Sangre Prohibida. El Pacto de la Noche (El Destino de la sangre 3) 2. DIME QUE NO ES CIERTO #2
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2. DIME QUE NO ES CIERTO #2

―¿Mi alma? Hace mucho que dejé de tenerla.

―Elevó ambos hombros en señal de importarle muy poco.

Sin embargo, prosiguió―. «Despierta, criatura».

Esas fueron sus palabras. No un «lo siento» o «bienvenida al horror».

Solo «Despierta, criatura» ―repitió con un tono marcado de repulsa―.

Lo primero que vi fue su inexpresivo rostro, mirándome como si yo no fuera nada.

Me dijo que ahora era suya, que mi antigua vida había terminado y que le pertenecía.

Al principio, no entendí a qué se estaba refiriendo, hasta que me ordenó obedecer y no pude negarme.

Después de eso, los transformados fuimos llevados a sus tierras.

Allí me enseñaron a luchar y a alimentarme.

Me obligó a matar para sobrevivir. La primera vez…

―se le hizo un nudo en la garganta― la primera vez que me sacié de sangre fue de un niño. Casi acabé con él…

Alana se llevó una mano a la boca, horrorizada; aunque dejó que continuara.

―Te aseguro que me odié con todo mi ser aquel día.

Sentía desprecio por mí misma por no ser lo suficientemente fuerte para resistirme.

Por no encontrar el valor para dejarme morir.

Pero no podía. Él me tenía atada. No solo con sus órdenes, sino con el miedo a ser torturada.

Miedo de lo que me haría si lo desobedecía.

Miedo a quien era, en lo que me había convertido y de lo que no podía escapar.

El silencio cayó entre ambas como una pesada losa. La Elegida finalmente se atrevió a hablar.

―Hawin, eso no fue culpa tuya. Lo que él te hizo no define quién eres ahora.

Nîga se giró hacia ella con una expresión rota.

―Dime, ¿y qué soy ahora? ¿Qué queda de la joven que fui? Él me destruyó, y todo lo que he hecho está manchado de sangre.

Alana se puso en pie. Se acercó a ella y la sujetó de los hombros.

―Por favor, no desfallezcas ahora. En ti queda más que suficiente para que luches. Para que no te rindas. Hawin, no estás sola. Ahora tienes algo que ninguno de los dos tuvisteis: una elección.

Las lágrimas volvieron a correr por las mejillas de la «No Muerta», y, por primera vez en siglos, se permitió sentir un destello de esperanza.

―No me ha seguido.

―Y no lo hará. Créeme.

―¿Por qué no iba a hacerlo?

―Porque le he mostrado la verdad. Aún falta para que nos volvamos a ver. Ocurrirá después de una batalla en la que no participarás, pero de la que más tarde serás testigo del desenlace. Hay tanto por hacer y dejar atrás…

En ese momento, la vampira fue consciente de que no le había preguntado por lo que había ocurrido con el príncipe y se sintió mal consigo misma por copar toda la conversación.

―Alana, ¿qué ha sucedido con Alistair?

―En su alcoba había una muchacha que le habló como si ya se conocieran. Le confesó sin más que lo amaba, y él respondió que también sentía algo por ella. Se besaron y apareciste tú.

―¿Y esa ramera quién es? ―preguntó con rabia.

―Su prometida. La normanda.

―¿Estás segura?

Ella suspiró y asintió. Dejó caer los hombros, como si, de pronto, la tensión acumulada le hubiera pasado factura.

―Claro que estoy segura.

―Lo siento mucho, Alana. ¿Y cómo te sientes?

―Traicionada. Decepcionada. Pero mi deber es otro.

―Sabes que, al convertirse en uno de nosotros, ha dejado de ser tu esposo para siempre.

―Sí. Lo sé. ―Volvió a suspirar―. «Sé» que ahora soy libre.

―¿Lo lamentas?

―No voy a mentirte, Nîga. Creo… creo que no. Pero sé que mi destino aún no está escrito, como el de ninguno de nosotros. Siempre hay elección ―repitió, más para sí que para la vampira que la miraba expectante―. Eso es lo que siento.

―¿De verdad?

Una lengua de bruma espesa comenzó a subir por el curso del río.

Mientras sopesaba su respuesta, Alana barrió el bosque con la mirada, deteniéndose un instante en las ramas desnudas de los árboles que se alzaban como dedos huesudos, atrapando jirones de niebla bajo un cielo que mostraba una enorme luna.

Acabó fijándose en su compañera y sonrió antes de responder.

―Y tanto. Volvamos a mi hogar. Hay algo muy importante que he de comunicarles a mis padres.

La Drăgoi se abstuvo de preguntarle. Entendía que lo que le había sucedido con el heredero era ya bastante doloroso como para ahondar en algo que tardaría poco en averiguar.

Las dos continuaron su camino por el bosque, dejando atrás el recodo del río. La noche había caído por completo, y las sombras danzaban entre los troncos de los árboles como espectros misteriosos. Ambas mantenían un ritmo rápido y constante, conscientes de que el peligro acechaba en cada esquina.

―Si seguimos a este ritmo, llegaremos a Felsted en menos de una jornada ―dijo Alana, rompiendo el silencio―, aunque tenemos que estar atentas. Este bosque no solo alberga animales.

Nîga asintió con la mirada nublada por la tensión.

―Pienso igual que tú. No sé por qué, pero yo también puedo percibirlos. No estamos solas.

Apenas había terminado de hablar cuando un crujido entre los arbustos las alertó. Ambas se detuvieron en seco, con los sentidos aguzados. De entre las sombras, emergieron tres figuras. Vampiros con ropas oscuras y emblemas de escorpiones en sus pechos, que Nîga reconoció de inmediato.

―Son Ursu ―murmuró, sacando su daga―. No buscan negociar.

Uno de ellos dio un paso adelante, mostrando una sonrisa cargada de burla y lascivia.

―Vaya, vaya…, ¡qué tenemos aquí! Dos hembras Drăgoi perdidas y… solitarias ―escupió, mirándolas de arriba abajo―. Abbadon pagará generosamente por vuestras cabezas, aunque primero nos vamos a divertir con ambas.

Sin darles tiempo para responder, los tres se abalanzaron sobre ellas. Alana reaccionó primero, esquivando el ataque con una rapidez que dejó a su adversario desorientado. Sin pararse a pensarlo, con un movimiento fluido y una fuerza descomunal, lo empujó con una sola mano contra un árbol.

―Nîga, ¡detrás de ti!

La advertencia llegó justo a tiempo. La «No Muerta» giró sobre sí misma y empuñó con más decisión su daga forjada con acero dojehî .

La luna se reflejó en la hoja, dejando entrever un tenue brillo.

El segundo atacante lanzó un golpe. Ella lo sorteó con agilidad antes de contraatacar seccionándole parte de la garganta con un corte limpio, que lo derribó al instante.

El tercero vaciló. Pero, antes de que pudiera huir, Nîga ya había saltado sobre él. Con un grito desgarrador, acabó con su oponente. Su rostro mostró una mezcla de furia y tristeza.

El silencio volvió a caer sobre el bosque. La Drăgoi, por instinto, inspiró. Sus manos temblaron.

―No quería… ―murmuró―. No quería hacerlo.

Alana colocó una mano en su hombro.

―Fue necesario, Hawin. Si no lo hubieras hecho, ellos no habrían dudado en matarnos.

Nîga asintió lentamente, intentando calmarse. Sabía que ella tenía razón, solo que eso no aliviaba la carga que sentía.

Siguieron su camino, esta vez con una mayor sensación de urgencia. No habían avanzado mucho cuando un nuevo grupo de cuatro vampiros apareció. Estas figuras, sin embargo, llevaban el emblema de Helmet, el mismo que Nîga había visto tantas veces desde que comenzó a estar bajo su yugo.

―No digas nada, Alana ―murmuró, tensándose.

Uno de ellos se puso al frente de los otros mientras las observaba con una mezcla de curiosidad y temor.

―General ―la saludó el que iba al mando.

―Guerreros, ¿qué hacéis tan alejados del castillo?

―Estamos esperando al grueso del ejército normando. Xwîn nos ha ordenado protegerlos. Hay patrullas de los nuestros por todas partes.

―Y también Ursu. Hemos acabado con una que nos ha atacado hace poco, así que id con cuidado.

―Se quedó pensando un momento―. Nosotras estamos en una misión de vital importancia y hemos de llegar a Felsted cuanto antes.

Vosotros nos protegeréis hasta entrar en el pueblo ―respondió ella, elevando el mentón.

―Pero Xwînxwar…

―¡Soy tu general! Acatarás mi orden ¡o te garantizo que Helmet os arrancará la piel una y otra vez durante toda una luna!

Los cuatro vampiros se miraron con una expresión de horror. Sabían por experiencia propia que aquella tortura era una de las preferidas de su señor. Estaban seguros de que Nîga cumpliría su palabra, puesto que no dudaría ni un instante en acusarlos por desobediencia.

―General, estamos a su servicio.

Uno de los cuatro, el que se encontraba a solo un par de pasos más alejado de ellas, se fijó en Alana.

De pronto, oyó cómo su corazón comenzaba a bombear más rápido.

Como un imán al que no podía resistirse, la sangre que corría por sus venas lo estaba llamando a lanzarse a su garganta para saciarse hasta que dejara de respirar.

Sin poder contenerse, avanzó hacia las dos con la vista fija en la Elegida.

―Ella es humana… ―dijo cegado por la sed.

―Es mía. De mi propiedad ―respondió Nîga en un tono que no dejaba dudas de que, si la tocaba, acabaría con su existencia sin contemplaciones.

―General, llevamos días sin alimentarnos.

―Ese no es mi problema.