras.
Landon cayó desde las almenas y casi pierde la vida.
Hasta que no sepamos si se recuperará, no puedo… no debo pensar en nada más.
Ella inclinó la cabeza, como si meditara sus palabras con cuidado antes de responder. Había algo casi felino en su forma de moverse, una elegancia inculcada que ocultaba a la perfección su naturaleza calculadora y ambiciosa.
―Entiendo vuestro desasosiego, mi amado. El capitán es un hombre muy valioso para vos. Vuestra preocupación por él es tan loable… Como ya os he dicho en otras ocasiones, sois un príncipe compasivo y justo; cualidades que admiro profundamente.
Un escalofrío recorrió la espalda de Alistair al saberse tan valioso para ella, que lo miraba con devoción absoluta.
―Aunque pienso que… ―continuó, pero antes hizo una pausa, permitiendo que el silencio llenara el espacio―, y lo digo con humildad, también tendríamos que centrarnos en el futuro.
―Se incluyó para tantear qué le parecía esa opción―.
Este castillo, vuestro pueblo, vuestro reino…
Todos dependen de vos, de que toméis las decisiones adecuadas cuando corresponda.
Creo que nuestros esponsales no deberían retrasarse más.
Ese giro de conversación no le gustó nada al heredero. Una cosa era que lo consolara y otra que tratara de darle órdenes encubiertas tras una declaración inocente.
―¿Se puede saber qué pretendéis, Herleva? ―preguntó con un tono de voz cargado de desagrado, separándose de ella―. ¿Que lo ignore todo y me concentre en una boda?
Ella levantó una mano, deteniéndolo antes de que pudiera seguir.
―Jamás os pediría algo semejante ―contestó, cavilando muy bien qué iba a decir a continuación―. Comprendo que os preocupéis por él, mi amado, solo es que opino que nuestra unión podría traer estabilidad en este momento tan caótico y doloroso para todos.
Alistair se cruzó de brazos, sopesando si creerla mientras la miraba con una mezcla de desconfianza y curiosidad.
―¿Os atrevéis a «opinar» sobre qué es lo mejor para mi reino?
Herleva, simulando estar nerviosa, sonrió. Fue una sonrisa medida, sin mostrar ni un atisbo de debilidad.
―Vuestra vitalidad y arrojo me dan tanta fuerza que, con solo vuestra presencia, lográis que ose pensar en un «nosotros». Disculpad mi atrevimiento. Creo que ese beso me ha turbado más de lo que pensaba. ―Bajó la cabeza como muestra de sumisión.
Él la observó en silencio. Había algo en su manera de expresarse que lo hacía caer en el mayor de los abismos.
Ella lo atraía como jamás habría podido llegar a imaginar.
Sus exquisitas facciones, que una vez le habían resultado toscas y poco interesantes, ahora lo incitaban a romper cualquier barrera entre ellos.
Física o mental. Pero no iba a permitir que pensara que podía tomar el control; sin embargo, admitió que su valentía era admirable.
Al fin y al cabo, sería la próxima reina de Inglaterra; aunque, a efectos prácticos, no tuviera ningún poder de decisión ni más valor que la de llevar en sus entrañas al futuro heredero.
Se acercó a ella y le subió el mentón.
―Os perdono, pero que no vuelva a repetirse ―dijo para dejarle claro cuál era su lugar―.
Dicho esto, puede que en parte tengáis razón.
Aunque hay algo que no entendéis. Este no es el momento para decisiones precipitadas.
Landon es más que mi tutor. Es mi confidente, casi un segundo padre.
Hasta que no sepa que está completamente a salvo, no puedo comprometerme a nada más.
Herleva hizo un ademán de asentimiento. Su expresión serena contrastó con el brillo de frustración apenas contenido que mostraban sus ojos marrones, solo que el príncipe no captó aquella sutileza.
―Por supuesto. Tenéis toda la razón. ―Bajó un instante la cabeza antes de mirarlo de nuevo―.
Sería muy egoísta por mi parte insistir en algo que por ahora no consideráis prioritario.
―Nada más decirlo, se arrepintió y trató de enmendar su error―.
Os apoyaré en todo lo que decidáis porque vos sois mucho más inteligente que yo.
Y os vuelvo a pedir perdón porque mi ignorancia me hace decir palabras fuera de lugar.
Os agradezco tanto que me instruyáis en cómo comportarme que no sé cómo podré compensaros.
Sus palabras parecieron calmar levemente la tensión en los hombros de Alistair, que sonrió complacido.
―Me alegro de que os deis cuenta de que soy vuestro dueño. Y no os preocupéis, pronto os enseñaré a compensarme.
Ella sonrió de nuevo, esta vez con un destello de odio e ira bien disimulados.
―Siempre estaré aquí para vos. Siempre.