Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 2. DIME QUE NO ES CIERTO #3
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2. DIME QUE NO ES CIERTO #3

―Ah, ¿no? ¿Tal vez vuestro problema sea que aquí no hay nadie más?

Excepto nosotros, por supuesto ―agregó él, mirando a sus compañeros con una enorme y perturbadora sonrisa―.

¿Qué me decís? ―preguntó a los suyos―. Podríamos retenerlas y usar a la muchacha.

Ni Xwînxwar ni Helmet tienen por qué enterarse.

Además, «general» ―dijo con retintín, mirándola de nuevo―, sé que nos estáis mintiendo.

Yo formé parte del escuadrón que acompañó a Bêwestan a las Highlands para buscaros.

A vos y a una muchacha que habíais… secuestrado.

―Se giró hacia Alana y añadió―: Y por cómo retumba su corazón en el pecho, que parece estar a punto de explotar, estoy seguro de que no me estoy equivocando, ¿verdad?

Nîga alzó la barbilla, retándolo.

―Si le tocas un solo pelo de la cabeza, lo vas a lamentar.

Aquella respuesta provocó una risa sardónica en él, que miró a los suyos con la socarronería inundando su rostro.

―Entonces, «general» ―añadió con un tono burlón una vez más―, no nos dejáis otra opción, ¿verdad, compañeros?

Los otros tres, dándose cuenta de todo lo que podrían obtener si le seguían el juego, se acercaron para cerrar filas.

Sus rostros eran fríos, carentes de humanidad por completo, y sus ojos relucían con la crueldad de quienes han olvidado la compasión y están acostumbrados a imponer su voluntad por la fuerza.

Nîga dio un paso al frente, erguida y desafiante, pero la Elegida percibió la rigidez en sus hombros.

―Será mejor que no os resistáis ―insistió el que ahora se había autoproclamado cabecilla―. Somos cuatro contra dos, y ella es humana.

Alana colocó el brazo delante de la «No Muerta», que estaba a punto de lanzarse a la yugular del traidor.

―Vampiro, te aseguro que soy mucho más que una humana ―susurró. Su voz resonó con una calma gélida que silenció sus risas estridentes.

Sin previo aviso, sus ojos, de un azul tan profundo como el mar en plena tormenta, se fijaron en los del que las había amenazado, quien frunció el ceño al percibir la intensidad de su mirada. Él sacudió la cabeza como para librarse del embrujo. No lo logró.

Los otros Drăgoi, que al mismo tiempo experimentaron un miedo desconocido, echaron un paso atrás.

La tensión en el aire se volvió insoportable.

Alana, sin embargo, no se movió. Cerró los ojos un instante, centrándose en la energía que sentía dentro de ella.

Era como una intensa corriente, oscura y profunda, que fluía bajo su piel.

Una fuerza que aún no comprendía, pero que algo en su interior la impulsó a utilizar.

Cuando abrió los ojos, estos parecían brillar con un resplandor plateado. Alargó una mano hacia ellos, y su voz se elevó, llena de autoridad y poder.

―Vuestra voluntad me pertenece. Acataréis mis órdenes y olvidaréis todo lo que ha sucedido esta noche en cuanto os lo pida. Ahora, ¡de rodillas!

Ante el estupor de Nîga, los cuatro se dejaron caer al suelo y bajaron la cabeza como signo de obediencia.

―Alana, ¿cómo has hecho eso? ―preguntó con la voz entrecortada. Jamás, en toda su larga existencia, había visto a un vampiro sometido como si fuese un débil humano.

―No lo sé, pero tampoco tenemos tiempo para averiguarlo.

Quizás el rey Eirik pueda arrojar algo de luz sobre lo que me está sucediendo, aunque me temo que él tampoco lo sepa…

―dijo pensativa. Nîga la miró desconcertada―.

No podemos quedarnos aquí, es muy peligroso.

En pie, guerreros ―ordenó con decisión―.

Nos acompañaréis a Felsted y nos protegeréis con vuestra propia vida. ¿Entendido?

―Entendido ―respondieron a la vez.

Después, asintieron lentamente. Sus cuerpos se mostraban relajados mientras esperaban la siguiente orden y sus ojos habían perdido el brillo cruel que los caracterizaba.

Nîga observó la escena con una mezcla de asombro y recelo. Sin poder evitarlo, un escalofrío le recorrió la espalda al ver que la Elegida les había arrebatado la voluntad, como si fueran hojas al viento.

―¿En serio no lo habías hecho antes? ―preguntó en voz baja, esperando una respuesta.

―Sabes que no miento ―respondió Alana, sin apartar la vista de los guerreros Drăgoi―. Lo que importa es que podemos valernos de ellos para llegar a mi hogar. Nos protegeréis a ambas, ¿verdad? ―preguntó al que lo había empezado todo.

Él, con el rostro ahora inexpresivo, dio un paso al frente.

―Sí, mi señora.

Las palabras sonaron vacías, pero ella sintió cómo la obediencia absoluta se enraizaba en sus mentes. Bajó la mano y decretó:

―Vayamos hasta el borde del bosque y desde allí al pueblo.

Ellos afirmaron a la vez y comenzaron a caminar con movimientos mecánicos. Nîga, todavía aferrando su daga, se acercó a Alana.

―No sé si admirarte o temerte ―expresó algo preocupada―. Tu poder es tan fascinante como… aterrador.

La Elegida la miró de reojo, con una expresión imperturbable.

―No me temas a mí, sino al Destino que nos persigue. Yo solo soy un instrumento.

La vampira iba a responder, pero las palabras murieron en su garganta cuando sintió el peso del silencio que ahora envolvía al grupo.

La bruma había regresado, más densa, como si tratara de esconderlas del mundo.

El bosque se los tragaba mientras avanzaban hacia un futuro incierto, con los antiguos enemigos ahora marchando como aliados forzados.

Por fin habían retomado el camino hacia Felsted, y ahora Alana estaba segura de que las sombras que la seguían no pertenecían solo al bosque, sino también a su propia alma.

A la que, de pronto, temía más que nunca.